IV. ¿Una lengua post-racial o una multiculturalidad de hablantes? Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

Por Juan Larrosa (20 de julio de 2015)

Cuando en 2009 Barack Obama asumió el cargo de presidente de Estados Unidos, muchos periodistas y académicos se aventuraron a señalar que esta coyuntura marcaría el inicio de una sociedad post-racial. ¿Qué significa este concepto? Nadie lo ha explicado a profundidad, pero se intuye que el post debe entenderse literalmente, es decir, como un momento histórico “después” de lo racial y que dejó atrás las categorías de raza y racismo. El post es el prefijo favorito de una sociedad que siempre busca ir un paso adelante de todo y de todos, incluso de sí misma. Aunque el post también suele ser un paso en falso, un efecto ideológico de una sociedad que avanza para quedarse en el mismo lugar, tal como Lewis Carroll narra en su novela A través del espejo, cuando la Reina le explica a Alicia que debe correr con todas sus fuerzas para permanecer en el mismo sitio. En estos esfuerzos de máxima velocidad y mínimo movimiento, surgen los conceptos de post-modernidad, post-industrial, post-feminismo, post-racial y más; conceptos que nombran el futuro, pero con palabras del pasado, conceptos que buscan edificar un mundo políticamente correcto, pero que es inexistente en la realidad. Estos conceptos sugieren que el mercado terminó con las incomodidades políticas de la modernidad, que la tecnología emancipó a los trabajadores y enterró al mundo industrial, que los derechos de las mujeres ya fueron conquistados y que la opresión de género es cosa del pasado, y que el líder del free world es afroamericano y la disputa racial ha concluido.

Alicia y la Reina corren para no avanzar. Tomado de: http://albooksinthecity.blogspot.com

Alicia y la Reina corren para no avanzar. Tomado de: http://albooksinthecity.blogspot.com

Sin embargo, la realidad no siempre puede transformarse con palabras y los poderes retóricos del prefijo post se desvanecen en el aire. El caso de Filadelfia es emblemático. Según el censo estadounidense de 2014, esta ciudad de la Costa Este tiene un millón y medio de habitantes, de los cuales, 45% son de raza negra, 45% de raza blanca y el resto de la población se dispersa entre asiáticos e hispanos. En la ciudad son palpables las divisiones raciales. En términos territoriales, por ejemplo, el centro de Filadelfia, así como una buena cantidad de suburbios, pertenecen a la comunidad blanca. El norte, oeste y las periferias de Filadelfia son de la comunidad afroamericana. El centro y los suburbios tienen los mejores servicios públicos y las calles más seguras de la ciudad. El norte, oeste y periferias albergan a familias pobres, escuelas de bajos recursos, y tienen servicios públicos deficientes.

Esta diferenciación racial tienen una notable manifestación en el habla. Los años que lleva estudiar una lengua como el inglés, son insuficientes para comprender a todos aquellos que no hablan como las personas de clases medias y altas de Nueva York, Londres, o San Francisco. Los maestros que enseñan esta lengua a quienes no son angloparlantes de origen, raramente utilizan grabaciones que reproducen una conversación entre dos niñas del norte de Filadelfia o entre un par de comerciantes del Bronx, tampoco echan mano de letras de canciones de rap de Detroit o de Hip-hop de Los Ángeles. Por el contrario, el oído del estudiante se entrena a través de conversaciones entre universitarios de Berkeley o de los participantes en una sobremesa londinense, de canciones del brit-pop o del rock norteamericano.

Por ello, Lupita y yo pronto entendimos que haber aprobado el TOEFEL era garantía de nada en Filadelfia. Durante el primer año de nuestra estancia en la ciudad era común que no entendiéramos el habla afroamericana. La primera reacción cuando no entiendes algo que supuestamente deberías entender, es de susto. ¿Que no se suponía que habíamos estudiado años para entender este idioma? Por ejemplo, puedo ver mi cara de pasmo cuando un conductor me explicó que los autobuses del transporte público no tienen un mecanismo para dar cambio, por lo que hay que pagar exactamente los 2.25 dólares que cuesta el pasaje, o de lo contrario hacerse a la idea que la máquina no te dará cambio, así sea un billete de cien dólares. Aquella primera vez escuché atentamente la explicación del conductor, pero aún así metí un billete de veinte dólares a la máquina. El conductor solamente meneó la cabeza y sonrió burlonamente. Yo tuve que seguir de largo y pagar el viaje en transporte público más caro de mi vida. O también hay una escena en la que Lupita está jugando con un niño pequeño, de unos cinco años y de pronto ella le dice, mira, qué bonito pajarito. El niño, extrañado, voltea hacia donde señala el dedo de Lupita. Después, muerto de la risa voltea a verla y le dice, “ohhh yu ment a birdddd”.

Aprender a escuchar, diferenciar y entender el nuevo habla lleva tiempo y no es un proceso sencillo. Las primeras ocasiones escuchas que alguien está hablándote y entiendes solamente una parte de la conversación. Algunas palabras saltan al oído y las reconoces, pero el sentido general de la conversación resulta ininteligible. Sin embargo, el no entender el habla y los detalles de la pronunciación dan pie para comprender otras características de los hablantes, tan o más importantes que la lengua misma y es el sonido de la pronunciación. Lo primero que salta al oído es el tono de la conversación, que entre la comunidad afroamericana es mucho más grave. En lugar del sonido agudo y nasal de jaiiii, guud morniiing!, el escuchador encontrará el jey ar yu. Las conversaciones son rudas, fuertes y con la voz en alto. A veces es difícil distinguir cuando dos personas están a punto de llegar a los puños o simplemente están discutiendo algo acaloradamente. Pero también hay peleas reales y no son pocas las personas que van por la calle hablando por celular mientras se pelean con su pareja o algún familiar. Cuando van en bola, ríen y gritan por la calle, cantan y bailan, bromean entre ellos.

Mientras afinábamos el oído para comprender las diversas formas de hablar el inglés, Lupita y yo descubrimos una nueva musicalidad. Las conversaciones entre la comunidad afroamericana están llenas de inflexiones, de subidas y bajadas de tono, de gritos y de susurros, de énfasis y repeticiones. A lo largo de las conversaciones los hablantes aceleran el ritmo para darle fuerza a una idea y pueden parecer metralletas que disparan palabras. Pero también pueden alargar una sola palabra para enfatizar un sentimiento: comooooon maaaaaaan!, guats rong with yuuuuuu! Además, repiten muchas palabras, no como la consecuencia patológica del tartamudo, sino como parte de la estética de una musicalidad que indudablemente está ligada a géneros como el rap y el hip hop, que se construyen a través rimas, repeticiones, loops y scratcheos. Por ello, de la conversación a la música solamente hay un paso. En el metro de Filadelfia es común ver a dos personas con audífonos que bailan y cantan frente a frente, o a personas que se miran en el reflejo de los cristales y que bailan una canción de rap mientras la tararean en los labios.

En su Curso de Lingüística General, Ferdinand de Saussure escribió que la lengua es un sistema creado y almacenado en los cerebros de cada uno de los sujetos que integran una comunidad. En ese sentido, la lengua constituye un lazo social inexorable. En Filadelfia, aunque hay una misma lengua, hay distintos hablantes. Cada uno de esos hablantes vive en grupos sociales claramente diferenciados, por lo que la lengua también opera como un gran marcador social. En esa fragmentación del habla de la lengua, el mundo post-racial es solamente una ficción. Pero también, en esa fragmentación del habla del inglés, hay una gran cultura sonora poblada de fuerza y musicalidad.

Este artículo fue publicado el 20 de julio de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. Esta fue la segunda parte de una serie de crónicas que llevan por título “Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial”.

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III. Union Transfer, Mogwai y los sonidos de la calle. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

Por Juan Larrosa (6 de julio de 2015)

Vista lateral delVista lateral del foro "Union Transfer" (Filadelfia, Pensilvania). Foto tomada de www.muralarts.org foro

Vista lateral del foro “Union Transfer” (Filadelfia, Pensilvania). Foto tomada de http://www.muralarts.org

El 8 de mayo de 2014 fuimos al Union Transfer, un foro para conciertos que está en la parte al Este de Filadelfia, al pie de la avenida Spring Garden. Union Transfer está en una parte de la ciudad que actualmente vive una reconstrucción. En esa zona hay grandes edificios de ladrillos rojos que albergan escuelas secundarias y modernas construcciones de espejo que contienen las oficinas de empresas que están despuntando. Pero también hay largos tramos de terrenos baldíos y amorfos estacionamientos para automóviles, casas abandonadas y comercios con luces de neón chimuelas. Varias décadas atrás esta zona fue parte del gran complejo industrial de Filadelfia en donde se construyeron muchos de los trenes que circularon en Estados Unidos durante el siglo XX y algunas piezas de los barcos que pelearon en la Segunda Guerra mundial. En medio de esta zona destaca Union Transfer, un galpón de buen tamaño, en donde todos los días hay conciertos.

Llegamos caminando a Union Transfer y antes de comenzar el concierto nos encontramos con dos amigos rusos que también estaban a la espera de Mogwai. El galpón inevitablemente me recordó al Roxy de Guadalajara, ya que son espacios muy parecidos: un foro de techos altos, con un escenario al frente y una barra de bebidas al fondo. En esa barra nos quedamos conversando antes que iniciara el concierto y comenzamos a notar que una buena cantidad de asistentes traían tapones en los oídos. Lupita y yo nos volteamos a ver divertidos. Qué sofisticación de los gringos, comentamos. La pareja de rusos también estaba intrigada.

Luego de beber un par Flyingfish, una popular marca de cerveza de Nueva Jersey, el concierto comenzó. No pasaron muchos minutos para que entendiéramos por qué algunos de los asistentes traían tapones para los oídos. Nunca había estado en un concierto en donde el sonidos alcanzara niveles tan altos. Las notas que emitía el bajo se incrustaban en mi torso y los acordes de las guitarras hacían que se erizaran la piel. Los oídos nos dolían. Sin embargo, en lugar de alejarnos de las bocinas o de haber abandonado el lugar, nos acercamos al escenario. A pesar del volumen de la música, podíamos distinguir nítidamente cada uno de los sonidos del concierto. Las dos guitarras, el bajo y la batería, tenían una textura completamente distinta y que los hacían diferenciables entre sí. Por primera vez estuve en un concierto en el que no escuchaba la música como un sonido mezclado y compacto, sino como una serie de elementos distintos, independientes y que tenían una clara diferenciación. El concierto fue memorable y Mogwai presentó su disco Rave Tapes. Luego de dos horas de post-rock y de haber destruido parte de nuestros oídos, Lupita y yo regresamos, silenciosamente, caminando hasta nuestro departamento. En nuestras cabezas seguían rebotando los sonidos de Mogwai. Durante los siguientes días tuvimos un pequeño zumbido que nos acompañó a todos lados, hasta que de pronto, desapareció por completo.

La diferenciación sonora que vivimos en el concierto de Mogwai, me llevó a pensar si podría encontrar ese mismo efecto en los sonidos de toda la ciudad. Filadelfia está lejos de tener la meticulosa planeación del concierto de Union Transfer, en donde un grupo de rock deliberadamente busca generar un efecto auditivo a través de la interpretación de sus instrumentos y de estirar al máximo las posibilidades tecnológicas de una serie de bocinas que pueden alcanzar niveles tan altos y nítidos. ¿Cómo apreciar los sonidos de una ciudad cuando aparecen de golpe y en masa? ¿Cómo hacer para aislar los sonidos y apreciarlos particularmente? Un elemento clave para lograr esta disección sonora es el estado de alerta de los oídos del “escuchador”. El oído lo utilizamos para detectar las irregularidades del paisaje sonoro y no las regularidades. A diferencia de los ojos, que pueden cerrarse en cualquier momento, los oídos siempre están abiertos. Los humanos aprendemos a vivir con el oído eternamente activo, incluso cuando dormimos. Aprendemos a ir por la calle y escuchar decenas de conversaciones a las cuales no ponemos atención; reparamos en ellas cuando alguien grita o llora violentamente. Aprendemos a escuchar el sonido de las llantas de los automóviles y motocicletas que se deslizan sobre el pavimento, pero reparamos en ellos cuando las llantas rechinan ante un arranque intempestivo o cuando se derrapan en la lluvia, como preludio a un accidente. Sin embargo, esto también se desaprende. Cuando alguien es nuevo en la ciudad, necesariamente se inscribe en un proceso de reaprendizaje en el que el oído se entrena y calibra, se adapta y restablece. En ese proceso de aprendizaje, el oído queda en estado de alerta.

La primera serie de sonidos que logré disecar son aquellos que componen la respiración de la ciudad. Filadelfia es una máquina gigantesca que todo el tiempo está moviéndose. En cada casa de madera y en cada rascacielos, en cada escuela y en cada comercio, hay aparatos que están en operación las 24 horas del día, los 365 días al año y que operan como los pulmones de la ciudad. Durante el verano y la primera parte del otoño, la máquina jala aire, lo enfría y lo hace circular en las casas de todos lo habitantes. Durante el invierno y parte de la primavera, la máquina jala aire y lo calienta. No hay un solo día al año en el que las máquinas de aire acondicionado o la calefacción no estén en operación. Esto hace que en Filadelfia haya, a todas horas, un eterno sonido que marca la operación del sistema respiratorio de la ciudad. Es un sonido sordo, de motores que trabajan incansablemente durante el día y la noche.

Como en el concierto de Mogwai, durante nuestra estancia en Filadelfia hemos escuchado el ronroneo de los pulmones de la ciudad. Quienes aquí habitan, ya no lo escuchan. Llevan tantos años viviendo al lado de calentones y máquinas para enfriar el aire, que sus sonidos les pasan desapercibidos. Como esas canciones que escuchamos en bloque, sin diferenciación sonora, los filadelfios van por la vida en medio del ruido de los aviones y los carros de bomberos, de los motores de los autobuses y de las máquinas de construcción. Todavía, a dos años de haber llegado a esta ciudad, me gusta salir a la terraza a media noche o en la madrugada y escuchar el sonido de la respiración en Filadelfia, ese eterno murmullo, ese zumbido que queda almacenado permanentemente en los oídos. La ciudad respira.

Este artículo fue publicado el 6 de julio de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. Esta fue la segunda parte de una serie de crónicas que llevan por título “Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial”.

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II. Las estrellas, el fuego y los sonidos de la construcción. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

Por Juan Larrosa (22 de junio de 2015)

Stars. #philadelphia #philly #instaphilly #fairmountarea

A photo posted by Lupita Orozco (@macugringa) on

En las fachadas de las casas más viejas de Filadelfia nacen estrellas de metal de cinco picos. La historia de las estrellas es interesante, pues ilustra lo salvaje que puede llegar a ser el capitalismo en Estados Unidos. Luego de una larga noche en el bar irlandés Bonner’s (Bonner’s Irish Pub), Emil, un compañero de batallas escolares y etílicas, me contó que a principios del siglo XX los habitantes de Filadelfia tenían que pagar una cuota para sufragar los gastos del cuerpo de bomberos. Quienes estaban al corriente con sus pagos se hacían acreedores a colgar las estrellas en su fachada. Los que se atrasaban o declinaban el pago, se quedaban sin estrellas y sin el servicio de bomberos. Si una casa ardía en llamas, los bomberos podían saber fácilmente si debían o no acudir a realizar su trabajo. Por supuesto, el sistema de estrellas ya no está en operación. Sin embargo, en el país más rico del mundo todavía hay quienes siguen sin ser rescatados por los bomberos. Frente a Filadelfia, cruzando el río Delaware, está la ciudad de Camden. La ciudad está en bancarrota y es tan pobre, que no tiene servicio de apagafuegos. Cuando tienen tiempo, me dice Emil, los bomberos de Filadelfia se dan una vuelta a Camden para ver en qué pueden ayudar.

Fotografía del río Delaware y del puente Benjamin Franklin

El río Delaware marca la division entre Filadelfia (Pensilvania) y Camden (Nueva Jersey). El puente Benjamin Franklin conecta a las dos ciudades.

Luego del terrorífico episodio de la alarma, Lupita y yo entendimos que en una ciudad donde el 99% de las casas son de madera, el enemigo público número uno es el fuego. Y como bien es sabido, el fuego trae consigo una serie de sonidos particulares, como es el ulular de las sirenas, que constantemente se escuchan en Filadelfia. Los bomberos van corriendo de aquí para allá, apagando el fuego de las construcciones de madera que en cuestión de minutos pueden sufrir daños irreparables. Pero el ulular de las sirenas no fue el único sonido que se coló a nuestro departamento. Los lunes, por ejemplo, pasa dos veces el camión de la basura. En vez de los cencerros mexicanos que anuncian el servicio municipal, en Filadelfia subyace el estruendo de un camión que cada que comprime la basura, emite un ruido estertóreo. Durante diez minutos se oye cómo el camión avanza lentamente por la cuadra, recogiendo y triturando la basura orgánica. Después, horas más tarde, la escena se repite, cuando pasa el segundo camión por el resto de los desperdicios.

Por las ventanas también entraron los sonidos de un edificio en reparación. Jack es un vendedor de bienes raíces que decidió mudarse de Nueva York a Filadelfia. Luego de estudiar el mercado, se convenció que la gentrificación—esa espeluznante palabra que en su acepción celebratoria significa renovación urbana y en la crítica especulación inmobiliaria—le podía deparar años de grandes negocios en Filadelfia, por lo que decidió comprar una propiedad en Green Street. La casa, como todas las de por aquí, es una row house de ladrillos rojos y ventanas rectangulares, de puertas altas y entradas precedidas por los stoops, esas pequeñas escalares de tres o cuatro gradas que dan a un rellano que marca el acceso principal. Antes de mudarse a su casa, Jack la remodeló por completo. Un año tardó en completar esta tarea. Nosotros llegamos a Green Street cuatro meses antes que concluyera la remodelación, por lo que nos chutamos todos los ruidos de los trabajadores.

Entre septiembre y diciembre de 2013, todos los días, unos minutos antes de las ocho de la mañana, un tipo rubio y alto, llegaba en una camioneta blanca y se estacionaba frente a nuestro departamento. Bajaba de su vehículo, invariablemente, con un vaso desechable de café prendido de su mano y luego iniciaba una conversación en su teléfono móvil. Mientras tomábamos el desayuno, Lupita y yo escuchábamos sus conversaciones. Nunca pudimos entender de qué hablaba o con quién hablaba, pero parecía que estaba conversando a un lado de nosotros. Había días buenos y otros malos, pues no eran pocas las ocasiones que se pelaba con alguien y ahí sí podíamos identificar claramente los moder foquer o los stupid aaasol. En varias ocasiones observé sus movimientos desde la ventana. Al terminar su conversación telefónica, el güero muy amablemente levantaba uno de sus brazos y me gritaba, jei, jau ar yu maaan!

Después de este ritual, llegaba toda la tropa del contratista en punto de las ocho de la mañana, la cual variaba según la actividad. A veces eran albañiles, otras veces carpinteros, también vimos desfilar fontaneros y electricistas. Cada uno llegó con un sonido distinto y algunos eran más compatibles con nuestras actividades que otros. Por ejemplo, los albañiles eran una pesadilla. Uno de sus trabajos más importantes fue arreglar el exterior de la casa y en lugar de andamios, usaban una grúa que los llevaba de aquí para allá. Arreglaron la fachada, las ventanas y la azotea. Cada vez que el brazo de la grúa se desplazaba, un motor estruendoso como de motocicleta vieja, comenzaba a sonar. Además, cuando la grúa se movía, una alarma, como de camión en reversa, se activaba. En medio de toda esa faena, yo intentaba leer textos sobre epistemología de la comunicación. Varias tardes, abatido, dejé los libros en paz y me dediqué a observar a los albañiles conducir su grúa. También vimos llegar a los carpinteros, quienes usaron una infinidad de herramientas, todas automatizadas. Si en Estados Unidos las personas utilizan cepillos de dientes eléctricos, qué se puede esperar en el mundo de la carpintería. Todo es eléctrico, automatizado y hace ruido. ¿Quieres colocar un tornillo? Usa una máquina ruidosa para ello. ¿Quieres cortar la madera? Saca de su estuche una máquina infernal.

Grúa que ayuda a la reparación de las fachadas de las casas den Filadelfia.

Grúa que ayuda a la reparación de las fachadas de las casas den Filadelfia.

La singularidad de estos carpinteros es que eran mexicanos. Si abríamos la puerta del balcón se colaban corridos norteños y canciones de banda. Varias veces los escuché albureándose entre ellos, quejándose del contratista o viendo con lujuria a Lupita cuando salía a regar las plantas. Después apareció un séquito de tres herreros que también adoraban a un dios tecnológico y ruidoso. Durante largas mañanas cortaron toda la herrería para la cochera y la terraza de Jack. Ellos hablaban poco, pero eran bravos. En un par de ocasiones se hicieron de palabras con el contratista y parecía que estaban en el umbral de una pelea a puños, pero luego de bramar y mascullar algunas palabras, volvían a su trabajo. Con ellos, el set list pasó de norteñas y banda, a una dosis de grunge de los años noventa. Nirvana y Sound Garden hacían cantar a esos electricistas que vestían jeans deshilachados y camisas a cuadros.

En diciembre Jack se mudó, junto con su familia, a su nueva casa en Green Street. Una mañana de enero me lo encontré en la calle, me dijo que su esposa tenía nuevas ideas para el diseño de la casa y que pronto llegaría una nueva turba de trabajadores. Espero que sea algo rápido, me dijo. Durante los siguientes meses el contratista siguió llegando a las ocho de la mañana, cual Nancy Botwin, con un café pegado a una mano y su teléfono móvil a la otra.

Este artículo fue publicado el 22 de junio de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. Esta fue la segunda parte de una serie de crónicas que llevan por título “Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial”.

Las estrellas que nacen en las casas de Filadelfia

Las estrellas que nacen en las casas de Filadelfia

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