La radiodifusión pública es un derecho ciudadano, no un botín político

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (20 de julio de 2015)

Asambleísta del CEPAD AC

La administración del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión durante el gobierno de Aristóteles Sandoval ha sido un desastre. Al respecto, vale la pena hacer un recuento de daños. Cuando Sandoval comenzó su gobierno, decidió poner al frente a Sergio Ramírez Robles, quien llegó al puesto sin ningún tipo de experiencia en la administración de radiodifusoras y televisoras públicas. Además, comenzó a operar precedido por una muy mala reputación, pues en su anterior encargo de trabajo como director de comunicación social del gobernador poblano Rafael Moreno Valle, sobresalió por demandar a periodistas críticos del poder público.

A las semanas de haber llegado a su nuevo encargo al frente del sistema, Ramírez Robles decidió hacer cambios radicales sin ningún tipo de planeación. En pocas semanas cambió el nombre y la imagen institucional del sistema, al cual llamó simplemente como C7 y resolvió que la nueva imagen tendría que llevar los colores rojo y gris, característicos del nuevo gobierno priísta. Además, en una idea que él consideró revolucionaria, estableció una programación “multiplataforma”, que no fue otra cosa que la reproducción de los mismos contenidos a través de las estaciones de radio, televisión y del portal de Internet. Con esta medida eliminó parte de la diversidad que había en las parrillas de programación de radio y televisión.

Meses después, en septiembre de 2013 el Congreso del estado modificó la ley que regula al Sistema Jalisciense de Radio y Televisión, a propósito de los cambios que trajo la nueva Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión. Ésta pudo ser una oportunidad para democratizar y modernizar el funcionamiento de la radiodifusión pública en Jalisco. Sin embargo, el gobernador y los diputados locales hicieron solo las modificaciones necesarias para armonizar la ley local con la federal. Luego de esta reforma, se estableció un consejo consultivo a modo del gobierno del estado, se creó un código de ética—que en realidad es una copia de un documento de la UNESCO, y comenzó a operar el defensor de las audiencias, que en menos de dos años ha tenido a cuatro ombudsman distintos.

Finalmente, unos meses antes de que comenzaran las elecciones intermedias de 2015, Ramírez Robles abiertamente declaró que C7 hacía una televisión de Estado. Cuando llegó el periodo electoral, como buena televisión de Estado (autoritario), Ramírez Robles, en complicidad con el ombudsman y el Consejo Directivo, decidió que C7 debía cancelar toda cobertura periodística durante las elecciones, pues había riesgo de que su trabajo se considerara como propaganda. Así, de un día para otro, C7 dejó de informar a los jaliscienses sobre temas electorales. La lógica de su decisión fue impecable y sus temores no estaban infundados. Hasta el más despistado podría ver las contradicciones de un sistema de radiodifusión que se jacta de hace un trabajo periodístico profesional y equilibrado, pero que al mismo tiempo tiene en su imagen institucional los colores del partido de gobierno y un director que abiertamente declara que produce televisión de estado.

Éste último caso es grave, pues C7 dejó de transmitir información periodística durante las elecciones y con ello afectó el derecho a la información de los jaliscienses. Fue así como el Centro de Justicia para la Paz y el Desarrollo (CEPAD) y la Asociación Mexicana de Derecho a la Información Capítulo Jalisco (Amedi Jalisco), decidieron tomar acciones en contra de la decisión de eliminar la información electoral de las estaciones públicas de radio y televisión que administra el gobierno del estado de Jalisco. Al respecto se han interpuesto quejas en contra de la decisión de C7 ante el Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Jalisco, el Instituto Nacional Electoral, así como la Comisión Estatal de Derechos Humanos. Hasta ahora, estas instituciones han dado respuestas evasivas a las quejas presentadas por CEPAD y Amedi Jalisco. A grandes rasgos, la respuesta de estas instituciones encargadas de defender los derechos de los ciudadanos mexicanos, se puede resumir en que se declaran incompetentes para abordar el caso. Como en una burocracia kafkiana contestaron: “este problema no lo pudo resolver yo, acuda a la ventanilla siguiente”.

A mitad de su periodo como gobernador, Aristóteles Sandoval todavía tiene el tiempo suficiente para rectificar sus erradas decisiones con respecto a la radiodifusión pública en Jalisco. Hay dos elementos que el gobernador debe tomar en cuenta para transformar esta situación. La primera es evaluar el perfil y el trabajo de los directivos del sistema de comunicación y cerciorarse que todos tengan experiencia en el campo de la radiodifusión pública y, sobre todo, que cuenten con buena reputación. La segunda es que promueva una reforma legislativa del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión. En esta reforma, se debe dotar de una independencia política a esta institución, para que deje de estar atada, como hasta ahora, a las decisiones unilaterales del gobernador; además, se debe otorgar una autonomía financiera, de tal manera que factores políticos no intervengan en la negociación presupuestal de este medio de comunicación.

Para rectificar la operación del sistema de comunicación pública del estado de Jalisco no hace falta descubrir el hilo negro. Hay una amplia literatura sobre el tema y existen múltiples experiencias de medios públicos democráticos y ejemplares. Por ejemplo, en días recientes la UNESCO publicó el documento Principios y “buenas practicas” para los medios públicos en América Latina, escrito por Martín Becerra y Silvio Waisbord. Este documento de veinte cuartillas establece los parámetros ideales de un sistema de comunicación público y expone algunas características de los casos ejemplares. Luego de leer el documento, queda clarísimo que C7 no cumple con ningún de los parámetros y podría clasificarse como un caso de lo que no se debe de hacer en materia radiodifusión pública. Entre otras cosas, este catálogo de principios dice que los medios deben tener independencia editorial y financiera, autonomía frete a gobiernos y corporaciones, pluralidad de contenidos y diversidad en su programación, así como una cultura rendición de cuentas.

En fin, la transformación de la comunicación pública de Jalisco no es un problema económico (véase la cantidad de dinero que los gobiernos gasta en publicidad oficial), tampoco es un problema técnico (como decía, hay mucha literatura al respecto), mucho menos es un problema profesional (en Guadalajara abundan buenos periodistas, editores y productores). El problema es político y tiene que ver con el uso discrecional de recursos públicos para el beneficio del gobierno del estado y de unos cuantos servidores públicos. El Sistema Jalisciense de Radio y Televisión debe ser una institución que preste un servicio público que tenga como principio la tutela del derecho a la información de los ciudadanos.

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V. Los sonidos de la construcción y de(con)strucción de Filadelfia. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

Por Juan Larrosa (16 de agosto de 2015)

A finales de los años ochenta mis papás comenzaron a construir la casa en la cual han vivido hasta ahora. Manuel Larrosa, mi abuelo, fue el arquitecto que diseñó los planos y para llevar a cabo esta tarea sostuvo diversas charlas con mis papás. En una de estas conversaciones mi abuelo les aconsejó que el diseño arquitectónico debía responder a una casa que sería habitada durante los siguientes veinte años. Más de dos décadas después la construcción sigue en pie, con modificaciones menores y con sus habitantes originales. Esta historia es común en Guadalajara, pues en raras ocasiones ocurre que se construyan casas temporales o que exista una tendencia a demoler casas de forma masiva y cotidiana. (Esto, claro, sin contar las atroces destrucciones que se han hecho en las últimas décadas de las casas en colonias como la Moderna o la Americana.)

Elfreth’s Alley, en Filadelfia

Elfreth’s Alley, en Filadelfia

En Filadelfia la construcción y la propiedad de las casas varían considerablemente con respecto a Guadalajara. En esta ciudad de la Costa Este hay casas viejas, tanto así, que un lugar turístico bastante visitado es el famoso callejón Elfreth (Elfreth’s Alley), un corredor en el que hay treinta y dos casas que fueron construidas entre 1728 y 1836, las cuales han sido preservadas y restauradas minuciosamente y que en conjunto constituyen “la calle residencial más antigua de los Estados Unidos”. (Otro de los interminables escalafones que les encanta crear a los habitantes de este país.) Además, sin contar los suburbios y el centro de la ciudad, una buena parte de Filadelfia está poblada por rowhouses y twonhouses, casas que regularmente son de madera y compuestas por tres pisos, con una fachada recubierta de ladrillos rojos y con ventanas alargadas. Sin embargo, hay un engaño en esta aparente longevidad de las casas, pues muchas de ellas están siendo transformadas en su interior y muchas otras demolidas y remplazadas por nuevas versiones de las viejas casas.

En Filadelfia, al igual que en muchas otras partes de los Estados Unidos, la construcción y la especulación inmobiliaria son dos de los grandes negocios que mantienen aceitada la economía. Para que esta maquinaria siga funcionando, los habitantes tienen que comprar y vender sus propiedades constantemente. Según el último censo de los Estados Unidos, 40 millones de personas cambian de residencia cada año. Además, quienes tienen una propiedad tienden a vender su casa cada cinco, seis o siete años. Estas condiciones generan que un habitante típico se mude de casa un promedio de 11.7 veces a lo largo de su vida. La movilidad residencial es dinámica y, en algunos casos, llega a ser demencial.

Una de las transformaciones más comunes es la remodelación de casas y edificios. Muchas de las casas más viejas de Filadelfia han sido renovadas decenas de veces y durante ciento cincuenta años han albergado a distintos grupos sociales. Algunas de ellas fueron mansiones de familias adineradas del siglo XIX. En el siglo XX, durante las Guerras Mundiales, Filadelfia se convirtió en un ciudad productora de trenes y barcos, por lo que estas casas fueron ocupadas por clases trabajadoras. Después, en los setenta y los ochenta, cuando el trabajo industrial se terminó, estas viviendas se llenaron de migrantes puertorriqueños y cuando los millenials se cansaron de vivir en los suburbios durante la segunda década del siglo XXI, esas mismas moradas se llenaron de hombres y mujeres jóvenes que trabajan y estudian en el centro de la ciudad. Las fachadas de estas viviendas siguen siendo las mismas de hace más de un siglo, pero su interior ha cambiado notablemente con cada una de las oleadas de nuevos habitantes: de ser mansiones para familias adineradas, ahora se han convertido en edificios que resguardan minúsculos departamentos para parejas jóvenes o estudiantes universitarios.

Las transformaciones más evidentes de la ciudad son las demoliciones de casas y edificios. En nuestras constantes caminatas a lo largo de distintas zonas de Filadelfia, Lupita y yo hemos visto cómo, de un día para otro dejan de existir centros comerciales y conjuntos de oficinas, plazas urbanas y estacionamientos, restaurantes y bares, escuelas y tiendas departamentales. Estas desapariciones son muy extrañas porque dejan un boquete en la memoria urbana. De pronto, el caminante entiende que, aunque transita la misma ciudad, camina por un nuevo espacio.

En este sentido, el truco de la remodelación de los espacios interiores, pero no de las fachadas, es efectivo, pues transmite la sensación de que nada ha cambiado y que la vieja ciudad de Filadelfia sigue siendo la misma en donde se redactó y firmó la Constitución de un país que siglos después sería una potencia mundial. La construcción y deconstrucción de la ciudad se convierte en un movimiento ideológico que se despliega en y desde la memoria social de los estadounidenses. Para avanzar y crecer económicamente, dicen, se necesita construir. Y cuando ya está todo construido, llega el tiempo de demoler y volver a construir. No importa que lo que está por demolerse sea bello o que todavía funcione en perfectas condiciones. Sin embargo, al dejar las fachadas intactas se conserva una marca del pasado, una marca que permite a los ciudadanos orientarse, pues de lo contario estarían en una ciudad que se transforma todos los días y a todas horas.

Este paisaje arquitectónico de constante cambio y que raya en lo efímero, se puede escuchar todo el tiempo en Filadelfia. En los barrios residenciales aparecen los sonidos de las sierras y taladros de los carpinteros quienes cortan y ensamblan la madera para la remodelación de las nuevas habitaciones. En las plazas comerciales hay cuadrillas de trabajadores que se afanan en colocar los muros de tablarroca de una nueva tienda comercial o la instalación de una barra para servir bebidas en donde días atrás yacía un restaurante de comida china. En el centro de la ciudad se escuchan las máquinas que abren paso a un nuevo puente o a un gigantesco rascacielos y los peatones viven con los sonidos de las grúas que transportan materiales hasta el piso cincuenta de un nuevo edificio, del buldócer que tiene la encomienda de demoler un antiguo centro comercial, de las mezcladoras de cemento que durante días enteros se dedican a proveer del material necesario para colar las columnas de una columna gigante, de las excavadoras que extraen toneladas de tierra de suelo, o de las motoniveladoras que aplanan el asfalto por donde circularán los automóviles.

Al caminar y escuchar estos sonidos de Filadelfia, hemos recordado el final de la novela de Paul Auster, Sunset Park (2010), cuando Miles Heller, un joven de 29 años que ha perdido todo, atraviesa el puente de Brooklyn en un automóvil. En su camino, Miles observa los rascacielos de Manhattan y recuerda todos los edificios que ha visto consumirse por el fuego o que han sido demolidos y que han dejado espacio a esos gigantescos edificios clavados en una isla. Entonces Miles se pregunta si vale la pena desear un futuro, cuando no hay un futuro (al menos para los edificios viejos). Después, acelera el paso y sigue su camino para entregarse a la policía por los crímenes que ha cometido.

Sunset Park (2010), Paul Auster

Sunset Park (2010), Paul Auster

Estados Unidos es un país en el que no se pueden construir casas que durarán veinte años sin ser modificadas o derrumbadas. En este país no hay futuro, porque todo ese futuro está sucediendo en el presente.

Este artículo fue publicado el 17 de agosto de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. Esta fue la segunda parte de una serie de crónicas que llevan por título “Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial”.

A continuación los enlaces al resto de las crónicas:
I. El examen y la alarma. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
II. Las estrellas, el fuego y los sonidos de la construcción. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
III. Union Transfer, Mogwai y los sonidos de la calle. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
IV. ¿Una lengua post-racial o una multiculturalidad de hablantes? Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
V. Los sonidos de la construcción y de(con)strucción de Filadelfia. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

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IV. ¿Una lengua post-racial o una multiculturalidad de hablantes? Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

Por Juan Larrosa (20 de julio de 2015)

Cuando en 2009 Barack Obama asumió el cargo de presidente de Estados Unidos, muchos periodistas y académicos se aventuraron a señalar que esta coyuntura marcaría el inicio de una sociedad post-racial. ¿Qué significa este concepto? Nadie lo ha explicado a profundidad, pero se intuye que el post debe entenderse literalmente, es decir, como un momento histórico “después” de lo racial y que dejó atrás las categorías de raza y racismo. El post es el prefijo favorito de una sociedad que siempre busca ir un paso adelante de todo y de todos, incluso de sí misma. Aunque el post también suele ser un paso en falso, un efecto ideológico de una sociedad que avanza para quedarse en el mismo lugar, tal como Lewis Carroll narra en su novela A través del espejo, cuando la Reina le explica a Alicia que debe correr con todas sus fuerzas para permanecer en el mismo sitio. En estos esfuerzos de máxima velocidad y mínimo movimiento, surgen los conceptos de post-modernidad, post-industrial, post-feminismo, post-racial y más; conceptos que nombran el futuro, pero con palabras del pasado, conceptos que buscan edificar un mundo políticamente correcto, pero que es inexistente en la realidad. Estos conceptos sugieren que el mercado terminó con las incomodidades políticas de la modernidad, que la tecnología emancipó a los trabajadores y enterró al mundo industrial, que los derechos de las mujeres ya fueron conquistados y que la opresión de género es cosa del pasado, y que el líder del free world es afroamericano y la disputa racial ha concluido.

Alicia y la Reina corren para no avanzar. Tomado de: http://albooksinthecity.blogspot.com

Alicia y la Reina corren para no avanzar. Tomado de: http://albooksinthecity.blogspot.com

Sin embargo, la realidad no siempre puede transformarse con palabras y los poderes retóricos del prefijo post se desvanecen en el aire. El caso de Filadelfia es emblemático. Según el censo estadounidense de 2014, esta ciudad de la Costa Este tiene un millón y medio de habitantes, de los cuales, 45% son de raza negra, 45% de raza blanca y el resto de la población se dispersa entre asiáticos e hispanos. En la ciudad son palpables las divisiones raciales. En términos territoriales, por ejemplo, el centro de Filadelfia, así como una buena cantidad de suburbios, pertenecen a la comunidad blanca. El norte, oeste y las periferias de Filadelfia son de la comunidad afroamericana. El centro y los suburbios tienen los mejores servicios públicos y las calles más seguras de la ciudad. El norte, oeste y periferias albergan a familias pobres, escuelas de bajos recursos, y tienen servicios públicos deficientes.

Esta diferenciación racial tienen una notable manifestación en el habla. Los años que lleva estudiar una lengua como el inglés, son insuficientes para comprender a todos aquellos que no hablan como las personas de clases medias y altas de Nueva York, Londres, o San Francisco. Los maestros que enseñan esta lengua a quienes no son angloparlantes de origen, raramente utilizan grabaciones que reproducen una conversación entre dos niñas del norte de Filadelfia o entre un par de comerciantes del Bronx, tampoco echan mano de letras de canciones de rap de Detroit o de Hip-hop de Los Ángeles. Por el contrario, el oído del estudiante se entrena a través de conversaciones entre universitarios de Berkeley o de los participantes en una sobremesa londinense, de canciones del brit-pop o del rock norteamericano.

Por ello, Lupita y yo pronto entendimos que haber aprobado el TOEFEL era garantía de nada en Filadelfia. Durante el primer año de nuestra estancia en la ciudad era común que no entendiéramos el habla afroamericana. La primera reacción cuando no entiendes algo que supuestamente deberías entender, es de susto. ¿Que no se suponía que habíamos estudiado años para entender este idioma? Por ejemplo, puedo ver mi cara de pasmo cuando un conductor me explicó que los autobuses del transporte público no tienen un mecanismo para dar cambio, por lo que hay que pagar exactamente los 2.25 dólares que cuesta el pasaje, o de lo contrario hacerse a la idea que la máquina no te dará cambio, así sea un billete de cien dólares. Aquella primera vez escuché atentamente la explicación del conductor, pero aún así metí un billete de veinte dólares a la máquina. El conductor solamente meneó la cabeza y sonrió burlonamente. Yo tuve que seguir de largo y pagar el viaje en transporte público más caro de mi vida. O también hay una escena en la que Lupita está jugando con un niño pequeño, de unos cinco años y de pronto ella le dice, mira, qué bonito pajarito. El niño, extrañado, voltea hacia donde señala el dedo de Lupita. Después, muerto de la risa voltea a verla y le dice, “ohhh yu ment a birdddd”.

Aprender a escuchar, diferenciar y entender el nuevo habla lleva tiempo y no es un proceso sencillo. Las primeras ocasiones escuchas que alguien está hablándote y entiendes solamente una parte de la conversación. Algunas palabras saltan al oído y las reconoces, pero el sentido general de la conversación resulta ininteligible. Sin embargo, el no entender el habla y los detalles de la pronunciación dan pie para comprender otras características de los hablantes, tan o más importantes que la lengua misma y es el sonido de la pronunciación. Lo primero que salta al oído es el tono de la conversación, que entre la comunidad afroamericana es mucho más grave. En lugar del sonido agudo y nasal de jaiiii, guud morniiing!, el escuchador encontrará el jey ar yu. Las conversaciones son rudas, fuertes y con la voz en alto. A veces es difícil distinguir cuando dos personas están a punto de llegar a los puños o simplemente están discutiendo algo acaloradamente. Pero también hay peleas reales y no son pocas las personas que van por la calle hablando por celular mientras se pelean con su pareja o algún familiar. Cuando van en bola, ríen y gritan por la calle, cantan y bailan, bromean entre ellos.

Mientras afinábamos el oído para comprender las diversas formas de hablar el inglés, Lupita y yo descubrimos una nueva musicalidad. Las conversaciones entre la comunidad afroamericana están llenas de inflexiones, de subidas y bajadas de tono, de gritos y de susurros, de énfasis y repeticiones. A lo largo de las conversaciones los hablantes aceleran el ritmo para darle fuerza a una idea y pueden parecer metralletas que disparan palabras. Pero también pueden alargar una sola palabra para enfatizar un sentimiento: comooooon maaaaaaan!, guats rong with yuuuuuu! Además, repiten muchas palabras, no como la consecuencia patológica del tartamudo, sino como parte de la estética de una musicalidad que indudablemente está ligada a géneros como el rap y el hip hop, que se construyen a través rimas, repeticiones, loops y scratcheos. Por ello, de la conversación a la música solamente hay un paso. En el metro de Filadelfia es común ver a dos personas con audífonos que bailan y cantan frente a frente, o a personas que se miran en el reflejo de los cristales y que bailan una canción de rap mientras la tararean en los labios.

En su Curso de Lingüística General, Ferdinand de Saussure escribió que la lengua es un sistema creado y almacenado en los cerebros de cada uno de los sujetos que integran una comunidad. En ese sentido, la lengua constituye un lazo social inexorable. En Filadelfia, aunque hay una misma lengua, hay distintos hablantes. Cada uno de esos hablantes vive en grupos sociales claramente diferenciados, por lo que la lengua también opera como un gran marcador social. En esa fragmentación del habla de la lengua, el mundo post-racial es solamente una ficción. Pero también, en esa fragmentación del habla del inglés, hay una gran cultura sonora poblada de fuerza y musicalidad.

Este artículo fue publicado el 20 de julio de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. Esta fue la segunda parte de una serie de crónicas que llevan por título “Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial”.

A continuación los enlaces al resto de las crónicas:
I. El examen y la alarma. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
II. Las estrellas, el fuego y los sonidos de la construcción. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
III. Union Transfer, Mogwai y los sonidos de la calle. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
IV. ¿Una lengua post-racial o una multiculturalidad de hablantes? Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
V. Los sonidos de la construcción y de(con)strucción de Filadelfia. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

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