¿Cuál es el interés público y periodístico en la boda religiosa entre Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera?

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (8 de febrero de 2016)

A unos días de la llegada del Papa Francisco a México, los periodistas Carmen Aristegui, Daniel Lizárraga, Rafael Cabrera, Irving Huerta y Sebastián Barragán, publicaron el reportaje “El expediente secreto de la boda Peña Nieto-Rivera”. Estos periodistas, que en noviembre de 2014 publicaron el reportaje “La casa blanca de Enrique Peña Nieto”, entregan un texto periodístico en el que narran cómo fue que Angélica Rivera logró anular su primer matrimonio religioso para poder casarse con el ahora presidente de México. Según cuenta el texto publicado en el portal de Aristegui Noticias, el proceso de anulación del primer matrimonio de Rivera tuvo irregularidades emanados de actos de corrupción al interior de la Iglesia Católica. El reportaje tendrá influencia en la agenda pública de los siguientes días, pues el Papa Francisco, quien según los reporteros tiene conocimiento de esta trama de corrupción, estará de vista en México del 12 al 18 de febrero. El reportaje ha causado polémica y movido discusiones públicas sobre la pertinencia y relevancia de publicar este tipo de información. Una pregunta importante, por ejemplo, es la que hace el periodista Adrián Carrera, quien cuestiona si el reportaje ofrece información de interés público. En este artículo retomo su pregunta y propongo algunas ideas al respecto, con base en los planteamientos que ha hecho Darío Restrepo, un periodista colombiano que se ha especializado en temas de ética.

 

 

Una línea de discusión sobre el reportaje de la boda entre Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera, tiene que ver con una cuestión ética. ¿Hay una invasión a la privacidad a la vida del presidente y la primera dama? Una boda religiosa, en la mayoría de los casos, pertenece al ámbito de lo privado, pues tiene que ver con una decisión personal de llevar a cabo un rito religioso. En este sentido, por sí mismo, un enlace matrimonial, aunque esté plagado de irregularidades, no justifica un interés público y por tanto, periodístico. No obstante, el caso se complica si los protagonistas son dos personas cuyas vidas son públicas. Por un lado tenemos a una actriz que fue protagonista de programas de televisión con alto rating en México y que ahora es Primera Dama; por otro lado está un político que fue gobernador del estado de México y que ahora es presidente de la República. Sobre este punto, el periodista Darío Restrepo, en su consultorio de ética señala que hay “personas que convierten su intimidad en una mercancía, como es el caso de las celebridades del espectáculo que cambian intimidad por la popularidad necesaria sus carreras”, como puede ser el caso de Angélica Rivera. Además, Restrepo señala que los personajes públicos tienen una intimidad limitada, recortada y que “su derecho a la intimidad no desaparece, pero cuando el bien público está de por medio, el derecho del personaje, político o funcionario, se disminuye”. Ante la relevancia pública de los personajes en cuestión, se abre la puerta para que la historia Peña-Rivera tenga sustancia periodística.

Sin embargo, en sus reflexiones sobre ética periodística, Darío Restrepo también expone que “a un candidato a presidente, o a un presidente no se le puede exigir que sea un ejemplo de vida, como debería serlo un sacerdote o un obispo. El funcionario debe ser ejemplar en su conducta como gobernante y defensor de lo público, que es lo que promete al jurar su cargo; pero otra cosa es su desempeño como esposo, o como padre, asuntos que pertenecen a su esfera privada”. En el caso que nos ocupa, las tranzas que Rivera y Peña hicieron para casarse no afectan su trabajo como figuras y funcionarios públicos. Ninguno de los dos violó la ley y, como dice el periodista colombiano, no debemos exigirles una moral que ninguna relación tiene con sus actuales cargos. Aquí da vuelta otra vez el caso y encontramos que el reportaje pierde relevancia periodística.

Al igual que Adrián Carrera, Darío Restrepo sugiere que para valorar la pertinencia de publicar información de lo ámbitos privados e íntimos, hay que preguntarse si lo hechos tienen relevancia pública. En particular, explica que lo íntimo se debe informar si se cumplen dos condiciones: “primero que la intimidad haya sido exteriorizada libremente; y la segunda, que esta exteriorización voluntaria tenga relevancia comunitaria”. Aquí, entonces, hay dos consideraciones más, desde donde desprendo mi conclusión final sobre el caso. La boda entre Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera sí fue exteriorizada libremente. El reportaje de Aristegui Noticias recuerda que en noviembre de 2008 Peña Nieto informó en el programa de televisión “Shalalá” de TV Azteca, que tenía un romance con Angélica Rivera. Después de esto, la historia es conocida: el enlace nupcial fue publicitado en revistas del corazón y en programas televisivos de farándula. En ningún momento los protagonistas mostraron su interés por mantener la boda con un bajo perfil público, por el contrario, las señas indican que el matrimonio fue parte de una campaña política.

El segundo punto es que el tema tenga una relevancia comunitaria. Hasta este momento, en la exploración del caso a través de las ideas de Restrepo encontramos que el interés público del reportaje no está en el hecho de que dos personas hayan organizado un matrimonio religioso apócrifo y corrupto. No violaron ninguna ley. La relevancia tampoco está en exponer moralmente a dos líderes políticos que hicieron trampa según las reglas eclesiásticas. Si ellos quisieron no observar las reglas de un rito religioso, cada quien sus gustos. Por otro lado, lo que narra el reportaje en nada afecta al Estado laico en México, pues su decisión no tuvo influencia en la elaboración de políticas públicas o en la modificación de alguna ley concerniente a la religión.

A pesar de las consideraciones anteriores, el reportaje sí tiene relevancia comunitaria, la cual yace en dos elementos centrales. El primero está en la documentación de las relaciones de poder entre la Iglesia y el Estado mexicano. El papel político que la Iglesia ha tenido en la historia de México es claro y no hace falta explicarlo a detalle. La Iglesia es uno de los tantos poderes fácticos que influye, de distintas formas, en cómo se toman algunas de las decisiones públicas del país. El reportaje documenta las relaciones y negociaciones entre personajes que tienen una alta ascendencia en la vida política de México. Basta con revisar las vidas políticas de actores religiosos como Juan Jesús Posadas Ocampo, Juan Sandoval Íñiguez o Norberto Rivera, para dar cuenta del poder político de la Iglesia. En política, se sabe, los favores no son gratuitos y siempre hay un quid pro quo. La pieza periodística, entonces, sirve para entender y documentar la complejidad de la vida política en el país.

El segundo elemento tiene que ver con el interés público de entender cómo fue construida la campaña presidencial de Peña Nieto y, en general, las características de las comunicación política contemporánea. Desde su paso por el gobierno del estado de México, Peña Nieto ha sido un político que ha basado su fuerza en un uso muy particular de la comunicación política. Él pertenece a un grupo de políticos que han decidido construir una imagen política mucho más parecida a la de un artista o una celebridad, que a la de un estadista. Su campaña presidencial estuvo plagada de historias de complicidades y corruptelas con medios de comunicación, especialmente con Televisa. Algunas de estas historias están documentadas y otras se reproducen sin prueba alguna. El enlace matrimonial entre Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera fue, sin duda, una pieza fundamental de la campaña presidencial de 2012, una boda que fue ampliamente difundida en medios de comunicación. En términos culturales, una boda civil no habría tenido el mismo impacto en la opinión pública que una boda religiosa, especialmente en un país donde sus habitantes tienen más confianza en la Iglesia que en los maestros, el ejército o los políticos, y en donde 74% de sus habitantes cree que es relevante hacer un rito religioso para casarse.

Este artículo fue publicado el 8 de febrero de 2016 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

 

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El desastroso y pernicioso modelo de negocios de La Jornada Jalisco

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (18 de enero de 2016)

El 13 de diciembre de 2015, luego de casi diez años de trabajo, La Jornada Jalisco dejó de circular en Guadalajara. Unos días antes, el 11 de diciembre, La Jornada nacional publicó un escueto comunicado en el que señalaba que se rescindía el contrato a través del cual se permitía que la Editora de Medios de Michoacán imprimiera y comercializara los diarios La Jornada Michoacán y La Jornada Jalisco. Cuatro días más tarde, el 15 de diciembre, La Jornada publicó un editorial titulado “Sobre La Jornada Michoacán y La Jornada Jalisco”, dirigido a sus lectores. En este artículo La Jornada abundó un poco sobre las razones por las cuáles había terminado su relación con el empresario que editaba los periódicos que dejaron de circular y aclaró que el tema económico no fue el único motivo por el cual decidió rescindir el contrato a La Jornada Jalisco. Sin embargo, el artículo no aclara qué otros motivos existieron para tomar tal decisión. En el resto del texto hay un lamento por los puestos laborales que se perdieron, pero no ofrece ningún plan de acción para ayudar a los ahora desempleados. Aunque todo problema es multifactorial, el caso del cierre de La Jornada Jalisco sí tiene un fuerte componente económico y es un ejemplo que ilustra un sistema de relaciones entre los medios de comunicación y el poder político altamente disfuncional y corrompido.

Cuando el 22 de mayo de 2005 La Jornada Jalisco comenzó a operar, muchos creímos, ingenuamente, que estábamos ante una extensión orgánica del periódico La Jornada. Desde que en 1998 habían comenzado a circular Mural y Público, el sistema de periódicos de Guadalajara había permanecido más o menos intocado y la incorporación de La Jornada Jalisco resultaba atractiva como una forma de reactivar la competencia periodística. No obstante, lo que ocurrió fue que La Jornada creó un sistema de expansión nacional a través de un modelo de franquicias. En este modelo, que debiera ser más transparente para los lectores, La Jornada accede a que empresas utilicen su marca e imagen para hacer pequeñas ediciones locales del periódico. En Guadalajara se producía la edición de La Jornada Jalisco y después se imprimía en las instalaciones de La Jornada Michoacán ubicadas en Morelia. Adentro de La Jornada Jalisco se encartaba una edición de La Jornada nacional. Así, cada mañana los lectores de Guadalajara tenían dos productos periodísticos creados por dos empresas distintas. Muy pronto los lectores tapatíos comenzamos a notar que aunque a veces coincidían, las líneas editoriales de La Jornada nacional y La Jornada Jalisco eran diferentes. Como se puede apreciar, este modelo es muy distinto, por ejemplo, al del Grupo Reforma, en donde cada periódico tiene su autonomía pero al mismo tiempo está integrado a un sistema nacional de producción informativa y publicitaria de un grupo empresarial, lo cual genera una línea editorial más o menos consistente en todas sus publicaciones.

*En la portada del lado izquierdo se anuncia un artículo crítico en contra de una administración local, en la del lado derecho una nota complaciente con el gobierno de Peña Nieto, muestra del “bamoleo editorial” de La Jornada Jalisco.

 

Al paso del tiempo La Jornada Jalisco se fue haciendo un espacio entre los periódicos que circulaban en Guadalajara. Un grupo de reporteros, editores y articulistas, en su mayoría jóvenes, lograron hacer un periódico que intermitentemente publicaba temas que escaseaban en la prensa local, como coberturas al trabajo de organizaciones civiles, movimientos sociales, o comunidades rurales. También lograron darle un giro al tratamiento del tema de los derechos humanos, pues los reporteros y editores no se constreñían a entender este tema como sinónimo de lo que ocurre en la Comisión Estatal de Derechos Humanos. De esta forma se publicaron textos sobre despojos en comunidades lejanas a la capital del estado, sobre las prácticas de tortura en las corporaciones policiales, o notas sobre los problemas ambientales que se han desarrollado en los últimos años. Sin embargo, estas notas de La Jornada Jalisco, que pocas veces tenían impacto en el resto de la agenda mediática, se veían contrastadas por la publicación de boletines de prensa, gacetillas y entrevistas hechas a modo para organizaciones políticas como la Universidad de Guadalajara en los primeros años de circulación del diario y el PRI, en los últimos. (Esto se puede comprobar a través de sus portadas, muchas de las cuales fueron publicadas en la plataforma issuu.) Muchos lectores de La Jornada Jalisco con los que conversé advirtieron estos vaivenes y dejaron de leer con entusiasmo el periódico; otros sufrieron de disonancia cognitiva y simplemente decidieron ignorar el zigzagueo editorial.

La Jornada Jalisco tuvo problemas desde el principio y su talón de Aquiles fueron sus objetivos periodísticos y económicos. El fundador de este diario fue Juan Manuel Venegas, quien perteneció, a su vez, al grupo que puso a circular La Jornada nacional el 19 de septiembre de 1984 en la ciudad de México. Luego de echar a andar La Jornada Michoacán con éxito, Venegas decidió invertir en otro periódico en la capital jalisciense. A grandes rasgos, Juan Manuel Vengas apostó por un modelo de negocios que tenía su mayor fuente de ingresos en los recursos públicos que ofrecen las oficinas de gobierno a través de la publicidad oficial y de la publicación de gacetillas. Esto es sencillo de comprobar, pues en sus casi diez años de circulación, La Jornada Jalisco no tuvo anuncios provenientes del sector privado y la mayoría eran de oficinas públicas. Según los testimonios que he recabado de periodistas, editores, vendedores de periódicos y voceros, La Jornada Jalisco tuvo una raquítica circulación que rondaba entre las mil y las dos mil copias por día. Además, su sistema de suscripciones era muy deficiente y caro para los lectores. Estos datos indican que La Jornada Jalisco se llevaba muy pocos recursos económicos por la venta de sus ejemplares de papel. Este modelo de alta dependencia al presupuesto público fue lo que llevó a La Jornada Jalisco a una situación muy endeble, pues su trabajo periodístico respondía, en muchas ocasiones, a los intereses del gobierno que pagaba sus cuentas y no a los intereses de sus lectores. A los colaboradores no se les pagaba a tiempo y reporteros y editores tuvieron que aguantar, en más de una ocasión, el retraso de sus quincenas. Muchos de estos reporteros, que fueron maltratados laboralmente, demandaron al director del diario. Durante casi diez años La Jornada nacional no se inmutó ante estos irresponsables manejos económicos y laborales, tampoco lo hizo ante la bamboleante línea editorial de La Jornada Jalisco.

Como escribí al inicio de este artículo, la historia de La Jornada Jalisco es solo un ejemplo de las extrañas y truculentas relaciones entre los medios de comunicación y el poder público en México. En días recientes, por ejemplo, ha vuelto a surgir en el debate público el caso del Palacio de la Comunicación, un desarrollo cultural privado que se ha beneficiado de cientos de millones de pesos del erario público. O también podemos traer a la mesa el caso de C7 y su gran idea de transmitir los noticiarios comerciales de la cadena radiofónica Radiofórmula, en donde un grupo de radiodifusión privado se aprovechó de la ingenuidad, candidez e ignorancia de los actuales directivos de Sistema Jalisciense, para transmitir sus programas comerciales a través de una frecuencia destinada para la radiodifusión pública. Es decir, al igual que en el caso de La Jornada Jalisco, observamos un inmenso y discrecional traslado de recursos públicos a los bolsillos de empresarios que se dedican al periodismo y la comunicación social. Que el Estado y sus instituciones financien el periodismo en México no es algo que por sí mismo sea negativo. El problema es la opacidad y discrecionalidad con la que se lleva a cabo. Con este esquema de financiamiento una franja importante del periodismo en México está condenada al oficialismo y al bamboleo editorial.

Este artículo fue publicado el 18 de enero de 2016 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

Al respecto de este tema escribí el siguiente artículo, que irónicamente fue publicado en un suplemento producido por el ITESO, y distribuido en La Jornada Jalisco:

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Vázquez Raña, Zabludovsky, Don Francisco y Chabelo: pilares de un sistema de comunicación que no termina por derrumbarse

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (7 de diciembre de 2015)

Cuatro personajes de la television del siglo XX

Cuatro personajes de los medios mexicanos durante el siglo XX

Entre otras cosas, 2015 puede ser recordado como el año en que murieron Mario Vázquez Raña y Jacobo Zabludovsky, dos figuras que moldearon una parte importante del periodismo mexicano del siglo XX, pero también puede ser conocido como el año en que Don Francisco y Chabelo perdieron sus espacios en la televisión, dos personajes centrales para comprender el entretenimiento televisivo en México y Estados Unidos. Los cuatro comparten grandes similitudes, pues fueron hombres que ejercieron una poderosa influencia en la cultura política y popular de millones de personas en América Latina, y particularmente en México, en un tiempo en el que hacer periodismo y televisión era muy distinto comparado con los tiempos que corren. Al final, sus desapariciones físicas o de las pantallas de la televisión, aparecen como resabios de un mundo que no termina por irse y que sigue teniendo una gran ascendencia en la memoria colectiva de los mexicanos.

Estos personajes dejan atrás un mundo en donde los medios de comunicación masiva, como el cine, la radio, la televisión, e incluso, el libro, eran capaces de construir narrativas nacionales que unían a todos los habitantes de un país a través de prácticas de consumo cultural, como la lectura de los periódicos por la mañana, la escucha de los sonidos pegajosos de los jingles radiofónicos, o la congregación familiar para ver el noticiario nocturno o del programa de espectáculos los domingos. En el sistema de comunicación del siglo XX los habitantes de México compartían referentes políticos y culturales, periodísticos y de entretenimiento. Independientemente de su clase social, edad, o género, los mexicanos sabían perfectamente a qué hora se transmitía el famoso telediario 24 Horas o que Los Soles se vendían en los puestos de periódicos, también conocían las estructuras y contenidos de programas como Sábado Gigante, En Familia con Chabelo, o la serie del Chavo del Ocho. Entre otras cosas, estos espacios comunicativos unieron a los habitantes de un país a través de imágenes, usos del lenguaje (cómo olvidar el insufrible uso de los cuatitos y las cuatitas de Chabelo), de chascarrillos (como la extraña chiripiolca en el Chavo del Ocho), de entendimientos políticos (como el gran culto al presidente en el noticiario 24 Horas) y sueños culturales (como la movilidad social a través del amor que promovieron las telenovelas de Televisa). Estas imágenes, lenguajes, chascarrillos, entendimientos políticos y sueños culturales fueron un referente común que la mayoría de los mexicanos compartían.

Vázquez Raña, Zabludovsky, Don Francisco y Chabelo fueron piezas claves en la edificación de un sistema de comunicación políticamente conservador y autoritario y que generó audiencias poco críticas. Como toda comunicación masiva, el poder de la producción y distribución de los contenidos periodísticos y de entretenimiento estuvo a cargo estos personajes, quienes poco se preocuparon por entender los intereses de sus audiencias y entrar en contacto con ellas. En este tipo de comunicación, las audiencias fueron observadas como grandes bloques poblacionales a los que había que llegar para enviarles información política y publicitaria. En particular, Chabelo fue una especie de noticiario de todos los productos que los niños podían consumir. Su programa, En Familia, se convirtió en la nana de los niños que se levantaban temprano los domingos, pero también en una eficiente máquina que persuadía a los niños para comprar golosinas y juguetes. En tiempos cercanos a la Navidad no hacía falta ir a la tienda para saber cuáles eran las novedades comerciales de la temporada, pues Chabelo se convirtió en el vehículo perfecto para que los niños y sus padres se informaran sobre qué era lo que podían comprar ante la inminente llegada del Niño Dios, Santa Claus, o los Reyes Magos. En el caso de las noticias, algo similar hacían Zabludovsky y Vázquez Raña, pues fueron los canales para comunicar las ínfimas opciones políticas de los mexicanos, pero especialmente sobre las decisiones que la clase política iba tomando con relación a la organización general del país.

Hacia finales de la década de los noventa, el sistema político y de medios en México comenzó a transformarse. La cadena de periódicos de Vázquez Raña perdió potencia y aparecieron nuevos jugadores a nivel nacional como los grupos Milenio y Reforma, que desde Monterrey tomaron por asalto el mercado nacional de periódicos y compitieron directamente con una prensa autoritaria que había vivido sus mejores años décadas atrás. Si bien la televisión no se desconcentró, y al parecer es algo que nunca sucederá en México, sí se ampliaron las opciones en el menú, pues aparecieron espacios informativos y de entretenimiento para audiencias mucho más segmentadas. Además, la televisión por cable y el Internet se convirtieron en opciones para encontrar otro tipo de productos comunicativos que no necesariamente son ofertados por los grandes medios de comunicación. En ese nuevo sistema algunos de estos personajes decidieron seguir con un esquema de comunicación masivo y unidireccional y poco a poco fueron perdiendo su influencia política y cultural. Otros, como Jacobo Zabludovsky mudaron de piel y, apelando a la poca memoria de muchas personas, terminó su carrera como un periodista crítico y galardonado por su carrera en el mundo de las noticias.

La muerte de periodistas como Zabludovsky o la salida del aire del programa de Chabelo es otra palada de tierra más a la tumba del sistema de comunicación mexicano que operó durante el siglo XX. El problema, como lo he comentado varias veces en este espacio, es que el entierro de este sistema de comunicación ha demorado mucho tiempo, tanto, que a veces nos parecen imperceptibles los cambios. Aún siguen trabajando muchas de las personas e instituciones que produjeron la comunicación en tiempos del presidencialismo como productores de telenovelas, directores de periódicos, o estrategas de comunicación política. Es una generación que todavía no acaba por irse y que de cuando en cuando vuelve a rescatar del olvido las viejas prácticas comunicativas. En su video de despedida, Chabelo dice que se ha cerrado un ciclo, pero que otro está por abrirse. Ojalá que piense en el retiro y no en revivir un programa que duró casi cincuenta años al aire y que contribuyó, entre otras coas, a crear una cultura alimenticia que privilegia los pastelillos azucarados y los refrescos.

El sistema de comunicación actual ya no es unidireccional ni está compuesto por un puñado de personas que emiten mensajes con alto poder de influencia y persuasión en la sociedad. El sistema de comunicación se amplió, pues hay más medios de comunicación y más productos comunicativos, aunque muchos de ellos de baja calidad, como lo es buena parte del periodismo que se produce actualmente. Las audiencias se fragmentaron. Es rara la familia que se sienta los domingos a ver un programa como Sábado Gigante. Ahora cada integrante de la familia ve un programa diferente en las pantallas de sus computadoras o teléfonos móviles. Hay una mayor libertad de expresión, pero también una mayor polarización política. Son dos sistemas de comunicación distintos y definitivamente, el actual, no es el ideal. Pero queda claro que el sistema de comunicación que se desarrolló en México durante el siglo XX no fue el mejor, especialmente si se le mira desde una perspectiva democrática. ¡Adiós cuatitos y cuatitas, hasta nunca!

Este artículo fue publicado el 7 de diciembre de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

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