Dos preguntas a la red de redes: ¿quiénes tienen acceso a ella y quiénes son sus dueños?

Por Juan S. Larrosa-Fuentes

En los últimos ciento cincuenta años es posible identificar tres grandes periodos de cambio tecnológico en materia de comunicación: a finales del siglo XIX con el telégrafo y los trenes; durante la primera mitad del siglo XX con la radio y después la televisión; y finalmente, en el tiempo presente, a través de la convergencia de las telecomunicaciones como la Internet o la telefonía móvil, que nos encamina a la digitalización de diversos sistemas de comunicación. En estos tres periodos la tecnología ha tomado un papel relevante. Cada una de las etapas, a su manera, prometió emancipar a la humanidad. Las dos primeras fracasaron, sobre todo por el carácter económico que se imprimió en su concepción y posterior desarrollo. Nada parece indicar que esta tercera ocasión ocurra algo distinto.

Aunque todavía no existe un consenso al respecto, la convergencia digital comenzó a principios de la década de los noventa cuando se masificó el uso de computadoras y de Internet, y fue entonces cuando muchos de los procesos de comunicación analógicos comenzaron a ser digitales. En esta vorágine de cambios y de nuevas tecnologías, no son pocos los que han caído rendidos ante las bondades de Internet y de la digitalización, de las libertades que provoca la red, del equilibrio de poder que genera entre sus usuarios y de la nueva sociedad que pueden crear estas tecnologías; sociedades en las que la comunicación sea ilimitada, en las que el diálogo sea accesible para todos y en las que el libre flujo de información se la norma. (Recuerden que otros medios de comunicación, los tradicionales, también fueron pensados de formas distintas a las que hoy conocemos. Un ejemplo de ello son las transmisiones televisivas que en 1950 se hicieran de algunas intervenciones quirúrgicas en la Escuela de Medicina de la UNAM, las cuales tenían como meta la actualización de profesionales de la salud, algo impensable para un sistema de televisión comercial de la actualidad. Para más información ver el artículo “Usos públicos de la televisión en México” de Guillermo Orozco y Francisco Hernández Lomelí).

Sin embargo, la realidad de Internet es mucho más compleja de lo que a simple vista podemos observar. En primer lugar, está el tema del acceso y de las asimetrías de poder. Todavía, por más que se quiera minimizar, hay mucha gente que no está conectada a la red y a la que no le llegan las bondades de la convergencia tecnológica. Quienes escuchamos este programa de radio y nos conectamos a Twitter y a Facebook, muchas veces creemos que el uso de estas redes de comunicación se ha naturalizado en la vida de los demás, tanto como en la nuestra. No obstante, debemos recordar, por ejemplo, que en México, la penetración de esta tecnología es todavía muy baja. Según la investigación “World Internet Project”, cuyo capítulo mexicano está a cargo del Instituto Tecnológico de Monterrey, la penetración de Internet en México para 2010 está calculada en treinta millones de personas, es decir, 24% de la población, todavía lejos de Corea del Sur, el país que tiene una mayor penetración con 77% (www.internetworldstats.com).

Cuando uno hace estos señalamientos, no son pocos los economistas que socarronamente explican que esto es “natural” y que poco a poco las bondades de la red y de las nuevas tecnologías comenzarán a esparcirse a todos los habitantes del planeta como por arte de magia. El mercado regulará la economía y emancipará a la humanidad, dicen ellos, algo así como lo que se pregonaba con el fin de la historia, aquella idea del tristemente célebre Fukuyama. Seamos claros: el mercado no tiene vida propia y mucho menos es “inteligente”, por el contrario, el mercado está compuesto por una serie de estructuras poderosas y que responden, entre otras cosas, a los estímulos que los humanos ejercen en él. Con esto, lo que quiero señalar es muy simple: mientras los Estados no consideren que “estar conectado” es un derecho de los nuevos ciudadanos, las desigualdades de acceso a estas nuevas tecnologías seguirán creciendo.

Por otro lado, poco se ha investigado y discutido sobre preguntas fundamentales como: ¿qué hace que funcione Internet? Y todavía más importante: ¿quién hace que funcione Internet? Por el contrario, lo que más se discute y se comenta es sobre las comunidades virtuales que se están formando, sobre la horizontalidad de la red o de la gran libertad comunicativa que genera, pero ¿qué hay detrás de todo eso? ¿De quién es la red de redes? ¿Cómo se gesta y posibilita este sistema de comunicación?

La respuesta todavía no es del todo clara, sin embargo, las preguntas son muy pertinentes. Según el artículo “De niveles, regulaciones capitalistas y cables submarinos: una introducción a la arquitectura política de Internet” de Mariano Zukerfeld (Virtualis), la infraestructura que posibilita que Internet funcione, es decir, los tendidos de fibra óptica submarina, las comunicaciones satelitales o los backbones continentales, tiene dos características fundamentales: es finita y pertenece a un sector multinacional altamente concentrado. La primera característica rompe el lugar común de que por la red puede circular una cantidad infinita de información y la segunda, la más importante, es que toda la infraestructura que hace que Internet funcione pertenece a tan sólo seis empresas multinacionales.

En una metáfora futbolera: si quienes vivimos en el juego de Internet no nos preguntamos críticamente quiénes pueden participar en él y quiénes son los dueños de la cancha, entonces los análisis serán muy pobres e ingenuos, por más que el juego de futbol en el que participemos los que sí estamos conectados sea “horizontal” y “democrático”. Quienes estamos dentro sí podremos tener intercambios de ideas y de información en un marco de libertad y alta creatividad, pero no estaremos comunicándonos libre y pluralmente con “el mundo”, sino con una parte muy reducida de él. Todavía más: muy diferente será el orden de cosas cuando los deseos y necesidades de los jugadores de este partido de futbol atenten contra los intereses de los dueños de la cancha.

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Archivado bajo Democracia y comunicación, Economía política de la comunicación y la cultura, Libertad de expresión, Lucha por las telecomunicaciones en México, Monopolios y medios de comunicación

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