La nueva música de elevador

Por Juan S. Larrosa-Fuentes

El miércoles de la semana pasada tuve que hacer un viaje de ida y vuelta, en un día, a la ciudad de México. A las once de la mañana estaba en el aeropuerto de Guadalajara y a las dos de la tarde salí del aeródromo de la capital. Luego de dar los primeros pasos antes de subirme a la línea amarilla del metro, supe que era un buen día para la ciudad: cielos despejados de azul intenso, baja temperatura pero sin viento y una brillante luz invernal.

Hacía mucho tiempo que no sentía gusto por llegar a aquella ciudad, a la que normalmente uno tiene que entrar a empellones y con los ánimos necesarios para terminar con los ojos irritados. Es la ciudad rata, dice mi hermano Alfredo. Sin embargo, aquel día era completamente diferente. Cuando revisé mi teléfono móvil, el reloj anunciaba que tenía tres horas para deambular antes de mi cita de trabajo. Pensé, entonces, que un filete era una buena idea para celebrar y recordé un restaurante, un poco apolillado, montado frente a la glorieta que tiene una fuente, en el cruce del Citlaltépetl y la ovalada calle de Ámsterdam. Media hora después estaba saliendo de la estación del Metro Chilpancingo.

Al llegar, mi sorpresa fue que sí había un restaurante ahí, pero no el que yo recordaba. Sí, era un lugar para comer cortes argentinos, pero todo había sido remodelado. Bariloche era el nombre del nuevo comedor. Tuve un leve presentimiento de que podría decepcionarme; sin embargo, seguí con el rito y entré para sentarme a una mesa que tenía una buena vista hacia la glorieta. En el interior, un murmullo comenzó a colarse, no sin molestia, en mi oído. Era una versión melosa de “Satisfaction” de los Rolling Stones.

El lugar había cambiado sustancialmente. El anterior era viejo y en algunas partes sombrío, pero la comida era muy buena, relativamente barata y había un buen servicio, con suerte, te atendía uno de los dueños. Ordené una copia de vino de la casa y comencé a verificar la carta mientra escuchaba “La chica de Ipanema” en versión descafeinada. Cuando llegó la mesera, le pregunté la diferencia en cómo servían un bife y un bife mariposa. Hizo una mueca extraña, se disculpó y se fue. Minutos más tarde llegó el “jefe de meseros” para darme la explicación y las diferencias. Con estos antecedentes no me extrañó que la carne que me trajeron estuviera quemada.

Decidí que lo mejor era seguir bebiendo y dejar atrás los inconvenientes. Cuando terminé de comer el plástico pedazo de carne, en el local se escuchaba “November rain” en versión bossa`n`jazz y fue suficiente. Tuve una sensación de nostalgia y pude entender el sentimiento conservador o al menos, alguna parte de él. Extrañé el viejo lugar al que iba a comer, lejano del nuevo mobiliario color chocolate que aparentaba ser lo más vanguardista, pero que con un poco de observación era posible encontrar su figura ordinaria y repetitiva de las más populares mueblerías; añoré un lugar sin una “jostes” que te atosiga para indicarte qué la mesa que debes ocupar o sin bellas meseras que para mantener su figura jamás han probado los platillos del restaurante y que no tienen la menor idea de lo que te están sirviendo. Pero, sobre todo, extrañaba un lugar con tangos o milongas (al menos eso es lo que yo recuerdo) o mejor aún, sin la molesta selección de los clásicos de la cultura popular anglosajona en versiones edulcoradas.

Luego de la comida me fui a caminar a la colonia Roma, todo volvió a la normalidad y pude beber un buen café en uno de los muchos locales que abundan por ahí. Sin embargo, por la noche tuve una cena en la que nos recibieron con “salitas lounge” y la misma música del terror. Y así han seguido estos tiempos: entre más me esfuerzo por olvidar la música o ignorarla, ahora, cada día que transcurre, en algún festejo navideño, en alguna sala de espera, ahí está el bossanjazz el jazzanbosa y todas sus variantes (si es que esta última palabra significa algo para sus productores).

Esta nueva forma de música, que en realidad ya no es tan reciente, enarbola una estética que simula y que aparenta, y que incluso esto, lo hace mal, pues es una estética a la que se le notan las costuras: basta con fijarse detenidamente en ella para darse cuenta de que fue producida en serie y es de baja calidad. Este tipo de música es hermana de las ideas que amueblaron el restaurante de la colonia Condesa: su repetición es infinita, te sumerge en una atmósfera homogénea, sin variantes y que tiene el efecto de duplicarse a través de referentes que gozaron de gloria y aceptación en tiempos anteriores. El restaurante de la Condesa atrapa a comensales incautos que recuerdan la parrilla de antaño, así la música chillout que refiero, que sirve para acompañar horas y horas de charlas insípidas (small talk) y cuando uno cree que está le están tomando el pelo con la misma canción, la letra de una pieza memorable te recuerda lo contrario. Miles de estos sonidos pululan en los cocteles y las recepciones de nuestro tiempo, decenas de restaurantes se montan bajo la misma estética.

Al final, esta música nos recuerda el lado oscuro de la vanguardia electrónica: el copy paste, la reinterpretación acrítica al infinito, y sobre todo, una industria cultural que tiene que seguir produciendo novedades exitosas que circulen en el mercado. Sin 3embargo, son sólo unos pobres productos que intentan, como lapas, adherirse a los éxitos de la vieja cultura popular de masas. La imagen del restaurante remodelado pero aún con su vieja referencialidad, es un espejo del significado de esta música. Lo preocupante es que antes se escuchaba en los elevadores o mientras esperábamos al dentista en una sala decorada con bodegones y sofás de vivos estampados (¿quién no recuerda a Kenny G?), ahora, esta música es parte de la nueva cultura cool.

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Archivado bajo Cultura y comunicación, Medios de comunicación masiva

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