Aristegui o los estertores del presidenturno

Por Juan S. Larrosa-Fuentes

El caso es ampliamente conocido. Es la historia de una periodista que fue despedida por hacer un comentario editorial, de opinión, sobre el estado de salud del Presidente de la República. Esta periodista, que conducía un noticiario de radio, gozaba de los más altos niveles de audiencia en el DF y en muchas otras entidades mexicanas. En un comunicado oficial la empresa MVS justificó el despido de Aristegui, aduciendo que había violado un código de ética, en el que se estipula que “no se deben difundir rumores como noticias”. En el comunicado nunca se reveló el código de ética en su totalidad, ni se hizo un explicación de a qué noticia o rumor hacían referencia, tampoco un análisis con profundidad del caso.

El despido causó un gran impacto en la opinión pública y particularmente en la prensa diaria y en Internet, produjo una gran cantidad de información y de opiniones. Es importante recalcar que el caso no fue noticia para los medios electrónicos en general, aunque por supuesto hubo honrosas excepciones. Ante la falta de información, los rumores comenzaron a apoderarse de los debates públicos. Durante la semana, la presidencia de la Republica, en sendos comunicados intentó fijar su postura. En el primero negó que tuviera algo que ver con el despido de Aristegui. En el segundo dio información sobre el estado de salud del Presidente. Por su parte, la periodista dio una conferencia de prensa en la que hizo pública su versión de lo sucedido. Hasta aquí los hechos que se han revelado. Elucubraciones hay muchas.

El análisis de este caso permite sopesar múltiples dimensiones, ángulos, niveles, lenguajes y hermenéuticas. Además, particularmente esta noticia, es polémica por muchas razones. De ahí que solamente recojo algunos puntos para el análisis. El primero se instala en una dimensión de derechos civiles y políticos. Carmen Aristegui, con todas la filias y fobias que despierta, con todos sus aciertos y errores periodísticos, tiene el derecho, como todos los ciudadanos mexicanos, de expresarse libremente, y en uso de ese derecho que está consagrado en la Constitución, construyó una editorialización, a partir de un hecho noticioso. Ni más ni menos. La pregunta fue: “¿tiene o no el presidente un problema de salud?”, seguida de un largo comentario. Si se revisan las versiones estenográficas de su alocución, se puede constatar que en ningún momento la periodista utiliza un tono grosero o inapropiado, tan solo hace una pregunta.

La segunda dimensión de análisis, me parece, ha sido de las más polémicas. Es la dimensión periodística. Carmen Aristegui presentó una nota informativa a través de su reportero, en la que narraba cómo un puñado de diputados desplegaron una manta en la que se acusó a Felipe Calderón de ser un alcohólico. El reportero dio pelos y señales de lo ahí ocurrido, entrevistó a más de una fuente y comunicó una nota informativa. Después, con base en esta nota, Aristegui lanzó el editorial que le costó su cabeza. Para muchos, fue un buen procedimiento periodístico. Para otros no, pues sugieren que la periodista tuvo que entrevistar directamente a los legisladores rijosos y preguntarles a ellos si tenían pruebas sobre sus dichos.

La tercera consideración que ha sido ventilada ya por muchos, tiene que ver con un asunto económico y político. Este caso, han dicho, solo pudo ocurrir en medios electrónicos. En la prensa mexicana se han escrito editoriales como éste, e incluso más fuertes y en tonos que rayan en la diatriba. Y no ha pasado nada. Y no ha pasado nada porque los dueños de periódicos o revistas, aunque ciertamente reciben publicidad oficial, no dependen de la venia del presidenturno (Álvaro González de Mendoza, dixit) para que sus empresas sigan existiendo. Nos guste o no, y de esto hay abundantes pruebas empíricas, los medios electrónicos mexicanos han visto coartada su libertad de expresión debido a la discrecionalidad con la que se otorgan las concesiones de radio y televisión. Por supuesto que no es igual que hace cuarenta años cuando Jacobo Zabludovsky el 3 de octubre de 1968 simplemente “borró” los hechos sucedidos en la Plaza de las Tres Culturas. Sin embargo, el Poder Ejecutivo aún ejerce una gran presión sobre estos empresarios. No por nada, días antes de este exabrupto el presidente de la COFETEL había anunciado que entre los próximos 12 y 18 meses se otorgarán concesiones para transmitir dos nuevas cadenas nacionales de televisión. ¿Alguien duda que MVS no buscará hacerse de un canal de televisión abierta? ¿Alguien duda que el litigio en el que actualmente pelea MVS por que no le quiten una frecuencia del espectro radioeléctrico no tuvo que ver con este caso?

Pero hay un último punto y que es, a mi parecer, el más sensible de todos. Esta noticia causó un gran impacto porque alude a una periodista muy popular y polémica, pero también por los ataques y las críticas que se generaron hacia el Presidente. Desde hace un par de décadas, en la larga transición mexicana hemos visto cómo la figura presidencial se ha ido debilitando. La figura del presidenturno vive sus últimos días, lo grave, es que no termina por morir. El régimen autoritario en México, encarnado en el presidente, no cayó de golpe como hace unos días ocurrió en Egipto, por el contrario, ha sido un proceso gradualista en el que poco a poco se le ha ido despojando de poder. Esta inercia generó que en las elecciones de 2006 el país encallara en una crisis política de la que le ha costado mucho trabajo salir. Nos cuesta a los mexicanos ver a un presidente tan mancillado y con tan poco poder. Y en lugar de renovar las instituciones políticas, nos hemos dedicado a denostar la figura presidencial o a defenderla acríticamente.

La debilidad presidencial tiene mucha responsabilidad en la generación de estos exabruptos informativos. Es necesaria una estructura política en la que el Presidente no tenga tanto poder (como ya no lo tiene ahora), pero que ese poder no se deje al garete y sea reincorporado en otras instituciones de talante democrático. Necesitamos de un sistema de comunicación de radio y televisión que no esté controlado por el Poder Ejecutivo, pero que tampoco opere bajo la falsa premisa de las reglas el mercado. Necesitamos de empresas que aseguren la independencia de sus productos informativos y que inviertan en herramientas que ayuden a dirimir estos conflictos, como pude ser un código de ética público y no privado, o la instauración de un defensor de la audiencias.

Por lo pronto, en Guadalajara podíamos escuchar, hasta hace unos días, dos noticiarios matutinos en la FM de corte nacional (más otros tres de manufactura local). Ahora solamente podremos escuchar a Don Ferriz de Con, a quien por cierto, el presidente sí le otorga entrevistas.

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