Entrar y salir de la red: el caso de Wikileaks y el derecho a la información

Este texto fue publicado en el suplemento Clavius, de La Jornada Jalisco (7/abril/2011). El suplemento se dedicó al tema de Derechos Humanos (descarga el suplemento completo).

Por Juan S. Larrosa-Fuentes

Algunas de las coyunturas noticiosas más importantes de 2010, el año que acaba de concluir, fueron las revelaciones informativas que hizo Wikileaks. En julio esta organización divulgó 70 mil documentos sobre la guerra en Afganistán y en ellos apareció información relevante sobre los detalles de cómo se desarrolla una incursión militar contemporánea, pero el golpe más fuerte lo dio en noviembre cuando propaló 250 mil cables secretos de la diplomacia estadounidense, en los que se muestra la forma en cómo opera políticamente la gran potencia mundial. Muchos ya se han aventurado a señalar que el mundo fue uno antes de Wikileaks y será otro a partir de sus revelaciones. Sin embargo eso solamente lo sabremos en el futuro. Serán otros los que lo reconozcan. Bien podrá suceder que esta organización haya comenzado una revolución, bien podrá quedar en el olvido histórico. Lo cierto es que Wikileaks sí forma parte de un proceso de convergencia (tecnológica, empresarial y económica) que comenzó en la década de los noventa a través de la masificación del uso de computadoras y del desarrollo de una red de redes, que hoy conocemos como Internet. Este proceso de convergencia ha cambiado al mundo contemporáneo y puesto en crisis muchos conceptos para nombrarlo y ordenarlo, como sucede con el tema del “derecho a la información”.

 

 

Wikileaks ha generado un gran debate internacional en torno a sus revelaciones, pero también respecto de las formas de hacer periodismo, de la transparencia de los Estados y de la ética de “filtrar” (leak en inglés) documentos ante la opinión pública. No obstante, pareciera que hace falta información sobre qué es y qué hace esta organización ciudadana que vive de donativos de grandes empresas, como puede ser Associeted Press o de ciudadanos comunes y corrientes de todo el mundo. Wikileaks es una organización compuesta por periodistas, ciberactivistas, matemáticos y académicos que diseñaron una plataforma en Internet que tiene características muy particulares: es un sitio que sirve para que cualquier ciudadano tenga la posibilidad de enviar, anónimamente, información de relevancia pública, muchas veces confidencial o reservada, y que sea develada sin que el divulgador sea descubierto. Una de sus características más importantes es que opera como una red distribuida en servidores repartidos en distintas partes del mundo, que a diferencia de una estructura lineal que al ser cortada o interrumpida se anula completamente su accionar, ésta puede seguir operando aunque uno de sus nodos sea destruido. Vale la pena enfatizar que esta organización no vive de recursos públicos, pero tampoco es una empresa privada: se mantiene de donaciones, lo que le permite cierta independencia y autonomía. No tiene una “nacionalidad”, pues trabaja en una lógica trasnacional (está registrada en Alemania y tiene uno de sus centros de operaciones en Suecia), y desterritorializada (muchos de sus integrantes “laboran, al mismo tiempo, en distintas partes del globo).[1]

Una vez que un ciudadano envía (filtra) la información, Wikileaks se da a la tarea de corroborarla. Por ejemplo, para publicar la información del caso Irak, varios periodistas fueron a consultar archivos in situ y a entrevistar a los involucrados en el tema. Hasta ahora el procedimiento ha resultado efectivo. A Wikileaks se le ha acusado de muchas cosas, pero no de falsar su información.

Ahora bien, ¿cuál es la novedad que presenta Wikileaks? ¿Que los Estados son corruptos y poco transparentes? ¿Que Estados Unidos tiene el control de buena parte de la política internacional? ¿Que las embajadas en realidad son centros de espionaje? Mucha de esta información ya la intuíamos y para muchos, no es trascendente. Pero las revelaciones de Wikileaks, en primer término, representan pruebas históricas de lo que resultaba una obviedad, pero sin elementos que dieran cuenta de ello. Sabemos, por ejemplo, de la gran corrupción que hay en México, sin embargo, pocas veces tenemos pruebas fehacientes de ello. Esto fue lo que en primera instancia ofreció Wikileaks sobre temas tan importantes como la guerra o la diplomacia internacional.

Pero hay más y son transformaciones de fondo, muchas de ellas seguramente todavía no las podemos observar o siquiera vislumbrar. El Estado es la figura bajo la cual la mayor parte de las sociedades se organizan. La administración social ha ido adquiriendo una gran complejidad al paso del tiempo y particularmente durante el siglo XX los medios de comunicación (cine, prensa, radio y televisión), sirvieron como herramientas para llevar a cabo estos fines. El poder de reproducción social que adquirió la comunicación pública a través de estos medios,[2] llevó a que justo a la mitad del siglo pasado, el derecho a la información se incorporara en el sistema internacional de las Naciones Unidas, particularmente en la UNESCO.[3]

Treinta años después el mundo es otro. Las computadoras y la Internet han dado una vuelta a la tuerca en las formas en las cuales los Estados administran la vida de millones de personas. La cantidad de información que actualmente se requiere para tomar decisiones públicas es enorme (por ejemplo los “estudios” de impacto ambiental y financiero para realizar una avenida o una carretera) y cada vez es más difícil que ésta circule y sea comprendida por el gran público. Además, por si esto fuera poco, los abusos y corrupciones de los Estados son más difíciles de comprobar: antes bastaba con un documento o una grabación (véase el caso de Watergate). Ahora, para generar estos procesos informativos, que caen en el terreno periodístico, es necesario hacerse de la información, pero también de la pericia para leerla, discriminarla y divulgarla entre los ciudadanos. En el siglo XX la labor de un periodista era salir a la calle en busca de información; en el siglo XXI la tarea será entrar en un universo de información y encontrar aquella que sea valiosa, relevante y sobre todo, que pueda ayudar a generar contextos e historias que permitan entender este nuevo mundo. Para darnos una idea basta imaginar lo siguiente: ¿cuánto espacio ocuparían físicamente los 250 mil cables revelados recientemente por Wikileaks? Imaginen a un funcionario público “filtrando” esta información, sacándola sigilosamente en una carretilla y sin que nadie se dé cuenta o repare en ello. Sería imposible. Sin embargo Wikileaks ha demostrado que ya es posible hacerlo y romper la coraza tecnocrática y administrativa que los Estados han creado a través de la opacidad informativa.

Wikileaks es un arma que nos ha permitido, como ciudadanos, entrar a las profundidades de la red y del mundo digital y se ha convertido en una herramienta para ejercer, por la vía de los hechos, el derecho a la información. Sin embargo Wikileaks es mucho más que eso: es la muestra de las posibilidades que el mundo de la información y de la Internet nos pueden ofrecer. La red ya le sirvió a los Estados para mejorar su trabajo cotidiano, ya le sirvió, también, al mundo financiero para generar nuevas formas de producción y distribución. Ahora toca el turno de que estas posibilidades de la red sirvan a los ciudadanos.


[1] Se recomienda al lector consultar el siguiente reportaje: Khatchadourian, Raffi (2010) “No Secrets”, en New Yorker. Disponible en: http://www.newyorker.com/reporting/2010/06/07/100607fa_fact_khatchadourian

[2] Martín-Serrano, Manuel (1994) “La comunicación pública y la supervivencia”, en Diálogos de la Comunicación, núm. 39, junio 1994. Lima.

[3] McBride, Sean (1993) Un solo mundo, voces múltiples: comunicación e información en nuestro tiempo. México: Fondo de Cultura Económica.

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