U2 y la narración del presente

Por Juan S. Larrosa-Fuentes

Hace año y medio cuando preparaba una clase para la universidad y buscaba bibliografía para entender el concepto de modernidad, una amiga de la facultad me presentó a Marshal Berman y su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire. En el correo electrónico donde me dio la referencia decía que era uno de los textos más bellos que había leído en fechas recientes. Desde entonces me he dedicado a buscar y hurgar en libros el controvertido concepto de modernidad. El concepto no es nada sencillo y sigo pensando en él constantemente y se ha convertido en una lente de observación para cualquier momento. Es por eso que durante las lecturas, pláticas con alumnos y en viajes de todo tipo, el término se sigue construyendo en mi cabeza. Dice Berman que “Hay una forma de experiencia vital –la experiencia del tiempo y el espacio, de uno mismo y de los demás, de las posibilidades y los peligros de la vida- que comparten hoy los hombres y mujeres de todo el mundo de hoy. Llamaré a ese conjunto de experiencias la ‘modernidad’”. ¿Pero qué es lo que realmente compartimos?

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Pasaban las cinco de la tarde y Alfredo, mi hermano, nos esperaba entre una multitud que circulaba en la terminal del metro Tasqueña. Estaba recargado sobre un barandal, vestido de negro y con unas gafas oscuras. Varios años atrás, cuando yo vivía en el Distrito Federal, habíamos pasado días enteros recorriendo todas las estaciones el metro, tomando apuntes y haciendo fotografías para un libro sobre hipertextos y metro. Tal vez, desde entonces estábamos buscando ese concepto de modernidad en la capital del país: un transporte urbano que lleva y trae a millones de personas todos los días.

Era jueves, había mucha gente y era una locura: en cuatro horas U2 estaría dando el segundo de sus conciertos en el estadio Azteca. De Tasqueña tomamos el tren ligero que trabajó a marchas forzadas para llevar a los más de 70 mil espectadores del concierto. El metro y el tren ligero tienen la capacidad de atravesar la gran ciudad de los pasos a desnivel, segundos pisos, torres bancarias gigantescas y los barrios urbanos más empobrecidos de México. La tierra de las contradicciones. Uno de los rasgos característicos de la modernidad.

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Un día después del concierto visité a mi abuela en su departamento de la Condesa. La visita la sorprendió. Platicamos por espacio de media hora. Cuando le dije que había ido al concierto, ella ya estaba enterada de todos los detalles: “gente acampando en la ciudad, ¡es una locura!, los jóvenes acampando en la ciudad”. Los modernos que acampan afuera de un estadio por tener un lugar privilegiado para entrar a un concierto de una banda de rock.

Después platicamos de libros. Me decía que recién compró La herencia de Ezther, un libro de Sándor Marai. Yo le platiqué de Pereira, el personaje de Tabucchi, que había encontrado en una tienda de libros de segunda mano. Pereira, el que publicó un artículo periodístico en contra del régimen de Salazar en Portugal de mediados de siglo pasado, Pereira, un moderno que fue parte de las vanguardias sin siquiera saberlo.

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Dice Marshal Berman: “Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. Los entornos y las experiencias modernos atraviesan todas las fronteras de la geografía y la etnia, de la clase y la nacionalidad, de la religión y la ideología: se puede decir que en este sentido la modernidad une a toda la humanidad. Pero es una unidad paradójica, la unidad de la desunión: nos arroja a todos en una vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia. Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, ‘todo lo sólido se desvanece en el aire’”.

En la ciudad de México y en un concierto de U2 se pueden encontrar muchas de las características de las que habla Berman: Paseo de la Reforma reconstruida, con aceras nuevas y semáforos peatonales, una Catedral que está siendo remodelada por una de las obras de ingeniería más interesantes del siglo xx, un subterráneo de coberturas kilométricas, helicópteros que surcan por los aires, edificios inteligentes que miran a la ciudad llenos de luces; pero también están las familias de oaxaqueños que tienen su habitación en un parque, los vagabundos que recitan pasajes ininteligibles de sus vidas, niños que rasgan los bolsillos de los turistas, ruinas prehispánicas que apenas se dejan ver, o una ciudad que se está hundiendo en lo que antes era un gran lago. Son los espacios y los momentos paradójicos de la modernidad: su capacidad de creación y destrucción.

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De U2, su vida, su música y sus conciertos se han escrito muchas cosas. En lo personal, me queda claro que no será una banda que trascienda por sus creaciones musicales de vanguardia (vaya, otro término moderno). Pero son casi treinta años de tocar rock y de ser una banda de consumo mundial, una de las agrupaciones más populares. Entonces las preguntas son muchas: ¿qué hace que U2 sea tan aclamado? ¿Qué hace que una banda irlandesa que canta en inglés, tenga el poder de convocatoria como el que demostró en México? ¿Cómo es posible que un país como en México haya quienes puedan pagar hasta mil dólares por una entrada para escuchar un concierto U2? ¿En dónde queda el tan añejo debate sobre los artistas y sus militancias políticas? ¿En donde cabe una figura como la de Bono, el cantante, que además de ser un icono juvenil y musical, tenga en su agenda pasearse en el Foro Económico Mundial, que promocione la ayuda a los países del tercer mundo y que próximamente sea nominado para recibir el premio Nóbel de la paz?

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Según Fredric Jameson, dos momentos medulares en el desarrollo de la modernidad, son la industrialización de la agricultura y la comercialización del inconsciente. El primero creó una nueva sociedad a partir del desplazamiento humano del campo a las ciudad, nació una cultura urbana, así como el concepto paradigmático de ciudad como emblema fundamental de la modernidad. El segundo devino en el nacimiento de las industrias culturales. En el concierto de U2 sobresalieron, entre muchas otras cosas, la vida y movimiento de una ciudad como el Distrito Federal (tal vez una de las ciudades más modernas de occidente, aunque poco tiene que hacer contra la hegemonía descriptiva de autores europeos) y el poder de convocatoria que tiene una de las bandas más representativas de lo que es una industria cultural: es música, sí, pero también son boletos, camisetas, lentes, guitarras, estilos musicales, peinados, ideologías, gorras, discos compactos.

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Durante cuatro horas estuvimos parados en el centro de la cancha del estadio Azteca, ahí donde juega Pavel Pardo en el América, donde Juan Pablo II convocó a multitudes, donde Maradona anotó su gol con la mano y donde se han celebrado los eventos más importantes que cualquier futbolero puede recordar. Estuvimos parados ahí, en el centro de ese espacio que lo abarrotan miles de personas que gritan, cantan, reaccionan y prenden sus celulares frente a las ocurrencias de cuatro tipos que se hacen llamar U2.

Para los que nos gusta U2, el concierto de la ciudad de México fue increíble, pues repasaron momentos claves de su discografía, desde sus trabajos iniciales, hasta los últimos que lograron desde la década de los noventa y que los encumbraron como un conjunto de alcance mundial. La emoción alcanzó hasta las lágrimas, pero aún en ese estado, que visto a distancia puede parecer francamente cursi y visceral, seguían las preguntas: ¿qué hace que 70 mil personas estén conmovidas con una serie de canciones en inglés? ¿Qué nos une si poco nos conocemos? Y entonces volvía el concepto de modernidad como esa serie de experiencias vitales que se comparten entre todos y que nos arrojan a un mundo de significados puestos en común. Dicen por ahí que una de las consecuencias que trajo la masificación del libro, fue que los hombres por primera vez podían tener el referente de otros hombres que jamás conocerían, pero que al mismo tiempo los uniría la experiencia de haber leído el mismo libro en tiempos y espacios diferentes. Entonces eran 70 mil personas que en general nada tenían que ver, pero que habían escuchado los mismos discos, que habían asociado las mismas canciones a ciertos momentos de sus vidas, de sus amores y desamores, de sus luchas y desencuentros y del simple placer de sentarse a escuchar una banda de rock.

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El arte en la modernidad cambió totalmente por muchas razones, pero una de ellas es que el arte se pudo comercializar y reproducir masivamente. Esto ocurrió, sobre todo, durante el siglo XX. ¿Cómo hubiera afectado la obra de Bach o Mozart si estos creadores hubieran estado dentro de una lista de los artistas más escuchados? O ¿cómo hubiera cambiado su obra si tuvieran promotores y administradores que los estuvieran (mal) aconsejando de hacer tal o cual modificación a sus composiciones en aras de vender más? Ya sé que más de alguno estará arqueando las cejas pensando que el que esto escribe está comparando a estos compositores con U2, lo cual puede llegar a ser además de una estupidez, una falsa argumentación. Sin embargo, sirva el ejemplo para entender que los fenómenos como U2 son exclusivos de la modernidad. No había U2 en tiempos anteriores a la modernidad, pero tampoco había Saramagos, Salman Rushdies, Andy Warhols, Beatles o Rolling Stones. Ciertamente, Mozart y Beethoven ya vivían dentro de la modernidad cuando hicieron sus grandes composiciones musicales, sin embargo, sus obras todavía no fueron tocadas por ciertos elementos de la modernidad que han caracterizado al arte a partir de los principios del siglo XX: la desacralización, las vanguardias, la reproducción en serie y comercial (cultura de masas) de los objetos artísticos, entre otras cosas.

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El debate sobre la modernidad, que para muchos está muerto, está más vivo que nunca. Es muy largo, amplio y sobre todo tiene que estar enclavado en el terreno del debate, porque como lo dice Jameson, es un tropo para nombrar nuestro presente, es una máquina y andamiaje para narrar nuestro entorno y todo aquello que ahora mismo está sucediendo. La modernidad como tal es presente, que cambia, se transforma, muta, un presente que tiene enclavado en sí mismo un poder enrome de construcción, pero también de destrucción. Entonces la modernidad, como esa forma de narración, es contradictoria estructuralmente.

Mientras tanto, U2 logró sublimar a una masa de personas que gozaron de su espectáculo. Bono consigue ayudas para el tercer mundo mientras organiza conciertos con derramas millonarias, las cuales en gran parte van a sus bolsillos. Jóvenes urbanos que acampan afuera de un estadio. Los conciertos de U2 como un derroche de imágenes, tecnología y colores. Hablan de derechos humanos y comercio justo y viajan en un avión privado. Visitan “El circo volador” con los artistas underground del DF y luego acuden a una de las galerías más exclusivas de esta capital.

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El sábado, después de una comilona en el bar La Opera de en el Centro de la Ciudad de México, atravesamos Bellas Artes, La Alameda y Paseo de la Reforma. Los mimos tomaban las banquetas, un trío de mixtecos del istmo tocaban sus metales y percusiones para unas cuantas personas, un predicador lloraba a la orilla del parque mientras dictaba un discurso grandilocuente y U2, con toda su parafernalia, ya había desaparecido. En la modernidad, diría Marx, “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Así U2, así el trío de mixtecos que tocaban en La Alameda. Así el metro, los Mercedes Benz y los viejos volkswagens que circulan desquiciadamente por avenida Insurgentes. Así el tiempo presente de los modernos, de aquellos que dicen vivir en el futuro, pero que no han podido definir su pasado y que en realidad, viven en el abismo del presente, construyéndose día a día, con un gran saco lleno de contradicciones que cargan en sus espaldas.

Cuando llegamos a la Diana Cazadora ya era de noche, nos dolían los pies y afortunadamente encontramos los últimos boletos de regreso a Guadalajara.

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Archivado bajo Cultura y comunicación, Industrias culturales

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