La “mala imagen de México” y los medios de comunicación

 Por Juan Larrosa-Fuentes (8 de marzo de 2010)

Los temas de violencia, narcotráfico, asesinatos y desastres naturales continúan en la cabeza de la agenda general de los medios . Hace quince días, en este espacio editorial, discutimos sobre las capacidades e incapacidades del gobierno para construir la propaganda que legitime su participación en lo que ha denominado como la “guerra contra el narcotráfico”. Un gobierno que necesita la aprobación de sus pobladores y contribuyentes para continuar en sus operaciones bélicas necesita necesariamente de los medios de comunicación para construir consensos. Concluíamos entonces, que la realidad mexicana ha rebasado cualquier esfuerzo de comunicación política; es un tema que se le ha salido de las manos al Estado mexicano. Ahora toca preguntarse: ¿qué pasa con los medios de comunicación? ¿Qué papel histórico están jugando en estos escenarios violentos y que rompen con el tejido social de una nación?

Al respecto hay posturas. Por lo pronto el presidente ha hecho pública la suya en repetidas ocasiones. Arremete en contra de los medios que publican los llamados narcomensajes que aparecen en mantas colgadas en puentes o en videos de youtoube, además, dice el presidente, hay un problema de percepción y su lógica es la siguiente: expone que en Brasil hay una mayor tasa de homicidios que en México, pero que aún así es un país que se hizo de la organización de los Juegos Olímpicos y del Mundial del fútbol. Esto, en su lógica, se debe a que Brasil no tiene una mala imagen (El Universal, 25/febrero, 2010). Al día siguiente apareció un texto de Carlos Marín, titulado “Fraude periodístico a dos manos”, en el que defendía la libertad de publicación de textos, fotografías e imágenes sobre el tema del narcotráfico, y en donde acusó a la presidencia de la República de: “pagar una primera plana de varios millones de pesos”. Ni el presidente ni Carlos Marín dieron datos concretos sobre a qué medios de comunicación se refirieron.

Otra postura, que comulga con la del presidente es la de aquellos políticos o ciudadanos que señalan que los medios de comunicación deben trabajar junto con el gobierno, apoyarlo y para ello, deben limitarse a reproducir la información oficial y a darle palmaditas en la espalda a éste. Estos personajes cuestionan: ¿por qué atacar al gobierno? ¿Por qué los medios de comunicación no pueden enfocarse a observar lo bueno, lo positivo? ¡Hay tantas noticias buenas que podrían aparecer en los medios de comunicación!

Una postura tenebrosa es la del crimen organizado, pero que no dista mucho la del Estado. Los narcotraficantes buscan que los medios de comunicación publiquen las narcomantas que cuelgan de edificios y puentes, que reproduzcan los videos amenazantes que suben a Internet,  que destaquen gráficamente la violencia a través de fotografías y videos de cuerpos descabezados y de batallas al estilo del viejo Oeste. Incluso, buscan establecer legalmente las industrias culturales que han ido construyendo al paso de los años: grupos musicales que a través de los narcocorridos relatan la vida de los capos o videos y películas que narran historias en donde los narcotraficantes aparecen como héroes hollywoodenses, aderezados con al puro estilo mexicano. Estas incursiones generan un terrorismo mediático, pues la sociedad vive con miedo frente a esta nueva cultura.

Ante estos escenarios, los medios de comunicación han reaccionado de forma diferente. Ya apuntamos el caso de Carlos Marín. Algunos medios, los más, se adaptan a las peticiones del Estado o del crimen organizado y construyen o bien a un México seguro que avanza firme en su guerra contra el narcotráfico, o bien a un país anárquico, sin orden, inseguro y documentan pueril y grotescamente lo que ocurre en las ciudades de Juárez, Tijuana o Cuernavaca. Otros han llegado al punto de omitir el tema de su agenda. Otros, como el caso de la revista Proceso, han tomado la decisión de publicar los artículos relacionados al tema, pero suprimiendo el nombre de los reporteros en aras de su seguridad. Hay medios que decididamente cubren el tema y que lo utilizan como gancho para incrementar sus ventas.

El panorama no es nada sencillo y no hay recetas de cocina para destrabar este problema. Sin embargo, existen tres elementos que me parecen muy pertinentes subrayar. El primero es que debemos denunciar que el derecho a la libertad de opinión y expresión está de capa caída en nuestro país. La estructura política que se creó después de la Revolución mexicana fue rígida, autoritaria y desde el Estado se atentó en numerosas ocasiones en contra de periodistas, informadores, activistas y políticos de oposición; muchos de ellos fueron asesinados. Luego de una larga y tortuosa transición, que en materia de medios inicia en la década de los ochenta, ahora tenemos que luchar contra un poder que está por encima del Estado y que es el crimen organizado. Es inaceptable que vivamos en el país más peligroso para ejercer el periodismo y que aquel derecho que tanto costó conquistar, ahora se vea amenazado por un poder fáctico. La forma más extrema de censura es la muerte de un periodista.

El segundo punto es eliminar la tentación de permitir que el gobierno cobre una nueva forma autoritaria frente a los medios de comunicación, para controlar qué se dice y qué no se dice sobre la violenta realidad en México. El tema de la narcomediosfera, creo, no debe solucionarse por la vía autoritaria. Los medios de comunicación observan a las sociedades y las describen. En muchos casos documentan su cotidianeidad, su historia, su cultura. Eliminar las observaciones sería tanto como negar la realidad, como claudicar ante ella, cerrar los ojos y aparentar que no pasa nada. Cuando el presidente Calderón o cierta parte de la clase política le exigen a los medios que dejen de generar una mala imagen de México, piden que los espectadores cerremos los ojos y que confiemos, una vez más, en que la solución provendrá de ellos. Los descabezados o narcocorridos son parte de la cultura contemporánea de México y ciertamente son aterrorizantes, y para los más, indeseables, pero censurarlos no va a contribuir a solucionar el orden de cosas.

Lo anterior no exime a que los medios de comunicación deban, hoy más que nunca, pensar sobre su trabajo. Lo importante es su carácter informativo y no la especulación sobre el entorno. Los medios de comunicación no pueden seguir la sugerencia del presidente de construir una imagen saludable de México ni tampoco servir como vehículo de comunicación para las bandas del crimen organizado. El trabajo de los medios está en informarnos quiénes somos, qué nos pasa y qué estamos haciendo para resolverlo.

Este artículo fue publicado el día 8 de marzo de 2010 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

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Archivado bajo Censura, Cultura y comunicación, Derecho a la información, Libertad de expresión, Medios de comunicación masiva, Narcocorridos, Sistema de comunicación de México, Transparencia y rendición de cuentas

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