Los debates electorales en México

Por Juan Larrosa-Fuentes (7 de mayo de 2012)

En menos de diez días, los jaliscienses hemos visto sendos debates entre los aspirantes al gobierno del estado y quienes desean hacerse de la silla presidencial. En ambos casos, al apagar el televisor, me saltó una pregunta: ¿cuánto tiempo más demorará la fase final de esta larga transición democrática mexicana? Para quienes gustan de ver con optimismo la historia política del país, entre ellos, los políticos mismos, los debates son una conquista de nuestra democracia. Seguramente replicarán que si no estamos contentos con lo que tenemos, bien valdría la pena que regresáramos la mirada a los años setenta y ochenta, décadas cúspide del autoritarismo. Y claro, sería estúpido no ver los avances que como país hemos tenido en los últimos treinta años. El problema es la lentitud con la que hemos avanzado. Lo que nosotros hemos hecho en treinta años, otros lo han hecho en un lustro. ¿Qué condiciones hacen falta para que veamos debates como los que ocurren en Francia, en España o en Estados Unidos? En realidad no es tanto lo que falta, pero en México nos hemos perdido en los detalles.

El sistema de comunicación política mexicano, en periodos electorales, está estructurado bajo tres grandes pilares: los spots, la producción y circulación informativa y de entretenimiento a través de los medios de comunicación (especialmente de la televisión) y el desarrollo de las campañas a ras de tierra como los mítines o el trabajo que los candidatos realizan comunicado sus ideas casa por casa (ver por ejemplo, el caso de las recientes elecciones en Francia, en las que Hollande y su equipo se impusieron la tarea de visitar puerta a puerta, a una buena cantidad de hogares). Las primeras dos estructuras se desarrollan de forma muy limitada debido a una legislación rígida y complicada. La tercera vive con un mayor grado de libertad, aunque también restringida por la normativa. A estos tres pilares habría que añadirle una serie de apéndices, que si bien menores, sí tienen un peso significativo como las comunidades virtuales (Facebook, Twitter, Youtube) o, en este caso, los debates.

Como lo hemos constatado, los spots, incluso en sus mejores versiones, son previsibles y comunican poco, pues tienen el objetivo de instalarse emocionalmente entre las audiencias. Luego de que un spot se repite al infinito, los ciudadanos aprenden mecánica y acríticamente una serie de mensajes propios de la publicidad y que buscan, simplemente, generar una serie de impulsos que lleven a una acción de consumo político. Por su parte, los espacios noticiosos, al menos en este proceso electoral, han sido muy discretos. Buscan la equidad y hacer eco de lo que los candidatos intentan comunicar. Nada más. Son realmente pocos los medios que están llevando la práctica periodística hacia los terrenos de la investigación o del análisis (ver los monitoreos de medios del IFE y el IEPC). En este escenario, los debates podrían adquirir un peso mucho más determinante.

Dicen que en los detalles está el diablo y este caso no es la excepción. Me parece que nadie o muy pocos estarán en desacuerdo con la idea de que los debates son importantes en un proceso electoral. ¿Pero por qué la insatisfacción de estos ejercicios en México? Luego de ver los debates entres los candidatos al gobierno de Jalisco y de los que buscan la presidencia, enumero algunos de los detalles. Ciertamente el primer ejercicio resultó mucho más primitivo que el segundo, pero no dejan de ser, en su esencia, muy similares. Dejaré de lado la obviedad de que, en sentido estricto, ninguno de los dos ejercicios fueron debates.

Un elemento central que contribuye a la mala factura de los debates, es la falta de reglas que dejen satisfechos a todos. En los días previos y posteriores de ambos debates, candidatos y partidos políticos manifestaron su insatisfacción por no sentirse cómodos con el formato. Esto es grave, pues si no hay un consenso en torno a esto, cualquiera de los actores puede descalificar el ejercicio: “ven, se los dije, estas reglas no sirven para nada”. Muy distinto sería llegar a un debate en el que hay un mayor grado de consenso entre la clase política, ya no digamos entre la ciudadanía. Sin embargo, es alta la dificultad para llegar a estos acuerdos, pues hay una serie de burocracias que se encargan hacer largos y tortuosos estos procesos deliberativos.

El debate cobra sentido en tanto los ciudadanos pueden verlo, escucharlo y analizarlo. Entre más puedan verlo, mayor será su utilidad para el proceso de deliberación democrática. Por ello, no es menor la discusión sobre si las televisoras privadas transmiten o no los debates. En muchas discusiones sobre este tema se arguyeron ideas que intentaron minimizar los hechos, por ejemplo: “las televisoras son empresas privadas y tienen el derecho de transmitir lo que mejor les resulte en términos económicos”, “obligar a las televisoras a transmitir los debates es un acto autoritario”, “los televidentes tienen el derecho de decidir si ven el debate o un partido de futbol”, “cualquier ciudadano que tuvo el interés de ver el debate, lo pudo hacer”. El derecho que debe prevalecer en este caso, es el derecho a la información de los ciudadanos. El Estado tiene la obligación de garantizar a todos los ciudadanos la posibilidad de ver por televisión (o vía Internet), el debate. Y los ciudadanos tienen el derecho a elegir qué es lo que quieren ver, pero siempre en un escenario que posibilite estas opciones. Ciertamente la mayoría de los mexicanos tuvieron la opción de ver el debate por televisión, pero no fue una posibilidad que estuvo al alcance de todos. Esto estaría resuelto si existieran canales de televisión pública de cobertura nacional que pudieran asegurar este derecho, pero sabemos que históricamente esto no ha sido posible por la indolencia del gobierno y por las presiones de los concesionarios que han evitado la implementación de nuevas reglas de competencia en el sector.

La sociedad no es tomada en cuenta para la organización del debate, tampoco se le considera para discutirlo o analizarlo. Estos ejercicios podrían llevarse a cabo en un lugar público, en el que la gente pueda asistir para escuchar de viva voz a los candidatos. Tampoco se toma en cuenta a los ciudadanos para establecer el formato del debate y mucho menos se permite que tomen la voz durante el ejercicio para preguntar, cuestionar, increpar o dialogar con los candidatos. Tecnologías como Facebook o Youtube podrían servir para posibilitar este tipo de ejercicios. En lo que se conoce como el post debate, la discusión se emplaza en los espacios propios de lo que se conoce como el “círculo rojo” y en las “redes sociales”. A partir de ahí se toma el pulso sobre quién ganó o perdió el debate, sin embargo, en este ejercicio se excluye a buena parte de la población.

Hay otros detalles, frívolos, como la decisión del Instituto Federal Electoral de colocar a cuadro a una voluptuosa edecán al principio del debate (¿en el IFE no hay decenas de asesores con estudios de posgrado que puedan advertir lo estúpido de esta decisión?), o los evidentes errores técnicos de producción en ambos debates, pero frente a todo esto, queda la frustración de la lenta, lentísima transición democrática en México.

Este artículo fue publicado el día 7 de mayo de 2012 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

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2 comentarios

Archivado bajo Democracia y comunicación, Diálogo Público, Discurso y poder, IFE, Medios de comunicación masiva, Sistema de comunicación política en México, Televisión

2 Respuestas a “Los debates electorales en México

  1. De acuerdo con el argumento general sobre la lenta evolución de la democracia mexicana. Agregaría que las democracias avanzadas han adaptado eficientemente las tecnologías sociales como elemento de inclusión de la ciudadanía a sus procesos políticos – el caso emblemático es el de Estados Unidos. En México, por el contrario, las tecnologías sociales han dado lugar a un espacio en el que se puede observar el vacío entre los políticos y la ciudadanía. No es que este divorcio sea una novedad. El valor está en el hecho de que el diferencial entre políticos y ciudadanía deja un registro de la memoria colectiva que sirve como material para significar una ciudadanía social y cultural que abre grietas en la lógica obsoleta de la ciudadanía política, construida por el estado nacional. Así pues, las redes sociales se convierten en algo más que un apéndice.

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