Democratizar los sistemas de comunicación

Por Juan S. Larrosa-Fuentes

Democratizar los medios. Esta frase ha acaparado las discusiones de muchos ciudadanos en este periodo electoral y es la consigna embrionaria del movimiento #YoSoy132. Esta idea es un buen comienzo para pensar en torno a la democracia y a la comunicación, pero le hace falta precisión, matices, información.

Me parece que una mejor forma de plantear el tema es el de democratizar el sistema de comunicación. En todo caso se tendrían que democratizar algunos medios de comunicación, específicamente aquellos que están financiados con recursos públicos. Está el caso, por ejemplo, del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión, que no hace falta hacer un análisis de contenido riguroso y con técnicas científicas para saber que está al servicio del gobierno del estado. Un medio como este sí se podría democratizar a través de un consejo ciudadano que vigile el funcionamiento de estas estaciones de radio y televisión. Lo mismo tendría que hacerse en Radio Universidad y Canal 44, medios que también operan con recursos públicos. También tendría que hacerse lo propio con el Canal 22 u Once TV.

En el caso de las empresas privadas la discusión es otra. En una democracia resultaría una contradicción la solicitud de democratizar Televisa o Televisión Azteca. No podríamos someter a votación el tipo de contenidos que transmiten, tampoco la línea editorial que manejan, pues sería un claro atentado en contra de la libertad de expresión. Un Estado que controla los contenidos y líneas editoriales de las empresas privadas de comunicación, es un Estado autoritario. Las televisoras podrían democratizar sus contenidos por iniciativa propia, pero sabemos que no lo harán. No necesitan hacerlo porque son fuente única y no tienen que competir con nadie. Está demostrado que en mercados en los que hay tan pocos jugadores, éstos tienden a coludirse en lugar de competir.

Es claro, entonces, que el tema no está en decirle a los medios, desde una imposición autoritaria, cómo es que deben operar. El tema de la democracia y la comunicación debe discutirse desde una perspectiva de derechos de los ciudadanos, del derecho a saber y, en general, del derecho a la información. ¿Y quién es el encargado de tutelar los derechos de los ciudadanos?: el Estado y no Televisa y Televisión Azteca.

En el escenario actual, el sistema de comunicación opera a partir de los intereses de un puñado de empresas privadas. En las industrias de televisión y telefonía estos rasgos se acentúan dramáticamente. Pero lo mismo ocurre, aunque en menor medida, en la prensa, en la radio y ahora en toda la industria de las telecomunicaciones. Estas empresas operan bajo estructuras jurídicas anacrónicas y en otros casos inexistentes y negocian ante poderes y gobiernos sumisos, que buscan generarles un terreno a modo para que puedan seguir operando como hasta ahora lo han hecho. Este modelo estructural de relaciones entre medios y poder, devino, aunque a muchos no les guste decirlo, del régimen revolucionario, aquel que decidió encomendarle a unas cuantas familias el desarrollo de la radiodifusión en México. Familias muy agradecidas y leales con el régimen. Familias que luego de ver cómo se resquebrajaba la institución presidencial, no dudaron en colocarse por encima de ella.

La democratización del sistema de comunicación requiere de reglas claras y que tutelen los derechos de los ciudadanos, no que administren el orden de cosas actual. La propuesta es que a través de una sola ley se regule la radio, la televisión y las telecomunicaciones. Esta ley, entre otras cosas, debería de privilegiar lo siguiente:

Desconcentrar para favorecer el pluralismo. Un sistema de comunicación democrático no puede definirse exclusivamente por criterios económicos, pues su desarrollo tiene serias implicaciones para la vida pública de una comunidad, de ahí que, además de garantizar una libre competencia, el Estado debe generar las condiciones para que existan muchas voces, nodos, actores, jugadores, que puedan participar en igualdad de circunstancias. El poder de Televisa radica en que es la única entidad que tiene una red de comunicación capaz de llegar a 97% de los ciudadanos mexicanos, nadie más puede hacerlo. La desconcentración implicaría que más empresas, públicas y privadas, tuvieran la posibilidad de hacerlo.

Descentralizar para favorecer la diversidad. Las empresas de comunicación en México no nada más son poderosas por su condición monopólica en un mercado de distribución de contenidos. También son poderosas porque son ellas mismas las que producen la mayoría de los contenidos. Aunque en México estas dos actividades parecieran ser una, porque históricamente quien produce, distribuye, en realidad son dos procesos distintos. La producción de comunicación tampoco debe estar monopolizada y se deben generar políticas de Estado que incentiven una producción diversa y que activen industrias culturales de producción de contenidos para televisión o cine, de contenidos periodísticos en línea o el desarrollo de software. México será recordado por exportar a Sudamérica “El Chavo del Ocho” a finales del siglo XX. La descentralización de la producción de contenidos tendría que desarrollar una industria mucho más generosa, una lejana a la reproducción de chilindrinas o señores botija.

Entonces: democratizar el sistema de medios es descentralizar, desconcentrar; democratizar el sistema de medios es generar equidad en la producción y distribución de contenidos. El resto, como bien dicen, lo tendrá que juzgar el ciudadano. Si los ciudadanos mexicanos tuvieran un sistema de medios democrático, tendrían la posibilidad de decidir qué es lo que van a ver en la televisión. En un sistema de medios de estas características, si Televisa decide apoyar la candidatura de un político como Peña Nieto y en su trabajo cotidiano tergiversa y miente, los ciudadanos podrían castigar el desempeño de la televisora sintonizando otro canal. El tema es que hoy, el otro canal, es Televisión Azteca.

Todo esto viene a cuento por las descalificaciones que abundan sobre la idea de “democratizar los medios” que el movimiento #YoSoy132 ha puesto sobre la mesa. Muchos se burlan de ellos porque no han sido precisos en sus demandas y los ven, incluso, como un sector antidemocrático que busca limitar la libertad de expresión a través de un Estado autoritario. Desde mi lectura del movimiento, esto es falso. El repudio a Televisa es una intuición válida, que necesita, como señalé al principio del texto, precisión, matices, información. Afortunadamente este es un tema ampliamente trabajado en nuestro país, pues hay múltiples estudios científicos que documentan el desarrollo de estas industrias culturales y concluyen, sin lugar a dudas, que es un sistema que no respeta la libertad de competencia, tampoco la libertad de expresión y que poco alienta al desarrollo de una esfera pública robusta. Sin embargo, estas ideas no se han traducido en un nuevo orden de cosas. #YoSoy132 podría convertirse en el impulso ciudadano que se requiere para democratizar el sistema de comunicación.

Este artículo fue publicado el día 18 de junio de 2012 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

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Archivado bajo Calidad de los medios de comunicación, Democracia y comunicación, Derecho a la información, Diálogo Público, Economía política de la comunicación y la cultura, Industrias culturales, Libertad de expresión, Lucha por las telecomunicaciones en México, Medios de comunicación masiva, Monopolios y medios de comunicación, Movimiento #YoSoy132, Movimientos sociales y comunicación, Prensa, Sistema de comunicación política en México, Slim versus Azcárraga, Televisa versus Carso, Televisión

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