El montaje televisivo de Florence Cassez, o las relaciones entre la televisión y el poder II

Por Juan S. Larrosa-Fuentes

El 25 de marzo de 2012, es decir, hace casi un año, escribí para este espacio, el artículo “El montaje televisivo de Florence Cassez, o las relaciones entre la televisión y el poder”. En aquellos días la Suprema Corte de Justicia de la Nación discutía acerca del caso de la francesa y el tema estaba en los primeros lugares de la agenda mediática, tal como ocurrió en estos días. En el artículo argumenté la importancia de no perder de vista que el caso Cassez se desvirtuó, de origen, por la violación de los derechos humanos de una detenida, pero particularmente por un montaje televisivo que sirvió como base para construir una investigación en torno a un secuestro. Luego de revisar una buena cantidad de textos, lejos estoy de saber si esta mujer es o no culpable de lo que se le acusa y me parece que el caso, es prueba irrefutable del desastre en el que se encuentra el sistema de justicia mexicano; de lo nocivo que resultó parte de la estrategia de comunicación del gobierno encabezado por Felipe Calderón; pero particularmente prueba, una vez más, el poder político y cultural de la televisión.

Respecto de la fatalidad de nuestro sistema de justicia, abundaré poco, pues diversos especialistas como Miguel Carbonell o Guillermo Zepeda Lecuona, han profundizado en este tema con la seriedad que amerita. También es recomendable ver los documentales Presunto Culpable (2012) o El Túnel (2006), en los que se retrata este sistema de justicia infernal. Sobre el caso Cassez baste decir que tenemos policías y ministerios públicos tan corruptos e incompetentes, que muchos de ellos no son capaces de recolectar las pruebas necesarias que un juez requiere para procesar a un presunto criminal. Y cuando son incapaces de hacer este trabajo, utilizan estrategias muy conocidas para simular pruebas: testimonios recolectados a partir de tortura, expedición de documentos apócrifos, selección de culpables al azar o, por qué no, un montaje televisivo en el que se observe a un grupo de policías que rescatan a víctimas de un secuestro. El caso también evidencia un sistema judicial en el que los jueces lejos están de hacer su trabajo, desde una perspectiva garantista de derechos humanos.

 

Por otra parte, vale la pena pensar el caso Cassez en el contexto de la política de comunicación de la administración federal que recién concluyó en diciembre pasado. La importancia que los gobiernos panistas le otorgaron a la comunicación es muy evidente y se puede observar en la cantidad de recursos, humanos y económicos, que dedicaron a la construcción de oficinas de comunicación social, al gasto en campañas de publicidad o en las relaciones que mantuvieron con los empresarios del sector audiovisual y de las telecomunicaciones. En particular, para Felipe Calderón fue muy importante comunicar que encabezó un gobierno que trabajó exitosamente en restaurar la seguridad pública de México. El grave problema fue que diseñó una estrategia de comunicación de algo que no se correspondía con la realidad. Él y su equipo buscaron simular que estaban trabajando exitosamente y para ello decidieron hacer montajes para la televisión, como fue el caso Cassez, aunque no fue el único, vale recordar que ocurrió lo mismo cuando liberaron al entrenador de futbol Rubén Omar Romano. Además inundaron la radio y la televisión de anuncios en los que presumían la captura de tal o cual capo; gastaron más de cien millones de pesos en la producción de “El Equipo”, una serie de televisión en donde los protagonistas era un grupo de Policías Federales profesionales y nada corruptos; y el Presidente apareció, cándidamente, como conductor de un programa de viajes, “The Royal Tour”, en donde presentaba a México como un destino turístico seguro y placentero. Mientras tanto, distintas partes del territorio nacional se volvieron ingobernables, debido al crecimiento del crimen organizado. La simulación, a través de distintas redes de comunicación, fue privilegiada entre todo lo demás. La lógica indicaría que primero se actúa y luego se comunica; en México ocurrió lo contrario: se comunicó para simular la actuación.

Y en el caso Cassez, además de sistemas de justicia inoperantes y de funcionarios públicos que prefieren la simulación frente a la performatividad, también falta mencionar la responsabilidad que tuvo la televisión. Durante el fin de semana que acaba de terminar, volví a ver Wag the dog (1997), una película de Barry Levinson e interpretada, entre otros actores, por Robert De Niro y Dustin Hoffman. El argumento central de la película es que en Estados Unidos están a quince días de las elecciones y el presidente en turno, que busca la reelección, es acusado de acoso sexual por una niña. Los asesores del presidente buscan desesperadamente crear una serie de distractores o cortinas de humo, que logren que los electores olviden el tema del acoso sexual y voten una vez más por el presidente. Para lograr tal hazaña, contratan a un productor de Hollywood e inventan una serie de noticias faslas, las cuales logran desvanecer el tema del acoso sexual. Entre otras cosas inventan una guerra en contra de Albania y logran que las audiencias crean en la mentira, a través de una cuidada simulación televisiva.

 

Al igual que en Wag the dog, el caso Cassez vuelve a ser una prueba empírica del poder que ejerce la televisión en nuestro país. El secuestro es un crimen bastante común en México, sin embargo, son muy pocos los casos que merecen la publicidad que recibió Cassez. El caso de la francesa fue relevante porque fue producido para la televisión, fue dotado de todas las características que hacen interesante un relato audiovisual contemporáneo: fue en vivo y con un alto contenido de drama. En la narración, no queda lugar a dudas de quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Al ver tales imágenes no se necesitan pruebas ni jueces para saber que ella es culpable y que ellos, los policías, en el cumplimiento de su deber, son los buenos. Y este montaje fue transmitido por las pantallas de Televisa, la red de comunicación más poderosa del país, pues tiene un potencial de penetración a más de 90% de las casas mexicanas.

Aunque hace unos días Loret de Mola se haya disculpado ante su audiencia, señalando que la transmisión que realizaron hace siete años es falsa, el efecto es irreversible: el caso Cassez está instalado en la mente de la mayoría de los mexicanos a partir del tristemente célebre montaje. Esto se puede corroborar a través de la reciente encuesta que publicó Grupo Reforma (24 de enero de 2013), en donde se dice que 73% de los mexicanos cree que Florence es culpable, o de otro ejercicio demoscópico patrocinado hace un año, en el que 65% de los mexicanos daba por culpable a la francesa (Milenio, 20 de marzo de 2012). Esta inclinación por creer sobre la culpabilidad de la francesa está basada en una narración televisiva y no en un proceso judicial público, abierto, transparente.

Este artículo fue publicado el 28 de enero de 2013 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

La primera parte de este artículo, la puedes encontrar en “El montaje televisivo de Florence Cassez, o las relaciones entre la televisión y el poder“.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “El montaje televisivo de Florence Cassez, o las relaciones entre la televisión y el poder II

  1. Miguel Cuéllar Quezada

    Excelente documento Juan, saludos.

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