Netflix, o los cambios de la televisión y las nuevas pantallas

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (23 de septiembre de 2013)

Las posibilidades que genera Internet están cambiando algunas de las características de la cultura contemporánea, moldeada, durante muchos años, por la televisión. La producción y el consumo de contenidos audiovisuales está dando un giro increíble, cuando la televisión se piensa desde Internet. Uno de los casos más emblemáticos es el de Netflix, que poco a poco se ha convertido en un serio competidor de la televisión por cable, satelital y de los viejos locales en donde aún se pueden rentar películas.

En los años cincuenta del siglo XX la televisión explotó comercialmente en el mundo occidental. Durante los primeros años, el negocio de la televisión estuvo centrado en vender los aparatos televisivos y poco a poco se fue descubriendo el alto potencial de transmisión comercial de este medio de comunicación. Los aparatos eran caros y durante muchos años las familias tenían un solo televisor en casa. Según los trabajos de la historia de la televisión en Guadalajara del investigador Francisco Aceves, un aparato de televisión Silverston de 17 pulgadas en 1960 costaba 212 días de salario mínimo. Por lo general, el televisor estaba instalado en la sala y el aparato se convertía en un pretexto para la reunión familiar. Recuerden, por ejemplo, las escenas de la serie de Los años maravillosos, o cualquier otra que retrate el segundo tercio del siglo XX, en donde las familias, particularmente estadounidenses, hacían del consumo televisivo una tema de reunión familiar. Eran tiempos de la cultura de masas y las televisoras tenían algunos programas de noticias, algunos de entretenimiento y algunos de deporte. Las masas veían un limitado número de programas. En México basta recordar “24 horas”, un noticiario que parecía más la oficina de comunicación del Gobierno Federal o “Siempre en domingo”, la fábrica de “talento” de Televisa.

Al paso de las décadas, el costo de los aparatos disminuyó y las industrias culturales comenzaron a globalizarse. A partir de los ochenta y de los noventa la televisión se adentró aún más en la vida privada de las familias y llegó a las cocinas, a los estudios, a las alcobas y hasta a los baños. En una familia adinerada, cada miembro podía tener una pantalla en su cuarto. Por otra parte, la industria cinematográfica y de televisión comenzó a estructurarse transnacionalmente y ya no exclusivamente en Estados Unidos. Estos dos fenómenos, entre otras cosas, hicieron que la programación televisiva cambiara. Se produjeron películas para todo tipo de gustos, canales de noticias, de espectáculos, de series. En México las telenovelas se dirigieron a “nichos de mercado” y aparecieron producciones para niños, para jovencitas, para las abuelas, o para hombres. Aunque sigue sin haber una gran pluralidad, las pantallas mexicanas albergaron a otros comunicadores y programas de noticias y dejaron atrás a Zabludovsky. La televisión dio un paso más en su calidad de vehículo portador de los avances del capitalismo.

Con la llegada de Internet, la televisión, la pantalla como ahora le nombran, está volviendo a cambiar. De las alcobas, las pantallas han saltado a un estado de ubicuidad. Con dispositivos móviles como laptops, teléfonos inteligentes o tabletas, cualquier individuo puede ver la televisión en todo lugar en donde pueda tener una conexión a la red. Los consumidores prenden su dispositivo móvil y pueden ver en tiempo real o descargar, los contenidos audiovisuales de su preferencia.

Estos nuevos movimientos tecnológicos y culturales traerán interesantes cambios en el mundo de la comunicación. Desde un punto de vista económico, estamos viendo el nacimiento de empresas como Netflix y en el caso de América Latina del servicio Clarovideo, ofrecido por América Móvil, que poco a poco desplazarán a las compañías que ofrecen televisión por cable. Y si no las desplazan, sí lograrán que su modelo de negocios y su forma de operar, cambie radicalmente. Es difícil competir contra una empresa como Netflix que ofrece una suscripción mensual por ocho dólares, lo que actualmente representan para esta compañía 30 millones de usuarios en distintas partes del mundo y la transmisión de cuatro mil millones de horas tan solo en los cuatro primeros meses de 2013.

Esta nueva forma de producción, circulación y consumo hará que las series o telenovelas, como hasta ahora las conocemos, poco a poco irán perdiendo sentido. Ya no habrá que llegar a la casa a determinada hora para ver el más reciente capítulo del tal o cual serie o telenovela, pues el consumidor podrá descargarla a la hora y en el lugar que le plazca. Netflix, que también ha incursionado en el ámbito de la producción, por ejemplo con la serie House of cards, planea subir sus próximas series en una sola entrega, para que el espectador decida cuándo y en qué momento quiere ver cada uno de los capítulos de la serie. Esto, a mediano plazo, probablemente traerá cambios sustanciales en la producción de las series o de las películas, pues ya no tendrán que estar diseñadas para durar cuarenta minutos y que a su vez, su estructura esté construida en trozos que permitan la inclusión de piezas comerciales.

La transformación más interesante se aloja en la medición de las audiencias y el consumo cultural. Hasta ahora, quienes miden el rating de la radio, la televisión o la lectoría de la prensa, hacen trabajos de investigación con los que pueden saber las generalidades del consumo mediático de las personas. Decir que tal programa tiene diez puntos de rating, realmente es una aproximación inexacta de cuántas personas vieron el programa y en qué contexto. Con los medios digitales el consumo se puede medir con mucha mayor exactitud. Se puede saber qué se consume, cuándo, dónde, durante cuánto tiempo, en qué aparato y más. Si estos datos se coleccionan y se estudian, se pueden encontrar patrones de consumo. Este trabajo es lo que está llevando a la creación de lo que se conoce como la web 3.0, una red inteligente que es capaz de predecir qué es lo que el usuario quiere hacer o conocer. Estos servicios todavía son imprecisos, pero van avanzando. Netflix tiene a ochenta ingenieros procesando esta información para crear algoritmos sobre el consumo de cada uno de sus usuarios. La lógica de Netflix es que si logran recomendar películas y series que sus usuarios son proclives a ver, entonces podrán retenerlos comercialmente durante más tiempo.

¿Cuál será el colofón de todos estos cambios? Imposible de saber. Lo que sí podemos decir es que aquellos que predijeron la muerte de la televisión estaban equivocados. Lo que sí sabemos es que aquella televisión de la cultura de masas, ya no existe más.

Este artículo fue publicado el 23 de septiembre de 2013 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

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7 comentarios

Archivado bajo Economía política de la comunicación y la cultura, Industrias culturales, Medios de comunicación digitales, Medios de comunicación masiva, Televisión, Televisión digital

7 Respuestas a “Netflix, o los cambios de la televisión y las nuevas pantallas

  1. Gracias, Iván, el artículo me resultó muy interesante. Un abrazo!

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  2. Interesante Juan, gracias. Veremos que depara el futuro de la WEB 3.0, y si al rato no será más inteligente que quien la creó. JA.

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  3. Bernardo Masini

    ¡No había caído en cuenta de los efectos que tendrá la web para ganar precisión en la medición de ratings!

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