The Makeover: televisión, audiencias y poder

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (12 de mayo de 2013)

Uno de los géneros televisivos que más desarrollo ha tenido en las últimas décadas ha sido el del reality show o telerrealidad, como se le ha traducido, horrorosamente, al español. Este no es un género televisivo nuevo, pues se pueden encontrar ejemplos de reality shows desde la década de los cincuenta. La característica general del género, como su nombre lo indica, es que son programas de televisión que narran historias en las que participan personas reales y que en algunas ocasiones son grabadas en espacios reales, es decir, fuera de un estudio televisivo. En México este género se volvió popular cuando Televisa produjo varias temporadas de “Big Brother”. Después de este programa, llegaron muchos otros más a las parrillas de programación de la televisión mexicana como “La Academia”, “La Voz México” o “Pequeños Gigantes”. Este género televisivo ha probado ser exitoso en distintos países del mundo, particularmente porque su producción no es tan costosa como por ejemplo, una serie, y porque engancha a grandes sectores de la audiencia que se interesan por estos programas. Por lo general, la crítica en contra de este género se ha enfocado a señalar la excesiva mercantilización del producto, el evidente engaño sobre qué es eso a lo que se llama realidad o real en el género, y por supuesto, el consumo acrítico de las audiencias. La síntesis de esta crítica puede observarse en la película The Truman Show, donde Jim Carrey interpreta a un hombre que literalmente nace en un reality show y que pasa su vida sin saber que todo lo que le rodea es parte de un gran estudio televisivo.

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Las características de los reality shows son las de productos culturales diametralmente opuestos a los de la alta cultura y por ello, poca atención se les ha prestado para estudiarlos críticamente y con detenimiento. En un esfuerzo por conocer este tipo de televisión, Katherine Sender, una investigadora centrada en estudios de medios, feminismo y género, escribió un libro en el que expone los resultados de una larga investigación sobre los reality shows. El trabajo de Sender se concentró en un subgénero de este tipo de televisión, al cual han llamado makeover, y que hasta ahora no tiene una traducción oficial al español. El libro titulado The Makover, Reality Television and Reflexive Audiences, contiene una interesante y a veces desconcertante observación sobre la producción y el consumo de este tipo de programas entre audiencias estadounidenses. Lo atractivo de este trabajo es que su autora no restringió sus observaciones a los programas en sí mismos, sino que a través de encuestas, entrevistas y observaciones etnográficas, buscó conocer qué ocurría en los procesos de consumo de este tipo de televisión.

The Makeover [Foto tomada del sitio Amazon.com]

The Makeover [Foto tomada del sitio Amazon.com]

Sender, K. (2012). The makeover. Reality television and reflexive audiences. New York: New York University Press.

La trama de los makeovers es muy sencilla, pues básicamente trata de exhibir cómo es que una persona vive una transformación corporal o emocional durante un programa de televisión. La investigación de Sender está basada en cuatro programas distintos: “The Bigest Looser”, que podría ser traducido como “El gran perdedor”, y en donde la trama está basada en personas que buscan bajar de peso; “Queer Eye for Straigth Guy”, un programa en el que cinco hombres homosexuales dan clases de estética y buen gusto a hombres heterosexuales; “Starting over”, un espacio en el que se documentan cambios generales en la vida de los participantes; y “What Not to Wear”, en el que los participantes aprenden cómo vestirse a la moda. Todos estos programas son protagonizados por “personas de la vida real” y en muchas ocasiones transcurren en “locaciones reales”. Por supuesto, es evidente lo problemático que resulta utilizar el concepto de realidad en un producto comunicativo que ha sido producido, editado y empaquetado por la industria televisiva. Sin embargo, estos programas han probado ser muy exitosos en Estados Unidos, particularmente porque son muy baratos de producir (lo real ahí esta, listo para filmarse o grabarse), porque son productos audiovisuales plagados de comerciales, y porque se convirtieron en una solución a la pulverización de los mercados de masas y a la exigencia de productos dirigidos a nichos de mercado muy específicos.

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El libro de Sender es complejo, porque sus resultados son ambivalentes. Las encuestas y entrevistas que realizó dejaron ver que estos programas generan procesos educativos y terapéuticos entre la población. A lo largo de los programas las audiencias se involucran con los personajes y observan sus transformaciones físicas y emocionales, las cuales son dirigidas por “expertos” en moda, salud, o cultura. Son programas que instruyen y educan a las personas sobre cómo deben cuidar su salud, cómo deben vestirse, o cómo superar traumas psicológicos. El descubrimiento de Sender es que muchas de las personas que ven estos programas están conscientes de la trampa epistemológica que encarna el concepto de telerrealidad y también lo están sobre la excesiva comercialización de estos programas. Sin embargo, al mismo tiempo, estos programas sirvieron para que las personas reflexionaran sobre sus propios problemas. Este giro es importante, pues la autora describe a una audiencia que no recibe acríticamente los contenidos de la televisión y que, en algunos momentos, negocia la apropiación de los contenidos que toma de los medios de comunicación.

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Las reflexiones de Sender bien pueden ser criticadas porque su idea que celebra a las audiencias críticas y reflexivas está en el extremo opuesto del argumento que explica que las audiencias de la televisión son estúpidas y fácilmente manipulables. Sin embargo, Sender contextualiza críticamente sus reflexiones y apunta dos cuestiones muy importantes. La primera es que estos procesos de consumo televisivos ocurren en Estados Unidos, una sociedad post industrial, regida por una ideología neoliberal en la que muchas funciones que antes cubrían instituciones como el estado, la iglesia, la escuela o la familia, ahora han sido delegadas al mercado. Si en la era industrial los procesos de control y de gobernabilidad provenían básicamente del estado, en el mundo post industrial provienen del mercado. En otras palabras, la televisión está haciendo parte del trabajo que antes recaía en las instituciones modernas. Esto es trágico, pues si eres un ciudadano pobre y no tienes para pagar una terapia, la opción es que le prendas a la televisión para encontrar una respuesta. Por otro lado, Sender observa que el empoderamiento de las audiencias se da a través del consumo. En estos programas, las personas aprenden a combinar bien su ropa o a elegir la prenda adecuada para ir al trabajo, pero también aprenden dónde las deben comprar y cómo ahorrar para adquirirlas.

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Sería un error extrapolar el caso de los makeovers y las audiencias estadounidenses al contexto mexicano. Sin embargo, la lectura de este libro abre la pregunta, sobre qué es lo que está pasando con el consumo televisivo en México. Es importante saber qué está pasando con las audiencias luego de más de cincuenta años de consumir productos provenientes de Televisa y recientemente de Televisión Azteca.

Este artículo fue publicado el 12 de mayo de 2014 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

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1 comentario

Archivado bajo Cultura y comunicación, Economía política de la comunicación y la cultura, Industrias culturales, Medios de comunicación masiva, Neoliberalismo, Televisión

Una respuesta a “The Makeover: televisión, audiencias y poder

  1. Para cierta parte de la población en México, la televisión (y otras pantallas) se ha convertido en un recurso para su, digamos “bienestar” emocional, cultural y de salud…como bien lo menciona el articulo: En la televisión encontraras la respuesta.

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