#PUTO. El Mundial de futbol, ese gran espejo cultural

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (23 de junio de 2014)

Aunque a estas alturas la discusión puede resultar repetitiva y saturada, el caso PUTO sigue dando de qué hablar. La polémica se desató cuando la FIFA informó sobre el inicio de una investigación por actos de discriminación durante los partidos de México. El blanco de la investigación fue el famoso grito de ¡PUUUUTO!, que precede o que se sincroniza con los despejes de los porteros en un partido de futbol y que tuvo su origen en Guadalajara. Las discusiones al respecto, especialmente en Internet, han sido intensas. André Dorcé, investigador sobre temas socioculturales, sintetizó claramente dos posturas al respecto. La primera es la que defiende la libertad de expresión y que argumenta que el uso del término es contextual y polisémico, es decir, que su significado varía cada vez que se usa dependiendo de quiénes emiten el mensaje y en dónde lo emiten. Además, esta postura tiende a señalar que este uso de PUTO es parte de la cultura mexicana y que nada tiene que ver con una práctica homofóbica o discriminatoria. La segunda postura indica que el uso de PUTO sí es problemático, al menos parcialmente, pues la palabra tiene una historia en la que el uso de sus definiciones dominantes han estado estrechamente relacionadas con prácticas discursivas homofóbicas. Los usos dominante del término se entienden por doble vía. Son dominantes por la alta frecuencia con la que el término PUTO se utilizado históricamente para denigrar a la comunidad homosexual. Pero especialmente son dominantes porque este uso peyorativo de PUTO ha sido utilizado por los grupos que concentran mayor poder en la sociedad. Suscribo completamente la segunda postura.

Lo que más llama mi atención de las discusiones ha sido la reacción que colectivamente hemos tenido para la defensa del grito de PUTO. El Mundial de futbol es un fenómeno complejo, en el que paradójicamente se construyen las identidades nacionales de un mundo en el que los nacionalismos se observan como rancias ideologías del siglo XX. Este torneo opera como una pantalla global de televisión en donde día a día se refrendan o modifican las identidades, a veces artificiales, de las naciones que participan en los juegos de futbol. Días atrás, Diego Petersen escribió una taxonomía de cómo es que los mexicanos somos dibujados a través de las transmisiones televisivas del mundial: el sombrerudo mexicano, el Chapulín Colorado, la China Poblana, el luchador enmascarado o el guerrero Azteca. El caso de PUTO es parte de esta compleja construcción de lo mexicano, pero va más allá. No nada representa cómo nos ven en la televisión y cómo los mexicanos nos vemos a través de la pantalla. El caso de PUTO es doloroso porque implica que alguien externo juzgue negativamente una práctica cultural mexicana.

Hay muchos tipos de respuesta ante las críticas por el uso de PUTO. Por ejemplo, está quien dice que el grito de PUTO, aunque pueda ser homofóbico, es completamente inofensivo, pues no pasa de un simple juego verbal y que el veredero problema de la discriminación está, en todo caso, en los países que tienen aficionados racistas, como por ejemplo en España, “esos del Real Madrid, por dios, que salen a las tribunas con banderas y suásticas”. También está el caso de quien defiende la cultura y el folklore mexicano y señalan que la gente de otras partes del mundo no entienden cómo nos llevamos en México, “cuando decimos PUTO la usamos para muchas cosas, es más, a veces hasta la decimos con cariño”. Algo así como, “mijo, no chille, si se lleva, aguante vara”. Otra reacción es la del niño regañado, quien, luego de agarrarse a golpes, es reprimido por su maestra. ¿A mí por qué me regañas si él hizo algo peor?“Ah, esos de la FIFA tan doble cara e hipócritas que realizarán el próximo mundial en la Rusia homofóbica. Putos ellos, los de la FIFA”. En el siguiente video se condensan muchas de estas posturas:

Estas respuestas y reacciones demuestran que el caso toca algunas de las fibras más sensibles de nuestra cultura. Los señalamientos de que el grito PUTO es una práctica cultural que discrimina resultan hirientes a nuestro orgullo nacional, que también se indignó cuando el actor estadounidense, Matthew McConaughey, “bromeando”, dijo que para bajar de peso solo hacía falta ir a México y tomar agua de la llave. El episodio PUTO abrió, una vez más, una discusión incómoda para los mexicanos, pero que a veces nos negamos a dar. Que quede claro: somos una cultura, al igual que muchas otras, en donde prevalece una sociedad clasista, sexista y heternornativa. El caso PUTO adquirió gran visibilidad porque se difundió en un sistema global de comunicación, pero estas prácticas ocurren frecuentemente. Hace apenas unas semanas atrás, la empresa MVS Radio publicó en Guadalajara una campaña publicitaria en donde se hacían bromas “cariñosas” hacia las mujeres. Varias organizaciones civiles se pronunciaron en contra de la campaña y las reacciones de muchas personas fueron muy similares al caso PUTO: “caray, no se lo tomen tan en serio, dijeron, es solo una ‘bromita’ que no busca hacer daño, hay otras cosas más importantes en qué pensar”.

Cartel en el que se convocó a una manifestación en contra de la campaña de MVS Radio.

Cartel en el que se convocó a una manifestación en contra de la campaña de MVS Radio.

Estas reflexiones no parten de la idea de que todos los que gritan PUTO en un estadio están pensando en que los porteros son homosexuales y que están ideando un plan para matarlos en el vestidor. Tampoco surgen con la premisa de que esto solamente puede ocurrir en el futbol, un deporte que idiotiza y aliena a las masas. Estas reflexiones tampoco proponen prohibir la palabra, o crear un lenguaje políticamente correcto que nos lleve a plantear que se instale un teleprompter masivo en los estadios que indique a la gente qué puede gritar y qué no. El tema está en señalar una de las operaciones más importantes en la disputa por el control de la hegemonía y que ocurre a través del discurso, especialmente en la cultura popular. Esta operación es la de naturalizar ciertos términos e ideas. La naturalización implica eliminar la historia que estas palabras han tenido. En el caso que nos ocupa es innegable que PUTO es una palabra que históricamente ha estado ligada a un discurso de odio en contra de los homosexuales. Una operación similar ocurre con palabras como negro o indio. PUTO discrimina por preferencia sexual, negro por raza, indio por origen. Todas estas formas de discriminación, son arbitrarias y absurdas.

Por otro lado, coincido en que el contexto en el que se grita PUTO sí importa, como lo señalan quienes defienden su uso. Pero importa porque hay una defensa del uso discrecional del término. A veces lo decimos con cariño, otras en tono bromista, en otras para herir. El uso discrecional del lenguaje no borra su uso histórico relacionado con la homofobia, por el contrario, en algunos casos lo alienta, en otros lo niega, lo oculta o lo difumina a través de otros usos de la palabra. Y ahí es donde está el peligro, porque quienes defienden el uso de PUTO en los estadios, saben que PUTO también es una palabra que puede herir en otros contextos. Álvaro Enrigue y Juan Pedro Delgado, en sendos artículos, ofrecen evidencias para entender esta defensa discrecional del término. ¿Qué pasa si se utiliza la expresión PUTO en un partido de futbol entre niños? ¿Qué sentirías si tu vecino, padre de un jugador del equipo contrario, le grita puto a tu hijo el portero? Pero todavía se puede ir más allá. Esta misma palabra, tan hilarante y juguetona a veces, ha sido la última palabra que han escuchado muchos hombres antes de ser molidos a palos o de ser asesinados.

El caso PUTO nos hiere porque nos recuerda un tema doloroso para los mexicanos: en medio de nuestra cultura amable y festiva, somos una comunidad donde discriminación es una práctica cotidiana.

Es difícil ver la discriminación en la utilización de esta palabra, porque vemos el mundo a través de las gafas de la discriminación, gafas que son completamente artificiales. Es una de las tantas formas en la que hemos sido educados para ver. La tarea está, entonces, en la deconstrucción de estas miradas.

Este artículo fue publicado el 23 de junio de 2014 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

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Archivado bajo América Latina y Comunicación, Cultura y comunicación, Derecho a la información, Discurso y poder, Futbol, Libertad de expresión, Medios de comunicación masiva, Megaeventos deportivos, Televisión

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