La mano invisible del mercado y su ataque a la comunicación cultural y científica

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (15 de septiembre de 2014)

La reciente polémica que se desató en torno del Fondo de Cultura Económica, a propósito de su ochenta aniversario y de los usos políticos que la administración de Peña Nieto le ha dado, colocó distintos temas que poco a poco se han ido desarrollando públicamente. Uno de ellos es la discusión sobre los modelos de financiamiento ideales para el sector cultural, que bien pueden ser públicos o privados. Para una buena parte de los políticos y comentaristas mexicanos, la mano invisible del mercado debe regular la vida económica de la humanidad, incluida la actividad del mundo cultural. Aunque hay muchos ejemplos que contradicen la teoría de la mano invisible, quienes defienden la ideología neoliberal, como es el caso de Leo Zuckerman, insisten que el mercado es capaz de desarrollar una suerte de inteligencia, la cual le permite regular armónicamente los sistemas económicos. Algo así tuvo en mente Leo Zuckerman cuando aseguró que México no requiere del Fondo de Cultura Económica. Según Zuckerman vivimos en una época en donde técnicamente todos podemos publicar libros en Internet; también, según él, es una época en donde la inteligencia colectiva del mercado puede decidir qué libros deben circular y cuáles no, ya que sobrevivirán aquellos que sean masivamente consumidos y perecerán en el olvido aquellos que nadie compre. Los argumentos de Zuckerman han sido combatidos inteligentemente en distintas columnas periodísticas. Sin embargo, hay otros ejemplos que contradicen la perspectiva neoliberal y que están relacionados con la comunicación, uno de ellos está en el caso del sistema de comunicación y difusión científica.

La comunicación es esencial para el desarrollo de la ciencia. Si el trabajo científico tuviera que partir de un conocimiento cero en cada investigación, simplemente sería imposible avanzar y los científicos estarían condenados, como Sísifo, a emprender, cada día, la difícil tarea de comprender al mundo sin ningún tipo de conocimiento precedente. Sin embargo, este mecanismo no opera así. Los científicos parten del conocimiento que otros científicos han construido en el pasado. Este conocimiento, en teoría, ha sido construido bajo un método similar—el científico—y, en teoría, está sustentado empíricamente, es decir, en pruebas que constatan la veracidad de estos conocimiento. De alguna manera, el trabajo científico se desarrolla a través de una gran máquina en donde distintos cerebros están interconectados. Esto no quiere decir que todos los científicos trabajen al mismo tiempo, que piensen igual o que trabajen en las mismas cosas. En todo caso esta máquina vale para entender que el conocimiento científico es una práctica histórica y social y no el emprendimiento de individuos aislados. Ahora bien, la comunicación entre todos estos cerebros ocurre, en la mayoría de las ocasiones a través de libros y revistas que contienen las teorías, metodologías y conclusiones a las que distintos científicos y científicas han llegado en el pasado. Este sistema de comunicación es un elemento básico para el desarrollo de nuevo conocimiento.

Este sistema comunicativo ha variado y se ha adaptado, de distintas maneras, a las reglas políticas que han dominado diversos momentos de la historia. Durante la Edad Media, por ejemplo, este sistema comunicativo estaba ubicado exclusivamente al interior de la Iglesia Católica. Era un sistema cerrado y restringido a pocas personas, como bien lo ilustra la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa. En tiempos neoliberales, este sistema comunicativo está transformándose, no sin resistencia. Como lo dicta la premisa básica de esta ideología, el sistema de comunicación científico debe ser financiado por capital privado, autosustentable y se le debe restringir al máximo la operación a través de recursos públicos. Las consecuencias están a la vista. El año pasado, el científico galardonado con un premio Nobel, Randy Schekman, escribió un artículo en el que criticó duramente las políticas editoriales y económicas de revistas como Nature, Science o Cell, algunas de las más importantes en el mundo científico. Según Schekman estas revistas afectan la calidad de sus contenidos en el momento que la venta de suscripciones se convierte en una de sus prioridades. Esto las ha llevado a que,

“al igual que los diseñadores de moda que crean bolsos o trajes de edición limitada, saben que la escasez hace que aumente la demanda, de modo que restringen artificialmente el número de artículos que aceptan”.

Por otro lado, el éxito científico de estas revistas se mide a través del número de veces que un artículo es citado en otros artículos. Esta medida, absurda y contradictoria dentro de una lógica de pensamiento científico, es la misma medida que dice que el mejor programa de televisión es el que más rating tiene, o que el libro que más vende, es el más aquilatado. A esto habría que agregar que en muchas de estas revistas hay que pagar una cuota para poder publicar y que, paradójicamente, el científico pierde los derechos sobre la obra una vez que su texto sale a la luz. Las reglas del sistema de comunicación científico en tiempos neoliberales están modificando los resultados y alcances del trabajo científico, pues en muchos casos la posibilidad de publicar un texto está determinada por factores económicos y políticos y no por la calidad o el mérito científico.

En su crítica al sistema de comunicación científico, Randy Schekman propone un camino a seguir: el de crear revistas científicas de libre acceso, en donde cualquier lector pueda estar en contacto con este conocimiento y en donde cualquier científico, por méritos propios de su trabajo, pueda publicar su trabajo. En sus argumentos en contra del Fondo de Cultura Económica (FCE), Leo Zuckerman escribió que vivimos en una época dorada en donde todos los que así lo deseen pueden publicar sus libros gracias a plataformas como Amazon y que los lectores pueden decidir, con su tarjeta de crédito, a qué textos favorecer y a cuáles no. Seguramente Zuckerman observaría con buenos ojos la propuesta de Schekman de crear revistas científicas de acceso libre, pues en la lógica del comentarista mexicano, el conocimiento científico puede crearse y publicarse espontáneamente en la red. Sin embargo, una revista científica de calidad y de acceso libre, al igual que un proyecto cultural como el FCE, requieren recursos económicos para su operación. Es decir, recursos que paguen el dominio de la página web y su diseño, recursos que paguen los honorarios de directivos y editores, científicos y escritores, entre otras cosas. ¿El mercado va a pagar por una editorial, científica o cultural, que no genera ganancias económicas? ¿El capital privado va a pagar por proyectos que “leen unos cuantos”? El dedo índice de la mano invisible del mercado responde a estas preguntas moviéndose, oscilante, de un lado a otro. Por ello es importante el financiamiento, con recursos públicos, de estos proyectos editoriales, de otra forma, no tendrán cabida en el mundo neoliberal.

Este artículo fue publicado el 15 de septiembre de 2014 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

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Archivado bajo Cultura y comunicación, Derecho a la información, Economía política de la comunicación y la cultura, Internet, Neoliberalismo

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