I. El examen y la alarma. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

Por Juan Larrosa (8 de junio de 2015)

La profesora explicaba las instrucciones para hacer el examen y yo, distraído, miraba a través de la ventana. Frente a mí estaba una ciudad nueva. Filadelfia. Respondan honestamente, nos explicó Nancy, el examen es para que ustedes identifiquen de qué manera pueden aprenden mejor. Me sentía como en la primaria. En semanas recientes habíamos estudiado que cada persona tiene facilidad para aprender a partir de imágenes, sonidos, o sensaciones corporales. Esto no quiere decir que quien tiene facilidad para entender las cosas a través del sonido, sea una bestia en el campo visual, o por el contrario, que quien destaca en lo visual, automáticamente sea un genio de la pintura o la arquitectura. Ese mismo día calificamos los exámenes. Sorpresivamente destaqué entre quienes aprenden mejor de forma auditiva. Luego de un intento frustrado por ser músico, el resultado de mi examen me desconcertó. Pasé largas tardes estudiando piano, guitarra y solfeo y por más empeño que puse, no pasé de reproducir los riffs de “Nothing Else Matters”. Además, detesto las conferencias, las clases magistrales o monólogos que se prolonguen por más de quince minutos, pues comienzo a pensar en otras cosas y a garabatear en mi libreta, a consultar Facebook y a mirar por la ventana. Por ello, luego de conocer el resultado pensé que el examen era un fiasco, que no tenía mucho sentido asumirme como una esponja auditiva. Entonces guardé mi examen en una carpeta y dejé de pensar en mis poderes súper auditivos.

Paradójicamente las primeras semanas en Filadelfia las recuerdo en cámara lenta, sin sonidos y con imágenes luminosas de las últimas semanas del verano. Los rascacielos del centro de la ciudad reflejaban un azul intenso y el agua del río Schuylkill se tornaba plateada en tardes soleadas y sin nubes. Eran muchas imágenes nuevas, pero pocos sonidos. Tan pocos, que casi no entendía lo que mis profesores y compañeros hablaban en las primeras sesiones de los seminarios doctorales. Yo era el protagonista de una película muda en donde mi cuerpo tenía por objetivo sobrevivir administrativamente en un mundo nuevo. Lo primero que hice fue inscribirme en la universidad y dejar copias altamente certificadas de que yo era yo y que realmente había estudiado algo previamente. No bastó con una copia: había que entregar las mismas credenciales en la oficina central, en el departamento de graduados y en el despacho del programa doctoral.

Edificios en el centro de la ciudad de Filadelfia

Edificios en el centro de la ciudad de Filadelfia

Después, enfundado en mi personaje de estudiante internacional, tuve que darme de alta en varios sistemas que pedían dirección postal y números de telefónicos, pero no teníamos ni casa ni teléfono. Así que Lupita y yo tuvimos que embarcamos en la aventura de conseguir departamento, servicios de Internet, luz y gas, así como líneas telefónicas fijas y móviles. Pero todos los papeles que llevaba en mi archivo no fueron suficientes para demostrar que nosotros éramos nosotros y que podíamos pagar por los servicios. No nos quedó de otra que pagar algo de plata para que confiaran en que éramos una buena familia y con recursos suficientes para sobrevivir en el mundo de los billes y los dólares. En esas semanas viví sumergido en la película muda. El objetivo era concluir con la faena del papeleo. Meses después entendería que las batallas administrativas son parte de una guerra eterna, como migrante y como académico.

Luego de tres semanas de intensas batallas administrativas, nos instalamos en un departamento ubicado en el número 1912 de la calle Green. La última vez que habíamos visto el departamento todavía conservaba el menaje de los antiguos inquilinos y el espacio se veía desordenado y lleno de pelos de gato. El día en que llegamos, el departamento estaba completamente vacío. Caminamos entre el minúsculo espacio que se construye entre una sala, una cocina y una alcoba. Los pisos de madera oscura estaban recién pulidos. Al salir a la terraza vimos las luces de los rascacielos de Filadelfia. Esa noche pude dormir y me percaté que tenía meses de no hacerlo así, a pierna suelta.

La película muda concluyó esa noche y mis oídos se destaparon. El cambio auditivo fue brutal. Lo primeros sonidos que llegaron fueron los de la mañana. Acostumbrado al trinar de los pájaros y a las hordas de niños que salían rumbo a la escuela en nuestro fraccionamiento en México, desperté escuchando a mis vecinos hablar en inglés. Me removí en la cama que habíamos improvisado en el suelo y escuché cómo el piso de madera crujía. Un sonido sordo, que a veces puede confundirse con un breve y discreto pedo. Me levanté y al abrir la puerta de la terraza, de golpe, entraron los sonidos de la ciudad. El camión recolector de basura estaba en plena operación. El motor de un taxi arrancaba para avanzar a la siguiente cuadra. Un camión de transporte público anunciaba su ruta a través de sus bocinas. Al fondo, apareció el sonido de un avión que volaba justo encima de donde varias grúas trabajaban incansablemente. Me alegró encontrarme con los nuevos sonidos, aunque no sabía lo que estaba por ocurrir.

Días antes una amiga nos había regalado algunos utensilios para comenzar la vida en el nuevo departamento. Un viejo sillón, una tostadora de pan, una sartén, platos y cubiertos. Aquel primer día Lupita y yo nos dispusimos a preparar el desayuno. El menú: huevos, tocino, pan tostado y café. Estábamos a punto de sentarnos a la mesa cuando una alarma comenzó a sonar. No era un pequeño pitido. Era una alarma hecha para asustar y para taladrar los oídos. Lupita me volteó a ver asustada, con sus ojos abiertos de par en par. ¡Puta madre! ¿Y ahora qué hacemos?, dije estúpidamente. Yo lo que quería era abrir una ventana y saltar al vacío. No quería presenciar la llegada de los bomberos y de la policía, tampoco al chorro de agua que saldría del camión para apagar las llamas de nuestro departamento, pero sobre todo, no quería explicar que solamente era el humo de un par de tiras de tocino friéndose en una sartén. Abrimos las ventanas. Atolondrados por el ruido comenzamos a soplar y a alejar el humo con trapos de cocina. Luego de largos minutos el humo se disolvió. La alarma se apagó. No llegaron los bomberos. Nadie se inmutó. Nos tomó varios meses saber que la alarma tiene un botón para desactivarse en casos como éste. El problema es que la alarma es un dispositivo que está a dos metros y medio del suelo, por lo que es necesario contar con una buena puntería para apagar el botón con la ayuda de un palo de escoba. Desde entonces, cuando en la cocina no queda de otra que trabajar en operaciones que generan humo, Lupita y yo estamos atentos, escoba y trapos en mano, para apagar la alarma en cuanto comienza a sonar.

El funcionamiento de las alarmas de las cocinas gringas, fue lo primero que aprendí con mis oídos en Filadelfia. Aquella noche, antes de dormir, saqué mi examen de su carpeta y lo volví a estudiar con mucha atención. El viaje auditivo había comenzado.

Residente filadelfino

Residente filadelfino

Este artículo fue publicado el 8 de junio de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. Esta fue la segunda parte de una serie de crónicas que llevan por título “Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial”.

A continuación los enlaces al resto de las crónicas:

I. El examen y la alarma. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
II. Las estrellas, el fuego y los sonidos de la construcción. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
III. Union Transfer, Mogwai y los sonidos de la calle. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
IV. ¿Una lengua post-racial o una multiculturalidad de hablantes? Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

V. Los sonidos de la construcción y de(con)strucción de Filadelfia. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

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12 comentarios

Archivado bajo Cultura y comunicación

12 Respuestas a “I. El examen y la alarma. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

  1. Me encantó, son precisamente ese tipo de detalles por los que me hubiera encantado preguntarte y que, por pudor (se trata del mundo de la intimidad), y prudencia (¡han de estar bien ocupados!) no lo hice.
    Primero no dejé de ver cada escena del relato, al final, escuché también la experiencia auditiva en el departamento…y ¡claro!: la alarma.
    Juan, espero no te ofenda esta otra aportanción a tu texto: http://www.academia.org.mx/espin/Detalle?id=26
    Saludos.

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  2. Violeta Sandoval

    disfrutable, ¡gracias por compartir !

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  7. Claudia Solis

    Te imagine mi querido Juan en toda escena, junto coon Lupita y esos ojazos que sabe abrir como plato cuando algo le produce sorpresa, que increible es vivir en otro mundo verdad??, es siempre bueno leerte amigo mio, y transportarse al mundo de Juan, gracias mil por compartir esto!!!

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