II. Las estrellas, el fuego y los sonidos de la construcción. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

Por Juan Larrosa (22 de junio de 2015)

Stars. #philadelphia #philly #instaphilly #fairmountarea

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En las fachadas de las casas más viejas de Filadelfia nacen estrellas de metal de cinco picos. La historia de las estrellas es interesante, pues ilustra lo salvaje que puede llegar a ser el capitalismo en Estados Unidos. Luego de una larga noche en el bar irlandés Bonner’s (Bonner’s Irish Pub), Emil, un compañero de batallas escolares y etílicas, me contó que a principios del siglo XX los habitantes de Filadelfia tenían que pagar una cuota para sufragar los gastos del cuerpo de bomberos. Quienes estaban al corriente con sus pagos se hacían acreedores a colgar las estrellas en su fachada. Los que se atrasaban o declinaban el pago, se quedaban sin estrellas y sin el servicio de bomberos. Si una casa ardía en llamas, los bomberos podían saber fácilmente si debían o no acudir a realizar su trabajo. Por supuesto, el sistema de estrellas ya no está en operación. Sin embargo, en el país más rico del mundo todavía hay quienes siguen sin ser rescatados por los bomberos. Frente a Filadelfia, cruzando el río Delaware, está la ciudad de Camden. La ciudad está en bancarrota y es tan pobre, que no tiene servicio de apagafuegos. Cuando tienen tiempo, me dice Emil, los bomberos de Filadelfia se dan una vuelta a Camden para ver en qué pueden ayudar.

Fotografía del río Delaware y del puente Benjamin Franklin

El río Delaware marca la division entre Filadelfia (Pensilvania) y Camden (Nueva Jersey). El puente Benjamin Franklin conecta a las dos ciudades.

Luego del terrorífico episodio de la alarma, Lupita y yo entendimos que en una ciudad donde el 99% de las casas son de madera, el enemigo público número uno es el fuego. Y como bien es sabido, el fuego trae consigo una serie de sonidos particulares, como es el ulular de las sirenas, que constantemente se escuchan en Filadelfia. Los bomberos van corriendo de aquí para allá, apagando el fuego de las construcciones de madera que en cuestión de minutos pueden sufrir daños irreparables. Pero el ulular de las sirenas no fue el único sonido que se coló a nuestro departamento. Los lunes, por ejemplo, pasa dos veces el camión de la basura. En vez de los cencerros mexicanos que anuncian el servicio municipal, en Filadelfia subyace el estruendo de un camión que cada que comprime la basura, emite un ruido estertóreo. Durante diez minutos se oye cómo el camión avanza lentamente por la cuadra, recogiendo y triturando la basura orgánica. Después, horas más tarde, la escena se repite, cuando pasa el segundo camión por el resto de los desperdicios.

Por las ventanas también entraron los sonidos de un edificio en reparación. Jack es un vendedor de bienes raíces que decidió mudarse de Nueva York a Filadelfia. Luego de estudiar el mercado, se convenció que la gentrificación—esa espeluznante palabra que en su acepción celebratoria significa renovación urbana y en la crítica especulación inmobiliaria—le podía deparar años de grandes negocios en Filadelfia, por lo que decidió comprar una propiedad en Green Street. La casa, como todas las de por aquí, es una row house de ladrillos rojos y ventanas rectangulares, de puertas altas y entradas precedidas por los stoops, esas pequeñas escalares de tres o cuatro gradas que dan a un rellano que marca el acceso principal. Antes de mudarse a su casa, Jack la remodeló por completo. Un año tardó en completar esta tarea. Nosotros llegamos a Green Street cuatro meses antes que concluyera la remodelación, por lo que nos chutamos todos los ruidos de los trabajadores.

Entre septiembre y diciembre de 2013, todos los días, unos minutos antes de las ocho de la mañana, un tipo rubio y alto, llegaba en una camioneta blanca y se estacionaba frente a nuestro departamento. Bajaba de su vehículo, invariablemente, con un vaso desechable de café prendido de su mano y luego iniciaba una conversación en su teléfono móvil. Mientras tomábamos el desayuno, Lupita y yo escuchábamos sus conversaciones. Nunca pudimos entender de qué hablaba o con quién hablaba, pero parecía que estaba conversando a un lado de nosotros. Había días buenos y otros malos, pues no eran pocas las ocasiones que se pelaba con alguien y ahí sí podíamos identificar claramente los moder foquer o los stupid aaasol. En varias ocasiones observé sus movimientos desde la ventana. Al terminar su conversación telefónica, el güero muy amablemente levantaba uno de sus brazos y me gritaba, jei, jau ar yu maaan!

Después de este ritual, llegaba toda la tropa del contratista en punto de las ocho de la mañana, la cual variaba según la actividad. A veces eran albañiles, otras veces carpinteros, también vimos desfilar fontaneros y electricistas. Cada uno llegó con un sonido distinto y algunos eran más compatibles con nuestras actividades que otros. Por ejemplo, los albañiles eran una pesadilla. Uno de sus trabajos más importantes fue arreglar el exterior de la casa y en lugar de andamios, usaban una grúa que los llevaba de aquí para allá. Arreglaron la fachada, las ventanas y la azotea. Cada vez que el brazo de la grúa se desplazaba, un motor estruendoso como de motocicleta vieja, comenzaba a sonar. Además, cuando la grúa se movía, una alarma, como de camión en reversa, se activaba. En medio de toda esa faena, yo intentaba leer textos sobre epistemología de la comunicación. Varias tardes, abatido, dejé los libros en paz y me dediqué a observar a los albañiles conducir su grúa. También vimos llegar a los carpinteros, quienes usaron una infinidad de herramientas, todas automatizadas. Si en Estados Unidos las personas utilizan cepillos de dientes eléctricos, qué se puede esperar en el mundo de la carpintería. Todo es eléctrico, automatizado y hace ruido. ¿Quieres colocar un tornillo? Usa una máquina ruidosa para ello. ¿Quieres cortar la madera? Saca de su estuche una máquina infernal.

Grúa que ayuda a la reparación de las fachadas de las casas den Filadelfia.

Grúa que ayuda a la reparación de las fachadas de las casas den Filadelfia.

La singularidad de estos carpinteros es que eran mexicanos. Si abríamos la puerta del balcón se colaban corridos norteños y canciones de banda. Varias veces los escuché albureándose entre ellos, quejándose del contratista o viendo con lujuria a Lupita cuando salía a regar las plantas. Después apareció un séquito de tres herreros que también adoraban a un dios tecnológico y ruidoso. Durante largas mañanas cortaron toda la herrería para la cochera y la terraza de Jack. Ellos hablaban poco, pero eran bravos. En un par de ocasiones se hicieron de palabras con el contratista y parecía que estaban en el umbral de una pelea a puños, pero luego de bramar y mascullar algunas palabras, volvían a su trabajo. Con ellos, el set list pasó de norteñas y banda, a una dosis de grunge de los años noventa. Nirvana y Sound Garden hacían cantar a esos electricistas que vestían jeans deshilachados y camisas a cuadros.

En diciembre Jack se mudó, junto con su familia, a su nueva casa en Green Street. Una mañana de enero me lo encontré en la calle, me dijo que su esposa tenía nuevas ideas para el diseño de la casa y que pronto llegaría una nueva turba de trabajadores. Espero que sea algo rápido, me dijo. Durante los siguientes meses el contratista siguió llegando a las ocho de la mañana, cual Nancy Botwin, con un café pegado a una mano y su teléfono móvil a la otra.

Este artículo fue publicado el 22 de junio de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. Esta fue la segunda parte de una serie de crónicas que llevan por título “Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial”.

Las estrellas que nacen en las casas de Filadelfia

Las estrellas que nacen en las casas de Filadelfia

A continuación los enlaces al resto de las crónicas:

A continuación los enlaces al resto de las crónicas:
I. El examen y la alarma. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
II. Las estrellas, el fuego y los sonidos de la construcción. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
III. Union Transfer, Mogwai y los sonidos de la calle. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
IV. ¿Una lengua post-racial o una multiculturalidad de hablantes? Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
V. Los sonidos de la construcción y de(con)strucción de Filadelfia. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

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10 comentarios

Archivado bajo Cultura y comunicación

10 Respuestas a “II. Las estrellas, el fuego y los sonidos de la construcción. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

  1. lo interesante es que, con todo y todo, segusite fiel a trabajar desde casa 😉 am

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  6. Manuel Larrosa Haro

    Genial, es como una entrega por capítulos, me leo uno por día!!! Gracias.
    Supongo k ya fuiste a los sitios k fre
    Cuentaba Chomsky cuando vivió de niño y adolescente en Fil. Abrazo.

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