III. Union Transfer, Mogwai y los sonidos de la calle. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

Por Juan Larrosa (6 de julio de 2015)

Vista lateral delVista lateral del foro

Vista lateral del foro “Union Transfer” (Filadelfia, Pensilvania). Foto tomada de http://www.muralarts.org

El 8 de mayo de 2014 fuimos al Union Transfer, un foro para conciertos que está en la parte al Este de Filadelfia, al pie de la avenida Spring Garden. Union Transfer está en una parte de la ciudad que actualmente vive una reconstrucción. En esa zona hay grandes edificios de ladrillos rojos que albergan escuelas secundarias y modernas construcciones de espejo que contienen las oficinas de empresas que están despuntando. Pero también hay largos tramos de terrenos baldíos y amorfos estacionamientos para automóviles, casas abandonadas y comercios con luces de neón chimuelas. Varias décadas atrás esta zona fue parte del gran complejo industrial de Filadelfia en donde se construyeron muchos de los trenes que circularon en Estados Unidos durante el siglo XX y algunas piezas de los barcos que pelearon en la Segunda Guerra mundial. En medio de esta zona destaca Union Transfer, un galpón de buen tamaño, en donde todos los días hay conciertos.

Llegamos caminando a Union Transfer y antes de comenzar el concierto nos encontramos con dos amigos rusos que también estaban a la espera de Mogwai. El galpón inevitablemente me recordó al Roxy de Guadalajara, ya que son espacios muy parecidos: un foro de techos altos, con un escenario al frente y una barra de bebidas al fondo. En esa barra nos quedamos conversando antes que iniciara el concierto y comenzamos a notar que una buena cantidad de asistentes traían tapones en los oídos. Lupita y yo nos volteamos a ver divertidos. Qué sofisticación de los gringos, comentamos. La pareja de rusos también estaba intrigada.

Luego de beber un par Flyingfish, una popular marca de cerveza de Nueva Jersey, el concierto comenzó. No pasaron muchos minutos para que entendiéramos por qué algunos de los asistentes traían tapones para los oídos. Nunca había estado en un concierto en donde el sonidos alcanzara niveles tan altos. Las notas que emitía el bajo se incrustaban en mi torso y los acordes de las guitarras hacían que se erizaran la piel. Los oídos nos dolían. Sin embargo, en lugar de alejarnos de las bocinas o de haber abandonado el lugar, nos acercamos al escenario. A pesar del volumen de la música, podíamos distinguir nítidamente cada uno de los sonidos del concierto. Las dos guitarras, el bajo y la batería, tenían una textura completamente distinta y que los hacían diferenciables entre sí. Por primera vez estuve en un concierto en el que no escuchaba la música como un sonido mezclado y compacto, sino como una serie de elementos distintos, independientes y que tenían una clara diferenciación. El concierto fue memorable y Mogwai presentó su disco Rave Tapes. Luego de dos horas de post-rock y de haber destruido parte de nuestros oídos, Lupita y yo regresamos, silenciosamente, caminando hasta nuestro departamento. En nuestras cabezas seguían rebotando los sonidos de Mogwai. Durante los siguientes días tuvimos un pequeño zumbido que nos acompañó a todos lados, hasta que de pronto, desapareció por completo.

La diferenciación sonora que vivimos en el concierto de Mogwai, me llevó a pensar si podría encontrar ese mismo efecto en los sonidos de toda la ciudad. Filadelfia está lejos de tener la meticulosa planeación del concierto de Union Transfer, en donde un grupo de rock deliberadamente busca generar un efecto auditivo a través de la interpretación de sus instrumentos y de estirar al máximo las posibilidades tecnológicas de una serie de bocinas que pueden alcanzar niveles tan altos y nítidos. ¿Cómo apreciar los sonidos de una ciudad cuando aparecen de golpe y en masa? ¿Cómo hacer para aislar los sonidos y apreciarlos particularmente? Un elemento clave para lograr esta disección sonora es el estado de alerta de los oídos del “escuchador”. El oído lo utilizamos para detectar las irregularidades del paisaje sonoro y no las regularidades. A diferencia de los ojos, que pueden cerrarse en cualquier momento, los oídos siempre están abiertos. Los humanos aprendemos a vivir con el oído eternamente activo, incluso cuando dormimos. Aprendemos a ir por la calle y escuchar decenas de conversaciones a las cuales no ponemos atención; reparamos en ellas cuando alguien grita o llora violentamente. Aprendemos a escuchar el sonido de las llantas de los automóviles y motocicletas que se deslizan sobre el pavimento, pero reparamos en ellos cuando las llantas rechinan ante un arranque intempestivo o cuando se derrapan en la lluvia, como preludio a un accidente. Sin embargo, esto también se desaprende. Cuando alguien es nuevo en la ciudad, necesariamente se inscribe en un proceso de reaprendizaje en el que el oído se entrena y calibra, se adapta y restablece. En ese proceso de aprendizaje, el oído queda en estado de alerta.

La primera serie de sonidos que logré disecar son aquellos que componen la respiración de la ciudad. Filadelfia es una máquina gigantesca que todo el tiempo está moviéndose. En cada casa de madera y en cada rascacielos, en cada escuela y en cada comercio, hay aparatos que están en operación las 24 horas del día, los 365 días al año y que operan como los pulmones de la ciudad. Durante el verano y la primera parte del otoño, la máquina jala aire, lo enfría y lo hace circular en las casas de todos lo habitantes. Durante el invierno y parte de la primavera, la máquina jala aire y lo calienta. No hay un solo día al año en el que las máquinas de aire acondicionado o la calefacción no estén en operación. Esto hace que en Filadelfia haya, a todas horas, un eterno sonido que marca la operación del sistema respiratorio de la ciudad. Es un sonido sordo, de motores que trabajan incansablemente durante el día y la noche.

Como en el concierto de Mogwai, durante nuestra estancia en Filadelfia hemos escuchado el ronroneo de los pulmones de la ciudad. Quienes aquí habitan, ya no lo escuchan. Llevan tantos años viviendo al lado de calentones y máquinas para enfriar el aire, que sus sonidos les pasan desapercibidos. Como esas canciones que escuchamos en bloque, sin diferenciación sonora, los filadelfios van por la vida en medio del ruido de los aviones y los carros de bomberos, de los motores de los autobuses y de las máquinas de construcción. Todavía, a dos años de haber llegado a esta ciudad, me gusta salir a la terraza a media noche o en la madrugada y escuchar el sonido de la respiración en Filadelfia, ese eterno murmullo, ese zumbido que queda almacenado permanentemente en los oídos. La ciudad respira.

Este artículo fue publicado el 6 de julio de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. Esta fue la segunda parte de una serie de crónicas que llevan por título “Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial”.

A continuación los enlaces al resto de las crónicas:
I. El examen y la alarma. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
II. Las estrellas, el fuego y los sonidos de la construcción. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
III. Union Transfer, Mogwai y los sonidos de la calle. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
IV. ¿Una lengua post-racial o una multiculturalidad de hablantes? Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
V. Los sonidos de la construcción y de(con)strucción de Filadelfia. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
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8 comentarios

Archivado bajo Cultura y comunicación

8 Respuestas a “III. Union Transfer, Mogwai y los sonidos de la calle. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

  1. Angel Urzua

    Juan, me encantó este artículo!
    Un abrazo hasta allá.

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