V. Los sonidos de la construcción y de(con)strucción de Filadelfia. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

Por Juan Larrosa (16 de agosto de 2015)

A finales de los años ochenta mis papás comenzaron a construir la casa en la cual han vivido hasta ahora. Manuel Larrosa, mi abuelo, fue el arquitecto que diseñó los planos y para llevar a cabo esta tarea sostuvo diversas charlas con mis papás. En una de estas conversaciones mi abuelo les aconsejó que el diseño arquitectónico debía responder a una casa que sería habitada durante los siguientes veinte años. Más de dos décadas después la construcción sigue en pie, con modificaciones menores y con sus habitantes originales. Esta historia es común en Guadalajara, pues en raras ocasiones ocurre que se construyan casas temporales o que exista una tendencia a demoler casas de forma masiva y cotidiana. (Esto, claro, sin contar las atroces destrucciones que se han hecho en las últimas décadas de las casas en colonias como la Moderna o la Americana.)

Elfreth’s Alley, en Filadelfia

Elfreth’s Alley, en Filadelfia

En Filadelfia la construcción y la propiedad de las casas varían considerablemente con respecto a Guadalajara. En esta ciudad de la Costa Este hay casas viejas, tanto así, que un lugar turístico bastante visitado es el famoso callejón Elfreth (Elfreth’s Alley), un corredor en el que hay treinta y dos casas que fueron construidas entre 1728 y 1836, las cuales han sido preservadas y restauradas minuciosamente y que en conjunto constituyen “la calle residencial más antigua de los Estados Unidos”. (Otro de los interminables escalafones que les encanta crear a los habitantes de este país.) Además, sin contar los suburbios y el centro de la ciudad, una buena parte de Filadelfia está poblada por rowhouses y twonhouses, casas que regularmente son de madera y compuestas por tres pisos, con una fachada recubierta de ladrillos rojos y con ventanas alargadas. Sin embargo, hay un engaño en esta aparente longevidad de las casas, pues muchas de ellas están siendo transformadas en su interior y muchas otras demolidas y remplazadas por nuevas versiones de las viejas casas.

En Filadelfia, al igual que en muchas otras partes de los Estados Unidos, la construcción y la especulación inmobiliaria son dos de los grandes negocios que mantienen aceitada la economía. Para que esta maquinaria siga funcionando, los habitantes tienen que comprar y vender sus propiedades constantemente. Según el último censo de los Estados Unidos, 40 millones de personas cambian de residencia cada año. Además, quienes tienen una propiedad tienden a vender su casa cada cinco, seis o siete años. Estas condiciones generan que un habitante típico se mude de casa un promedio de 11.7 veces a lo largo de su vida. La movilidad residencial es dinámica y, en algunos casos, llega a ser demencial.

Una de las transformaciones más comunes es la remodelación de casas y edificios. Muchas de las casas más viejas de Filadelfia han sido renovadas decenas de veces y durante ciento cincuenta años han albergado a distintos grupos sociales. Algunas de ellas fueron mansiones de familias adineradas del siglo XIX. En el siglo XX, durante las Guerras Mundiales, Filadelfia se convirtió en un ciudad productora de trenes y barcos, por lo que estas casas fueron ocupadas por clases trabajadoras. Después, en los setenta y los ochenta, cuando el trabajo industrial se terminó, estas viviendas se llenaron de migrantes puertorriqueños y cuando los millenials se cansaron de vivir en los suburbios durante la segunda década del siglo XXI, esas mismas moradas se llenaron de hombres y mujeres jóvenes que trabajan y estudian en el centro de la ciudad. Las fachadas de estas viviendas siguen siendo las mismas de hace más de un siglo, pero su interior ha cambiado notablemente con cada una de las oleadas de nuevos habitantes: de ser mansiones para familias adineradas, ahora se han convertido en edificios que resguardan minúsculos departamentos para parejas jóvenes o estudiantes universitarios.

Las transformaciones más evidentes de la ciudad son las demoliciones de casas y edificios. En nuestras constantes caminatas a lo largo de distintas zonas de Filadelfia, Lupita y yo hemos visto cómo, de un día para otro dejan de existir centros comerciales y conjuntos de oficinas, plazas urbanas y estacionamientos, restaurantes y bares, escuelas y tiendas departamentales. Estas desapariciones son muy extrañas porque dejan un boquete en la memoria urbana. De pronto, el caminante entiende que, aunque transita la misma ciudad, camina por un nuevo espacio.

En este sentido, el truco de la remodelación de los espacios interiores, pero no de las fachadas, es efectivo, pues transmite la sensación de que nada ha cambiado y que la vieja ciudad de Filadelfia sigue siendo la misma en donde se redactó y firmó la Constitución de un país que siglos después sería una potencia mundial. La construcción y deconstrucción de la ciudad se convierte en un movimiento ideológico que se despliega en y desde la memoria social de los estadounidenses. Para avanzar y crecer económicamente, dicen, se necesita construir. Y cuando ya está todo construido, llega el tiempo de demoler y volver a construir. No importa que lo que está por demolerse sea bello o que todavía funcione en perfectas condiciones. Sin embargo, al dejar las fachadas intactas se conserva una marca del pasado, una marca que permite a los ciudadanos orientarse, pues de lo contario estarían en una ciudad que se transforma todos los días y a todas horas.

Este paisaje arquitectónico de constante cambio y que raya en lo efímero, se puede escuchar todo el tiempo en Filadelfia. En los barrios residenciales aparecen los sonidos de las sierras y taladros de los carpinteros quienes cortan y ensamblan la madera para la remodelación de las nuevas habitaciones. En las plazas comerciales hay cuadrillas de trabajadores que se afanan en colocar los muros de tablarroca de una nueva tienda comercial o la instalación de una barra para servir bebidas en donde días atrás yacía un restaurante de comida china. En el centro de la ciudad se escuchan las máquinas que abren paso a un nuevo puente o a un gigantesco rascacielos y los peatones viven con los sonidos de las grúas que transportan materiales hasta el piso cincuenta de un nuevo edificio, del buldócer que tiene la encomienda de demoler un antiguo centro comercial, de las mezcladoras de cemento que durante días enteros se dedican a proveer del material necesario para colar las columnas de una columna gigante, de las excavadoras que extraen toneladas de tierra de suelo, o de las motoniveladoras que aplanan el asfalto por donde circularán los automóviles.

Al caminar y escuchar estos sonidos de Filadelfia, hemos recordado el final de la novela de Paul Auster, Sunset Park (2010), cuando Miles Heller, un joven de 29 años que ha perdido todo, atraviesa el puente de Brooklyn en un automóvil. En su camino, Miles observa los rascacielos de Manhattan y recuerda todos los edificios que ha visto consumirse por el fuego o que han sido demolidos y que han dejado espacio a esos gigantescos edificios clavados en una isla. Entonces Miles se pregunta si vale la pena desear un futuro, cuando no hay un futuro (al menos para los edificios viejos). Después, acelera el paso y sigue su camino para entregarse a la policía por los crímenes que ha cometido.

Sunset Park (2010), Paul Auster

Sunset Park (2010), Paul Auster

Estados Unidos es un país en el que no se pueden construir casas que durarán veinte años sin ser modificadas o derrumbadas. En este país no hay futuro, porque todo ese futuro está sucediendo en el presente.

Este artículo fue publicado el 17 de agosto de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. Esta fue la segunda parte de una serie de crónicas que llevan por título “Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial”.

A continuación los enlaces al resto de las crónicas:
I. El examen y la alarma. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
II. Las estrellas, el fuego y los sonidos de la construcción. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
III. Union Transfer, Mogwai y los sonidos de la calle. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
IV. ¿Una lengua post-racial o una multiculturalidad de hablantes? Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
V. Los sonidos de la construcción y de(con)strucción de Filadelfia. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
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  6. Geniales. Qué buena memoria sónica aportas. No hay nada tan rico como evocar sonidos: si no se graban o se replican, fácilmente se extinguen. Gracias por compartir.

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