Netflix en América Latina: Club de Cuervos y Narcos (I de II)

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (28 de septiembre de 2015)

Hacia el final del verano de 2015 Netflix anunció nuevas producciones para el mercado latinoamericano. En el caso de México hay dos series que fueron liberadas por la empresa estadounidense: el 7 de agosto apareció Club de Cuervos y el 28 del mismo mes debutó Narcos. Las siguientes dos entregas de este espacio, Sistema Autorreferencial, están dedicadas a analizar las series de marras.

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Elenco de Club de Cuervos. Foto: Nicolás Corte / Publimetro.com.mx

Elenco de Club de Cuervos. Foto: Nicolás Corte / Publimetro.com.mx

Club de Cuervos (2015) es una serie producida por Netflix y dirigida por Gaz Alazraki. La serie, compuesta por trece capítulos, es una comedia que narra la historia que se desencadena tras la muerte de Salvador Iglesias, el dueño del club de futbol “Cuervos de Nuevo Toledo”. Ante su inesperado fallecimiento, dos de sus hijos deben hacerse cargo del equipo de futbol. El conflicto comienza cuando debe decidirse quién presidirá a los “Cuervos de Nuevo Toledo”, pues los dos hijos, tanto Isabel como Chava, quieren hacerse del control del club de futbol de la primera división mexicana. A lo largo de la serie, los creadores de Club de Cuervos presentan las peleas entre un par de hermanos que poco saben de dirigir a un equipo de futbol y que, por el contrario, han pasado sus vidas mimados por sus padres y con las comodidades de una familia acaudalada de la sociedad mexicana.

A dos meses de su estreno, Club de Cuervos no ha dado mucho de qué hablar. En Google, una búsqueda simple con las palabras “club de cuervos” arrojó casi medio millón de resultados, pero la mayoría estaban relacionados con textos periodísticos o publicitarios para la promoción de la serie. En México, el bamboleante crítico de televisión Álvaro Cueva, quien un día hace crítica de televisión y al día siguiente hace un comercial disfrazado de artículo periodístico, escribió sobre la serie cuatro días antes de su lanzamiento y aclamó que Club de Cuervos fuera una serie “ciento original, ciento por ciento mexicana y ciento por ciento comedia”. Por otro lado, el portal de Letras Libres publicó el texto “Club de Cuervos: una agradable sorpresa”, en donde Luis Reséndiz alaba la producción y sugiere que la serie tiene “una complejidad y ambición inusuales en la sociedad mexicana” y que “su sola existencia [de la serie] permite pensar en otra televisión mexicana, una que puede hacer pequeños comentarios sociales a la vez que generar risas y triunfar de forma comercial”. Además de estos dos textos, hay poco que rescatar, pues el resto son meros comentarios o sinopsis de la serie. En el caso de la prensa anglosajona, Club de Cuervos ha pasado prácticamente inadvertida.

Los dos textos de factura mexicana que hacen referencia a Club de Cuervos celebran la aparición de la serie y coinciden con que esta producción puede revolucionar la televisión mexicana y tiene la capacidad de “poner a temblar” a los ejecutivos de las televisoras que tienen sus oficinas en Chapultepec y el Ajusco en la Ciudad de México. Ambos comentaristas sobrevaloran Club de Cuervos y su potencial revolucionario. Si se compara con las series más exitosas que Netflix ha producido en los últimos años, Club de Cuervos no tiene nada qué hacer. El guión es predecible, los personajes se desarrollan de forma acartonada, y los diálogos de humor tienden a ser muy bobos. Si se compara, como lo hicieron los dos críticos, con producciones mexicanas, ciertamente Club de Cuervos sale mejor librada, pero sigue estando lejos de los mejores momentos de la televisión mexicana.

La serie de Netflix desarrolla una narrativa visual que hace eco, una y otra vez, de las telenovelas, como esa manía de sacar a cuadro la misma imagen de un edificio o una casa para indicarle al espectador en dónde se va a desarrollar la siguiente escena, o la aparición a cuadro de espacios interiores inverosímiles, especialmente cuando se retrata la vida de las clases altas. Son las cocinas, las salas y las alcobas de casas que nunca serán habitadas por nadie, en donde todas las plantas son de plástico y los muebles recién salidos de la tienda departamental. A todo esto se suma un pendiente que tienen la mayoría de las producciones audiovisuales mexicanas: la poca habilidad que existe para crear escenas de acciones verosímiles. En Club de Cuervos las escenas peor logradas llegan cuando los actores aparecen jugando un partido de futbol decisivo. Estas escenas recuerdan más a las persecuciones entre Viruta y Capulina, que al suspenso que podría causar un juego de futbol en el que se decide la permanencia de un equipo en la liga profesional.

Club de Cuervos es una suerte de secuela de la película Nosotros los nobles, que también fue dirigida por Gaz Alazraki y la cual fue un éxito comercial en los cines mexicanos. En ambas producciones, Alazraki presenta comedias en donde los protagonistas son jóvenes de las clases más ricas de México. Estos jóvenes, a quienes se les ha denominado como mirreyes, tienen poca educación, son frívolos y viven en una burbuja en donde la pobreza y la marginación del país son inexistentes. Sus vidas transcurren en fiestas donde consumen altas dosis de alcohol y drogas, en sesiones de sexo desenfrenado y casual, y comprando compulsivamente objetos materiales suntuosos como automóviles último modelo, relojes o ropa. En ambas producciones, la vida de estos personajes se ve afectada por un factor externo que los hace “ver la vida real” y “entender” el significado de trabajar para obtener los recursos que les permitan lleva su vida de ricos. Esta temática le ha valido a Alazraki comentarios favorables por presentar críticamente, y con “un lenguaje para las masas”, las intolerables brechas sociales que existen en México. Además, en el mismo tenor, se ha celebrado a Club de Cuervos por abordar el tema de la corrupción en el futbol mexicano, la deplorable calidad de la prensa deportiva, las corruptas relaciones entre el futbol y la política, o las inequitativas relaciones entre hombres y mujeres.

Nosotros los nobles y Club de Cuervos no son series novedosas, tampoco son críticas. Aunque evidentemente no son una copia exacta, ambas abrevan de las tradicionales películas y telenovelas mexicanas, no nada más en cuestiones de producción, sino también en su temática: desde Los ricos también lloran hasta Rosa Salvaje, uno de los temas más recurrentes del audiovisual mexicano ha sido la representación de una sociedad altamente dividida en clases sociales y con una escasa movilidad, tan escasa, que solamente ocurre cuando mágicamente un pobre se enamora de un rico o viceversa. Pero la mayor trampa está en la aparente virtud crítica de las producciones del hijo de uno de los publicistas más prominentes y polémicos de México. Aparentemente Alazraki devela un mundo nuevo, pero en realidad es un mundo altamente conocido. En todo caso, en México, el emperador ha caminado desnudo desde hace décadas. Como fórmula retórica, el humor es crítico cuando ilumina algo de la realidad que el espectador no conocía; también es crítico cuando establece una comparación inaudita, ingeniosa o grotesca entre dos elementos. En el mundo de Alazraki no hay novedad, no hay ingenio, no hay crítica. Alazraki juega a la crítica, pero en realidad consolida y naturaliza el papel de los mirreyes como algo censurable y ridículo, pero inevitable.

Si Netflix no quiere hacer telenovelas para el público mexicano, entonces tendrá que innovar como lo ha hecho en Estados Unidos. De lo contrario, estaremos condenados a seguir viendo las peripecias de las clases medias y altas de México, en comedias simplonas y de producciones chafas.

Este artículo fue publicado el 28 de septiembre de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

Para escuchar el podcast:

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