Netflix en América Latina: Narcos (II de II)

Por Juan S. Larrosa Fuentes (26 de octubre de 2015)

Narcos es la segunda apuesta que Netflix hizo para incursionar en el mercado latinoamericano de ficción. Esta serie, que fue filmada en suelo colombiano, dirigida por el brasileño José Padhila y con un elenco internacional, se anuncia como una historia que está basada en la vida de Pablo Escobar Gaviria, el famoso narcotraficante colombiano que construyó una ruta de contrabando que fue desde América del Sur hasta los Estados Unidos. Sin embargo, desde los primeros minutos queda claro que el verdadero protagonista de la serie es Steve Murphy, un agente de la DEA que llega a Colombia a finales de los ochenta para combatir a los “bad guys”, aquellos que traficaban droga hasta los Estados Unidos. Narcos es una serie que proclama ser algo que no es. Esta tónica, la de la simulación, es el principal defecto de Narcos, el cual aparece una y otra vez a lo largo de todo su desarrollo.

Basta analizar el primer capítulo para observar la simulación de Narcos. Una de las críticas más recurrentes que se le han hecho a la serie apunta a su estructura narrativa (ver Vox, The Atlantic, Pajiba, y Reforma). Desde el primer momento el espectador queda inmovilizado por la narración omnipresente del agente de la DEA. La narración no deja ningún espacio para que el espectador complete la historia que le están presentando. En su crítica sobre la serie, Todd VanDerWerff, editor de cultura en Vox, escribió lapidariamente que Narcos es una serie en la que un hombre abúlico lee la entrada de Wikipedia del narcotraficante Pablo Escobar. Así, los primeros capítulos son una lección de historia, desde la perspectiva estadounidense, sobre el tratamiento que Nixon y Reagan le dieron al tema del narcotráfico. Por otro lado, la figura del narrador omnisciente en muchas ocasiones resulta innecesaria, pues lo que el agente de la DEA está narrando, es lo mismo que el espectador está viendo en la pantalla. Por ejemplo, con un humor simplón, Murphy dice: “En ese tiempo [finales de los ochenta], Miami era un paraíso y yo perseguía hippies que calzaban chanclas y vendían mariguana”. En la pantalla vemos al policía taclear a un tipo con cabello y barbas largas y, claro… calzando chanclas.

Steve Murphy, agente de la DEA en la serie Narcos (2015)

Steve Murphy, agente de la DEA en la serie Narcos (2015)

La genealogía del narrador omnisciente en una pieza audiovisual que retrata el mundo de los contrabandistas está asociada con la cinta Goodfellas de Martin Scorsese. No son pocos los críticos estadounidenses que encontraron este registro y que observaron una pobre utilización del narrador omnipresente en Narcos. La diferencia, como dice Todd VanDerWerff, es que en Goodfellas el protagonista es un joven gánster que narra el mundo de la mafia desde sus entrañas, mientras que Steve Murphy es un agente que describe a Pablo Escobar desde la óptica de la DEA. Y aquí es donde está una de las simulaciones más grandes de la serie, pues Narcos tiene ciertos elementos bajo los puede clasificarse como una serie de gánsteres, pero en realidad, el género que domina la serie es el Western.

El género Western ha sido ampliamente descrito por autores como Judith Hess (1974) o Will Wright (1975), género que permea la estructura narrativa de Narcos. Según estos autores, el Western es un género que siempre ocurre en el pasado y, por tanto, nunca aborda temas políticos y sociales del presente. En el caso de Narcos es claro que se trata de una serie que toca un tema que pareciera desarrollarse en el presente, como el caso del narcotráfico, pero en realidad trata de una historia terminada, la historia de la persecución y aniquilación de Pablo Escobar. Otra característica es que en este género la sociedad aparece como telón de fondo y sin ningún tipo de agencia o poder para cambiar el orden de cosas. Hay una oposición binaria, dice Wright, entre la sociedad buena y los villanos, entre los héroes y una sociedad débil. En Narcos, quienes llevan la mano son los policías (good guys) y los narcotraficantes (bad guys). La sociedad colombiana no juega ningún rol activo a lo largo de la serie y se limita a observar el conflicto entre héroes y villanos. En los Westerns, la solución del conflicto siempre llega a través de un héroe el cual invariablemente es un individuo ajeno a la sociedad, un extranjero. En su andar, el héroe desarrolla una moral muy particular, pues los actos violentos en contra de los villanos son legítimos, sin importar que, con el uso de esa violencia, esté violando la ley. En Narcos, la trama es clara: un gringo llega a Colombia para dirigir exitosamente la cacería en contra de Pablo Escobar. Hacia el final del primer capítulo, en un monólogo cursilón, el narrador omnisciente recuerda que su papá había peleado en Pearl Harbor. Ahora, a él le tocaba pelear su guerra en Colombia. “This was my war. This was my duty. An I was ready to fight”.

El problema de Narcos no es que sea un Western. Quentin Tarntino, por poner solo un ejemplo, sigue explotando el género al máximo y hace con él películas espléndidas. El problema es que Narcos se presenta como otra cosa. Narcos se presenta como una serie que retrata a los traficantes de drogas. Narcos se presenta como una ficción que está basada en la realidad, pero desde el primer cuadro se cura en salud diciendo que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Narcos se presenta como una serie para el público latinoamericano, dirigida, producida y actuada por latinoamericanos, pero con un contenido disonante, pues la voz que predomina en la historia es la versión estadounidense de lo ocurrido en Colombia. En su artículo “Narcos da risa”, el crítico colombiano Omar Rincón, lo señala claramente: “Esta versión sobre NarColombia enfatiza en los justicieros, la verdad ‘made in USA’ que viene a salvar a este paisito abandonado de civilidad. Narcos es la visión Miami y latino-USA sobre NarColombia, algo así́ como lo que Trump piensa que somos: los buenos son los gringos que se hacen en la DEA. Y los narcos son desadaptados cómicos y premodernos de mal gusto.” (Ver también crítica del colombiano Ernesto Londoño en el New York Times.)

La molestia de algunos colombianos frente a esta nueva versión del narcotráfico en su país es entendible. Lo primero que ve el espectador cuando enciende su computadora o televisor al decidirse por Narcos, es un rótulo en el que se define el concepto de realismo mágico. En traducción literal dicen: “El realismo mágico es definido como aquello que pasa cuando la realidad es invadida por algo demasiado extraño para ser cierto”, y en tipografía roja se resalta, “demasiado extraño para ser cierto”. Vaya interpretación del problema del narco colombiano y de la figura de Pablo Escobar. Un problema demasiado extraño para ser cierto.

Este artículo fue publicado el 26 de octubre de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

 

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