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La lucha por las telecomunicaciones en México II: la integración al mundo postindustrial

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (septiembre de 2014)[1]

El siglo XXI ha traído un incesante desarrollo de la comunicación humana mediada por la tecnología. En tan solo catorce años la red de Internet se ha ampliado significativamente por todo el planeta, los mensajes de la comunicación masiva se han digitalizado y las formas de recepción y consumo de la información han tendido a la atomización y ubicuidad a través de dispositivos móviles como los teléfonos inteligentes o las tabletas. Estas transformaciones han tenido como efecto en algunas ocasiones, o como correlato en otras, una serie de cambios en los sistemas políticos, económicos y culturales del mundo entero.[2] Tal como ocurrió con la construcción de redes de comunicación a través del telégrafo, el teléfono, el ferrocarril o la radiodifusión, el desarrollo de una red global de comunicación digital está modificando las características y reglas del sistema capitalista. La disputa por la comunicación, como se puede advertir, no nada más representa un jugoso botín económico, sino el control político del presente, pero especialmente del futuro. Esta disputa puede observarse en México a través de una coyuntura que se ha denominado en el mundo periodístico como la “guerra de las telecomunicaciones”.[3]

Esta guerra dio sus primeras señales públicas en 2011, cuando Grupo Televisa y Grupo Carso, dos gigantes de la comunicación en México, comenzaron a pelear por el control de las telecomunicaciones en el país. La guerra ha tenido distintas batallas, en las cuales han sobresalido diversos actores. En las siguientes páginas el lector encontrará un breve recorrido por estos escenarios como una vía para actualizar el análisis coyuntural al respecto. Hacia el final del texto, y como conclusión, propongo una ruta de lectura de la guerra de las telecomunicaciones, no nada más como una serie de coyunturas que articulan la disputa por el control de las telecomunicaciones en México, sino como una coyuntura que refleja parte de las transformaciones históricas que se están desarrollando en una era postindustrial del sistema capitalista.

Los actores: dos grandes monopolios creados por el Estado mexicano del siglo XX

Uno de los elementos centrales en el análisis coyuntural es la identificación de quiénes son los actores que participan activa o inactivamente en el desarrollo de un acontecimiento. En este caso hay dos preguntas importantes. ¿Quiénes son los actores que participan en la guerra de las telecomunicaciones? Y ¿qué es lo que estos actores están peleando? En el tablero de esta guerra hay un par de jugadores fundamentales: Emilio Azcárraga Jean (Grupo Televisa) y Carlos Slim Helú (Grupo Carso). Ambos empresarios son viejos conocidos en la vida pública mexicana, especialmente el primero, quien es parte de la tercera generación de la dinastía Azcárraga, la cual monopolizó la radiodifusión en el país durante prácticamente todo el siglo XX (y amenaza con hacerlo, al menos parcialmente, durante el siglo XXI). Televisa se vio beneficiada por un régimen post revolucionario el cual delegó a la familia Azcárraga el desarrollo de la televisión en México a través una serie de privilegios políticos y económicos, a cambio de una lealtad absoluta en términos de producción informativa y cultural. El segundo jugador es Carlos Slim, un empresario de origen libanés, que hizo un excelente negocio con el Estado mexicano: a principios de los noventa compró Telmex, una empresa paraestatal que ofrecía servicios de telefonía fija. Esta versión neoliberal del Estado mexicano permitió que un empresario comprara una empresa pública y monopólica a un precio muy bajo, y que la convirtiera en un monopolio privado. Telmex fue la base sobre la cual Slim erigió América Móvil, un emporio global de telecomunicaciones, el cual lo ha llevado a ser uno de los hombres más ricos del mundo.

Estas historias explican por qué Carlos Slim y Emilio Azcárraga cuentan con los mayores recursos de poder, especialmente económicos y políticos, para influir en la transformación de la propiedad y el control del sistema de comunicación en México.[4] El desarrollo del sector de las telecomunicaciones exige grandes inversiones económicas, pues supone la construcción de una infraestructura a través de la cual pueda ocurrir una comunicación. Esta infraestructura puede estar compuesta por sistemas de radiodifusión, cables subterráneos o aéreos para el transporte de voz, datos o imágenes, o de antenas y satélites. Aunque teóricamente cualquier ciudadano mexicano tiene el derecho de hacer negocios en este sector, en la realidad son muy pocos los empresarios que realmente tienen el capital económico para invertir en telecomunicaciones. Además de Slim y Azcárraga hay otros jugadores que han intervenido en esta guerra, pero con un perfil mucho más bajo, acorde a su capacidad económica y política. Entre ellos están Ricardo Salinas Pliego (Grupo Salinas), Joaquín Vargas Guajardo (Grupo MVS comunicaciones) y otras empresarios del sector, especialmente aquellos que proporcionan servicios de televisión de paga (satelital o por cable) o de telefonía y de Internet.

El Estado mexicano también forma parte de esta disputa. A diferencia de lo que ocurrió con la construcción de otras redes de comunicación en el mundo (ya lo decía arriba: ferrocarril, telégrafo, entre otros), la red de telecomunicaciones se ha desarrollado mayoritariamente por capital privado, por lo que el Estado se ha convertido exclusivamente en un regulador de este sector. En el caso mexicano sorprendió que Enrique Peña Nieto haya decidido impulsar una reforma en el campo de la comunicación luego de doce años de gobiernos panistas en los que prácticamente no hubo avances significativos, pero particularmente porque fueron los gobiernos priistas los que permitieron el desarrollo de los dos grandes monopolios comunicativos del país. El equipo de Peña Nieto supo negociar una reforma constitucional en el Congreso de la Unión, la cual ha sido catalogada por muchos especialistas como histórica,[5] ya que sentó las bases para la construcción de una legislación moderna en el marco de una democracia (neo) liberal, a través de un reordenamiento del sector y la desconcentración de la propiedad y los contenidos de la televisión y las telecomunicaciones.

Finalmente, en el tema de la guerra de las telecomunicaciones ha habido una intensa e importante participación de diversas organizaciones de la sociedad civil como la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (AMEDI) y de movimientos sociales como #YoSoy132. En particular ha sido destacado el aporte de #YoSoy132, que en un primer momento fue integrado por universitarios, pero que después se amplió a través de otros sectores sociales. Las diversas demostraciones públicas que este movimiento ha hecho han ayudado a mantener el debate público sobre el tema, pero especialmente en relación a la exigencia de entender esta guerra como una disputa por los derechos ciudadanos, no nada más de los consumidores.

Los escenarios: del debate legislativo a la competencia económica

Quienes participan en la guerra de las telecomunicaciones se han enfrentado desde 2010 en diversas batallas o escenarios. La batalla más evidente (y probablemente la más importante), es la que está ocurriendo en términos legislativos. El presidente Peña Nieto envió al Congreso una reforma constitucional que transformó el espíritu legal del juego. Sin embargo, mientras escribo estas líneas, el Congreso discute la legislación secundaria, que es donde estarán los detalles más importantes de las nuevas reglas del juego. Como bien lo dijo en su momento Aleida Calleja, la reforma constitucional fue un avance importante, pero a su juicio, la “madre de todas las batallas” vendría con la legislación secundaria, pues los empresarios de la comunicación buscarían hacer hasta lo imposible con tal de recuperar su poder. No se equivocó. Sin embargo, lo que pocos esperaron es que fuera el propio gobierno quien, luego de impulsar la reforma, diera un golpe de timón para fortalecerse a través de la legislación secundaria. La primera iniciativa de ley que elaboró el equipo de Peña Nieto fue reaccionaria, pues buscaba que el Gobierno Federal concentrara el poder en el campo de la comunicación. Luego de una discusión legislativa y a través de la prensa especializada, pero sobre todo de fuertes protestas de organizaciones civiles y movimientos sociales, hubo un recule por parte del Gobierno Federal. Estamos en espera de saber cómo quedará la nueva legislación secundaria.

En el debate legislativo fue evidente la alianza que se construyó entre el PAN y el Gobierno Federal y una actuación muy contradictoria del PRD, que primero abandonó las negociaciones como consecuencia de su salida del Pacto por México, pero que después dio señales discordantes en las que parecía apoyar la iniciativa oficial. Por otro lado, Grupo Televisa y Televisión Azteca han influido en el proceso parlamentario a través de legisladores afines a su causa. En la opinión pública se han ventilado abiertamente a los diputados y senadores que integran la “telebancada”, legisladores que en el pasado fueron parte de la nómina de estas empresas televisivas o que tienen evidentes intereses para favorecerlas.[6] En el terreno legislativo es claro que las televisoras han logrado tener más victorias que las empresas del Grupo Carso.

Sin embargo, la guerra no solo se ha disputado en el terreno de lo político. Los dos grandes monopolios del país también combaten en el terreno jurídico y mutuamente se han acusado de monopolizar el sector.[7] Por un lado Televisa señala que Telmex y Telcel son un monopolio en la telefonía celular. Aunque hay otras compañías que operan en México, las empresas de Carlos Slim son un monopolio en tanto que poseen la estructura para que la comunicación ocurra. Dicho de otro modo: quienes ofrecen telefonía celular en el país tienen que usar la red de Grupo Carso para dar el servicio y por tanto, pagar el uso que hacen de la red. Lo lógico sería que cada empresa desarrollara su propia estructura comunicativa. Sin embargo estos desarrollos son tan costosos que pocos empresarios tienen la capacidad de hacerlos. Televisa podría llevarlo a cabo, pero para ello requiere destruir o al menos diluir el monopolio del señor Slim. Por su parte, Slim acusa a Televisa de monopolizar el sector televisivo, lo cual también es cierto y hay evidencias abundantes que lo comprueban: controla 57% de las frecuencias comerciales de televisión del país, posee tres de las cinco cadenas nacionales de televisión y ostenta el 70% de la audiencia televisiva.[8] Desde hace años Grupo Carso ha solicitado la ampliación de su concesión para poder dar servicios de televisión, la cual le ha sido negado por el gobierno mexicano.

En el rubro económico ocurren otras batallas interesantes. En este terreno, sin duda, Carlos Slim lleva ventaja frente a Televisa. Al respecto vale la pena recordar que aunque Televisa es una de las empresas televisivas más importantes del mundo, la fortuna de Carlos Slim es treinta veces superior que la de Emilio Azcárraga. Por ello, durante los últimos meses las empresas de Grupo Carso han manejado discrecionalmente su presupuesto publicitario, afectando en muchas ocasiones los ingresos de las televisoras. Además, Slim se decidió a invertir en el León y el Pachuca, dos escuadras de la primera división del futbol mexicano y terminó los contratos que estos equipos tenían con las televisoras para transmitir los partidos en vivo.[9] Por si esto fuera poco, este empresario compró los derechos televisivos de las Olimpiadas de Invierno en Sochi (Rusia) y cedió los derechos de transmisión al Canal 22; también se hizo de los derechos de transmisión de las Olimpiadas de Verano en Río de Janeiro 2016 y está por verse si Televisa y Televisión Azteca le comprarán los derechos de transmisión.[10]

Conclusiones: reajustes del sistema global de comunicación

Luego de un análisis de los actores y los escenarios de la guerra de las telecomunicaciones, el análisis de coyuntura se cierra a través de preguntas que orienten una interpretación del caso. ¿Qué significa la guerra de las telecomunicaciones? ¿Estamos ante la recomposición del modelo del sistema de comunicación mexicano o ante su transformación radical? Aunque la guerra todavía no concluye, es claro que estamos ante un reajuste del modelo, no ante una transformación que sugiera un replanteamiento creativo sobre los sistemas que usamos para comunicarnos, o una transformación de los equilibrios de poder que encarnan la construcción y reproducción de los sistemas comunicativos. Los ajustes en las reglas del juego de las telecomunicaciones están encaminados a que sus actores dominantes puedan seguir trabajando en un contexto de convergencia tecnológica y de globalización de las industrias culturales.

Lejos estamos de tener un nuevo sistema de comunicación en el que los ciudadanos, no los consumidores, estén en el centro de la discusión. El acierto de Peña Nieto y su equipo ha sido la construcción de una narrativa política y periodística, en la que el Estado se coloca por encima de los intereses empresariales, al menos por ahora. El Presidente logró sentar a la mesa a dos bravos mastines y convencerlos de que su predominancia solamente podía estar asegurada si cedían en la actualización de las reglas de un juego que se volvió global. Estas nuevas reglas marcan la actualización de aquellas que fueron establecidas al concluir la Revolución Mexicana y a finales de los años ochenta, cuando tomaron el poder los gobiernos neoliberales. Televisa no podía seguir compitiendo con el modelo de negocios de “Siempre en Domingo” o transmitiendo los juegos de futbol del equipo América. Carlos Slim sabe que a Telmex le queda poco tiempo de vida en su versión original, pues es evidente que cada vez menos personas deciden contratar servicios de telefonía fija. El monopolio y duopolio pasarán a ser parte de una industria oligopólica que probablemente generará mejores servicios comunicativos para los mexicanos y con precios más competitivos.

Las ganancias de estos movimientos son importantes. Luego de un siglo XX en el que México vivió bajo un régimen semi-autoritario donde proliferaron monopolios públicos y privados y que en muchos casos dieron malos servicios a los ciudadanos, los cambios que ha traído la guerra de las telecomunicaciones no son del todo negativos. La transformación más importante será una significativa erosión del poder cultural de Televisa. Durante cincuenta años esta empresa fue la industria cultural más importante de México, ahí se crearon muchos de los mitos culturales del país y buena parte de la población se informó a través de sus noticiarios. Aunque la diversificación en la estructura de propiedad no implica, per se, que habrá mejores contenidos, sí habrá una disminución en el poder cultural de Televisa porque los mexicanos tendrán otras opciones para informarse y entretenerse. Por otro lado, los saldos de la guerra también auguran que habrá mayor competencia en el sector de las telecomunicaciones (telefonía, datos, Internet), lo que en teoría deberá generar mejores servicios. El crecimiento de la red de internet, así como de la alfabetización digital entre la población, pueden ser elementos que aporten significativamente a la vida política y cultural del país. Estas dos transformaciones serán importantes para el desarrollo de la democracia mexicana, aunque sus efectos no se observarán de forma inmediata.

Sin embargo, insisto, estos avances son producto de un ajuste, de un proceso de adaptación del sistema de comunicación mexicano a un sistema global de comunicación, especialmente ante las transformaciones de una economía que exige nuevas formas de producción, circulación y consumo de bienes y servicios. Esta nueva economía, a diferencia de otras etapas del capitalismo, tiene como base la comunicación y exige recambios en sus formas de operación. La verdadera transformación histórica no es la del sistema de comunicación, sino la integración de México a una siguiente etapa en el proceso histórico del capitalismo. En un análisis similar, pero de una etapa anterior, Manuel Martín Serrano explicó que las revoluciones sociales de finales de los sesenta no solo fueron progresistas: “Al tiempo eran necesarias y funcionales para que el modo de producción capitalista siguiese su proceso histórico. Han servido para que las sociedades más desarrolladas se desprendiesen de sus tradiciones y valores propios de la era industrial, que se habían convertido en trabas para la expansión del monopolio a escala global”.[11] De la misma forma, el capitalismo post industrial es incompatible con el modelo autoritario bajo el cual nació Televisa, incompatible también con los prolegómenos neoliberales que dieron vida a Telmex durante el régimen salinista. Prueba de estas transformaciones, por ejemplo, es la reciente revelación de las negociaciones que diversos países del mundo están teniendo, México incluido, para la firma de un tratado global en el que se aliente y dé preferencia a la privatización transnacional de servicios como la salud, la educación o telecomunicaciones.[12]

Ante este escenario, las teorías y análisis críticos, como el que propone la economía política de la comunicación son más pertinentes que nunca, pues existe el riesgo de concentrar la mirada tan solo en los avances y logros de la comunicación humana mediada por la tecnología. Podemos maravillarnos ante las posibilidades que tenemos para estar permanentemente conectados a una red informativa, prácticamente en cualquier lugar y a cualquier hora. Actualmente una parte de la humanidad tiene libertad para hacer política, consumir y socializar a través de la redes de comunicación. Sin embargo no deja de ser paradójico que los avances en la comunicación entre las personas impliquen la elevación de sus costos de producción y de consumo. Tenemos mejores formas de comunicarnos, pero más caras. Hace cien años las personas no tenían que gastar en de teléfonos inteligentes, conexión a internet o servicios de televisión. Muchas de las redes de comunicación, como los ferrocarriles, estaban controladas por las Estados. En tiempos actuales, los productos y servicios comunicativos son fabulosos, pero cuestan y son administrados por entidades privadas. La libertad y la facilidad que tenemos para comunicarnos está construida sobre una estructura que tiene un dueño.

El estudio y análisis de quiénes son los propietarios de estas redes de comunicación, no nada más es importante para señalar la concentración de poder en unos cuantos individuos, también vale para preguntarnos ¿qué ideas y formas de organización política, social y económica promueven estas elites sociales? La la guerra de las telecomunicaciones es una coyuntura relevante porque no solo demuestra las transformaciones o estabilidades del sistema de comunicación en México, sino porque a través de ella se pueden observar cómo se condensan otros procesos más generales, como la transformación económica, política e ideológica de los Estados contemporáneos. En sus ensayos sobre el Estado, Octavio Paz decía que “los liberales creían que, gracias al desarrollo de la libre empresa, florecería la sociedad civil y, simultáneamente, la función del Estado se reduciría a la de simple supervisor de la evolución espontánea de la humanidad”.[13] En una versión mucho más radical, el motor de las transformaciones de nuestro entorno parte de una ideología neoliberal en donde el Estado sigue siendo muy importante porque es el encargado de vigilar las reglas de operación de los sistemas políticos y sociales. Esta vigilancia se inserta en una lógica en donde el mercado es el que, teóricamente, asegura el desarrollo de las libertades y derechos, ya no de los ciudadanos, sino de los consumidores.

La guerra por las telecomunicaciones nos enseña que la integración de México al mundo post industrial ha sido la historia de un testigo (ahora más democrático en sus formas), que observa la mercantilización comunicativa de su entorno. Lejos estamos de una historia en la que México proponga nuevas estructuras y formas de la comunicación a través de la generación de una legislación vanguardista, de la desconcentración del control y la propiedad de los medios, de la innovación tecnológica propia o del uso y consumo crítico de los recursos comunicacionales.

Este artículo fue publicado en la revista Análisis Plural. Para descargar el original, pulsa aquí.

Larrosa-Fuentes, J. S. (2014). La lucha por las telecomunicaciones en México II: la integración al mundo postindustrial. Análisis Plural, 141–152.

 

Bibliografía

Castells, Manuel. Communication Power. New York: Oxford University Press, 2009.

González Amador, Roberto, y Miriam Posada García. “Tratos sigilosos.” La Jornada. Junio 21, 2014. http://www.jornada.unam.mx/2014/06/20/politica/002n1pol.

Granados Chapa, Miguel Ángel. “Guerra en telecomunicaciones.” Reforma. Febrero 17, 2011, sec. Primera.

Huerta-Wong, Juan Enrique, and Rodrigo Gómez García. “Concentración y diversidad de los medios de comunicación y las telecomunicaciones en México.” Comunicación y Sociedad 19 (2013): 113–52.

Jensen, Klaus Bruhn. Media Convergence: The Three Degrees of Network, Mass, and Interpersonal Communication. London; New York: Routledge, 2010.

Larrosa-Fuentes, Juan S. “La lucha por las telecomunicaciones en México: una disputa en contra de los viejos modelos políticos y económicos.” Análisis Plural, 2011, 56–72.

Martín Serrano, Manuel. La mediación social. Madrid: Ediciones AKAL, 2008.

Martínez, Carla. “Saca Slim vuelta a televisoras.” El Norte. Enero 22, 2013, sec. Negocios.

Moctezuma, Regina. “Por qué pelean, por qué ahora y por qué es la lucha decisiva” Expansión 42, no. 1062 (2011): 38–46.

Paláu Cardona, Sofía, y  Larrosa-Fuentes, J. (2014). Manual para la observación de medios. Guadalajara: ITESO, Departamento de Estudios Socioculturales.

Paz, Octavio. “El ogro filantrópico.” Vuelta, (Confrontaciones, no. 21, Agosto 1978).

Salazar, Claudia. “Mantiene telebancada disciplina.” Reforma. Mazo 23, 2013, sec. Nacional.

Sánchez, Cristina. “Sochi 2014, el primer éxito de América Móvil.” El Economista. Marzo 4, 2014.

Trejo Delarbre, Raúl. “Menos poder a los viejos consorcios, más pluralidad de medios en México.” El País. Marzo 12, 2013. http://elpais.com/elpais/2013/03/12/opinion/1363057518_532970.html.

Trejo Delarbre, Raúl. “Televisa: Viejas Prácticas, Nuevo Entorno.” Nueva Sociedad, no. 249 (2014): 149–62. http://www.nuso.org/upload/articulos/4010_1.pdf.

Notas

[1] El presente artículo es una extensión de otro, también publicado en esta revista. Ver: Juan S. Larrosa-Fuentes, “La lucha por las telecomunicaciones en México: una disputa en contra de los viejos modelos políticos y económicos,” Análisis Plural, 2011, 56–72.

[2] Manuel Castells, Communication Power (New York: Oxford University Press, 2009); Klaus Bruhn Jensen, Media Convergence: The Three Degrees of Network, Mass, and Interpersonal Communication (London; New York: Routledge, 2010).

[3] Regina Moctezuma, “Por qué pelean, por qué ahora y por qué es la lucha decisiva” Expansión 42, no. 1062 (2011): 38–46; Miguel Ángel Granados Chapa, “Guerra en telecomunicaciones,” Reforma, Febrero 17, 2011, sec. Primera.

[4] El concepto de “sistema de comunicación” en este caso lo entiendo como un conjunto de estructuras comunicativas, estructuradas por tecnologías de comunicación (prensa, radio, televisión, Internet, satélites), que operan en un mismo tiempo (siglo XXI) y espacio (México). Ver: Sofía Paláu Cardona and Juan S. Larrosa-Fuentes, Manual Para La Observación de Medios (Guadalajara: ITESO, Departamento de Estudios Socioculturales, En prensa).

[5] Raúl Trejo Delarbre, “Menos poder a los viejos consorcios, más pluralidad de medios en México,” El País, Marzo 12, 2013, http://elpais.com/elpais/2013/03/12/opinion/1363057518_532970.html.

[6] Claudia Salazar, “Mantiene telebancada disciplina,” Reforma, Marzo 23, 2013, sec. Nacional.

[7] Para leer un estudio que explica, a través de datos cuantitativos, y no de opiniones, la concentración y monopolización del sistema de comunicación en México, ver: Juan Enrique Huerta-Wong y Rodrigo Gómez García, “Concentración y diversidad de los medios de comunicación y las telecomunicaciones en México,” Comunicación y Sociedad 19 (2013): 113–52.

[8] Raúl Trejo Delarbre, “Televisa: viejas prácticas, nuevo entorno,” Nueva Sociedad, no. 249 (2014): 151, http://www.nuso.org/upload/articulos/4010_1.pdf.

[9] Carla Martínez, “Saca Slim vuelta a televisoras,” El Norte, Enero 22, 2013, sec. Negocios.

[10] Cristina Sánchez, “Sochi 2014, el primer éxito de América Móvil,” El Economista, Marzo 4, 2014.

[11] Manuel Martín Serrano, La mediación social (Madrid: Ediciones AKAL, 2008), 16.

[12] Roberto González Amador y Miriam Posada García, “Tratos sigilosos,” La Jornada, Junio 21, 2014, http://www.jornada.unam.mx/2014/06/20/politica/002n1pol.

[13] Octavio Paz, “El ogro filantrópico,” Vuelta, (Confrontaciones, no. 21, Agosto 1978): 38.

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Televisa, el cebo envenenado

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (21 de julio de 2014)

De forma intencional esperé hasta los últimos minutos del partido para dar mis comentarios sobre las reformas en materia de telecomunicaciones y radiodifusión en México. Aunque este partido todavía no termina y se puede ir a tiempos extra, pues se plantea la posibilidad de combatir las nuevas legislaciones a través de un recurso de inconstitucionalidad ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, lo cierto es que estamos ante las reglas y jugadores que estructurarán los distintos sistemas de comunicación en México durante los siguientes años. Como alguien que busca analizar críticamente la comunicación, me parece que las reformas están muy lejos de generar un nuevo sistema de comunicación que garantice y tutele derechos a los ciudadanos. Al final de todo este proceso queda un sentimiento de decepción ante la nuevas reglas de la comunicación en México, especialmente porque no suponen una transformación radical del sistema. Hay muchas cosas por analizar y en este espacio me gustaría referirme a los que considero tres errores analíticos del sector que históricamente ha observado críticamente el tema de la comunicación en México, sector en el que me incluyo.

La reformas sobre la comunicación llegaron de la mano del “Pacto por México”, que fue un acuerdo entre los partidos políticos más importantes del país para sacar una serie de reformas legislativas. En buena medida, las reformas en comunicación se deben a este acuerdo. Sin embargo, el “Pacto por México”, aunque importante, es insuficiente para entender por qué se hicieron estas reformas. El “Pacto por México” funcionó como una actualización y reajuste de distintas estructuras políticas, no como una transformación radical de la estructura política del país, a través, por ejemplo, de una nueva Constitución. En el caso de la comunicación el reajuste no ocurrió exclusivamente por los avances democráticos del país, sino por la necesidad que tenía el sistema de comunicación de adaptarse e integrarse a un sistema global de telecomunicaciones que opera bajo la organización del modelo democrático liberal y en un sistema capitalista. Los grupos empresariales de la comunicación en México, aunque renuentes al cambio, no podían seguir operando sus negocios con reglas del siglo XX. Aunque en el debate mexicano parecían lejanos, los temas de espionaje en Europa o de la neutralidad de la red en Estados Unidos, también estuvieron entre las fuerzas que desencadenaron las reformas mexicanas. Esto llevó a que el debate sobre las telecomunicaciones careciera de una perspectiva global, pues estuvo centrado en la política doméstica, pero especialmente este enfoque no previó cómo es que México participará o combatirá los cambios en el sistema de comunicación que exige el capitalismo post industrial.

Otro error analítico fue señalar que la reforma en telecomunicaciones fue reaccionaria y que estamos retrocediendo al reloj histórico a los años sesenta cuando Televisa se convirtió legalmente en el monopolio de la radiodifusión en México. La reforma no es reaccionaria, pues lo que hizo fue actualizar las reglas del juego de la comunicación en el contexto del sistema político y económico en el que vivimos. Las nuevas reformas legales establecen una base para que exista un sistema de comunicación oligopólico en donde diversas empresas competirán por le mercado de la radiodifusión y las telecomunicaciones. Así es como opera el sistema de comunicación en Estados Unidos y así es como poco a poco se han ido transformando los sistemas de comunicación en Europa. ¿Las reformas podrían haber sido más severas para Televisa? Sí, sin duda. Pero quien crea que Televisa será la empresa monopólica que dominó el mercado mexicano en el siglo pasado, me parece que está en un grave error. Esto no quiere decir que Televisa vaya a desaparecer, o que vaya a dejar de ser una empresa poderosa. Esto quiere decir que Televisa ya no volverá a tener la posibilidad de transmitir el único noticiario de televisión por las noches, tampoco volverá a tener en Siempre en Domingo y en el Chavo del Ocho el control de la producción de la cultura popular masiva del país. Argumentar que se está repitiendo la historia es prescindir de un análisis de la actualidad de los sistemas políticos y económicos de México, pero también del mundo.

En los debates que hemos visto en los últimos meses Televisa estuvo en el centro de la discusión. Esta situación tuvo un efecto perverso, pues la obsesión con Televisa envenenó al sector crítico con las pócima del maniqueísmo y la monomanía. Los “regalos a Televisa”, que muchos de ellos son reales, acapararon la discusión pública. Pero al orientar toda la discusión hacia Televisa se esfumaron las posibilidades de pensar en transformaciones radicales del sistema de comunicación. Un sistema de comunicación con nuevas reglas de organización política; un sistema de comunicación que ponga por encima los derechos de los ciudadanos, no de los empresarios; un sistema de comunicación que nazca de la discusión de un país multicultural, no creado desde una oficina de Santa Fe en la ciudad de México; un sistema de comunicación que pueda proponer el desarrollo de una tecnología propia. Estas ideas no necesariamente habrían transformado todo el sistema, pero al menos sí podrían haber aportado algún elemento novedoso, como recientemente ocurrió con la promulgación de una ley sobre Internet en Brasil, o como ocurrió en Argentina, en donde crearon un sistema de propiedad de los medios que limita la privada frente a otros tipos de propiedad.

La reforma a las telecomunicaciones ajusta las reglas para que en México tengamos un sistema de comunicación que no sea visto con desprecio en el mundo de la globalización y la convergencia tecnológica. La reforma traerá beneficios como servicios de telecomunicaciones de mejor calidad y más baratos. Existirán más opciones televisivas, aunque esto no garantiza mejores contenidos. Sin embargo nuestro país no será un ejemplo de cómo crear un sistema de comunicación de avanzada. Así las cosas, mal haremos en seguir por la senda del maniqueísmo y la monomanía. Televisa no puede quitarnos, también, el sentido crítico y creativo para pensar la comunicación. A veces y aunque parezca contradictorio, la crítica también es reaccionaria.

 

Este artículo fue publicado el 21 de julio de 2014 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

Esta versión del artículo no es la misma que presenté en el programa radiofónico. Esta versión tiene ediciones significativas a las ideas y argumentos de su versión original.

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Alargaron la telenovela: no se pierda la tercera temporada de la Guerra de las Telecomunicaciones en México

Por Juan S. Larrosa- Fuentes (31 de marzo de 2014)

Aunque muchos todavía estábamos reacios a creerlo, los signos indicaban que luego de una reforma constitucional, la Guerra de las Telecomunicaciones estaba llegando a su fin. El resultado de esa reforma fue histórico, pues implicaba el reordenamiento del sector y la desconcentración de la propiedad y los contenidos de la televisión y las telecomunicaciones. Si bien la reforma constitucional no llegó a ser vanguardista, pues simplemente actualizó las reglas de un juego que devendría en un oligopolio, sí tuvo la virtud de poner sobre la mesa la posibilidad de diluir el poder político y económico de las fuerzas monopólicas en México. El ajuste legal tuvo un gran peso simbólico, pues daba una estocada en el corazón a Televisa, una empresa que produjo y gestionó buena parte de la información y la cultura popular que en México se consumió durante el siglo XX. Sin embargo, los signos del fin de la Guerra de las Telecomunicaciones se desvanecen y parece ser que, así como en las telenovelas en donde los guionistas pueden cortar o alargar impunemente el melodrama, todavía no se le ve el fin a esta disputa por la comunicación en México.

¿En dónde se atoró la telenovela? Como bien lo dijo en su momento Aleida Calleja, la reforma constitucional fue un avance histórico, pero a su juicio, la “madre de todas las batallas” vendría con la legislación secundaria, pues los magnates de la comunicación buscarían hacer hasta lo imposible con tal de recuperar su poder. No se equivocó, sin embargo, lo que pocos esperaron es que fuera el propio gobierno quien, luego de impulsar la reforma, diera un golpe de timón para fortalecerse a través de la legislación secundaria. La iniciativa de ley que elaboró el equipo de Peña Nieto es reaccionaria, pues busca que el Gobierno Federal concentre el poder en el campo de la comunicación. De aprobarse esta iniciativa estaríamos ante un cambio que desconcentra el poder del sector privado y lo concentra en el sector público. No supone un equilibrio, sino un nuevo desbalance de poder.

El debate jurídico es sumamente complejo, pues se desenvuelve a través de una jerga a veces inaccesible para quienes no somos expertos. Lo importante es entender que la reforma constitucional dotó a los mexicanos de ciertos derechos, los cuales deben materializarse a través de una ley que reglamente estos derechos. Lo que ahora está en disputa es la materialización de estos derechos. La iniciativa de ley que Enrique Peña Nieto envió al Senado de la República con cuatro meses de retraso, es una contrarreforma porque desapareció el concepto de “servicio público”, lo cual atenta en contra de los derechos de las audiencias; porque no hay límites a la concentración de frecuencias; y porque destruye la autonomía del Instituto Federal de Telecomunicaciones, ya que en la propuesta peñanietista la Secretaría de Gobernación tiene atribuciones para modificar las decisiones y el funcionamiento del IFETEL. En pocas palabras, esta propuesta, que no corresponde al espíritu de la reforma constitucional, no ve por los derechos de las audiencias y por otro lado, busca restaurar el poder que el Estado mexicano perdió en el sector hace varias décadas. Si esta ley se aprueba, no son pocas las voces que señalan que el desenlace puede llegar hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en donde se tendría que decidir sobre la constitucionalidad de esta propuesta.

Como decía, el debate es intenso. Recomiendo a los lectores y radioescuchas que sigan los textos de Fernando Mejía Barquera, Raúl Trejo Delarbre, Gabriel Sosa Plata o Irene Levy, tan solo por citar a algunos de los expertos que en México tenemos en torno a este tema. Pero más allá de la discusión jurídica, técnica y política, que es muy importante, ¿ante qué estamos? ¿Qué podemos interpretar de la vida pública y cultural de México frente a estos reacomodos? ¿Por qué el gobierno priísta primero dio señales de una reforma neoliberal y después propone un modelo en donde el Estado tiene un poder autoritario y no democrático? Las respuestas a estas preguntas las podemos encontrar en la historia de cómo se construyeron los sistemas de comunicación en nuestro país. El choque entre Emilio Azcárraga y Carlos Slim, entre Televisa y Telmex, es muy significativo en términos de la narrativa política mexicana. En un artículo anterior analicé, con mayor profundidad, cómo es que estos dos emporios se construyeron. El primero, el de Televisa, se edificó como producto de la Revolución Mexicana, la cual buscó desarrollar la economía del país privilegiando a una nueva burguesía en un sistema capitalista altamente regulado por el Estado, lo que propició la formación de monopolios al servicio del poder político. El segundo, el de Telmex, fue el resultado de la transformación mexicana hacia el modelo neoliberal durante la década de los noventa, cuando, entre otras cosas, el Estado mexicano se deshizo de más de mil empresas paraestatales. Ambos modelos se construyeron bajo gobiernos priístas, y ahora, ambos están en pleno enfrentamiento.

Sin duda, las señales del conflicto en torno a la “ley secundaria” son confusas. Peña Nieto llegó fuertemente cuestionado a la presidencia por su relación con Televisa. Después hubo un rompimiento o al menos distanciamiento político entre Televisa y el gobierno, al aprobarse las reformas constitucionales. Ahora se dio un tercer movimiento, en el cual el gobierno busca colocarse por encima de todos los jugadores. La oportunidad de crear un sistema de comunicación plural, diverso, democrático y que tenga como principal interés tutelar el derecho a la información y comunicación de los mexicanos, ya pasó. La reforma constitucional actualizó el modelo de comunicación mexicano en términos de una democracia que busca jugar bajo las reglas del capitalismo contemporáneo. En términos reales, la actualización del modelo significó un gran avance. Sin embargo, ahora estamos ante la posibilidad de regresar las manecillas del reloj a 1960, cuando se aprobó la primera Ley Federal de Radio y Televisión, que en su momento dio un gran poder al gobierno y posibilitó la formación del monopolio televisivo. Muchos se han preguntado qué significa el regreso del PRI al poder y qué consecuencias ha traído. Aquí hay un claro ejemplo. Vemos a un PRI que camina en la senda neoliberal, pero que al mismo tiempo recuerda nostálgicamente el modelo semi-autoritario que encabezó durante buena parte del siglo XX. Esta esquizofrenia ideológica hace difícil prever en qué terminará el culebrón.

No obstante, no todo está perdido. La oposición política, que es pequeña y fragmentada, buscará descarrilar la propuesta de ley. Por otro lado, movimientos ciudadanos están organizándose para combatir la contrarreforma peñanietista. Es difícil saber si estos contrapesos serán suficientes, pero al menos serán una voz crítica dentro de la trama que enmarca la Guerra de las Telecomunicaciones en México.

Este artículo fue publicado el 30 de marzo de 2014 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. También fue publicado en el blog de la revista Nexoshttp://redaccion.nexos.com.mx/?p=6185

También puedes estar interesado en otros artículos que he escrito al respecto:

  1. Larrosa-Fuentes, Juan S. (2010a). Una larga transición democrática: el caso de la televisión mexicana. Sistema Autorreferencial. Recuperado de  https://autorreferencial.wordpress.com/2010/04/19/una-larga-transicion-democratica-el-caso-de-la-television-mexicana/
  2. Larrosa-Fuentes, Juan S. (2013). El fin de la guerra de las telecomunicaciones o el reacomodo de una industria trasnacional. Sistema Autorreferencial. Recuperado de https://autorreferencial.wordpress.com/2013/04/08/el-fin-de-la-guerra-de-las-telecomunicaciones-o-el-reacomodo-de-una-industria-trasnacional/
  3. Larrosa-Fuentes, J. S. (2011). La lucha por las telecomunicaciones en México: una disputa en contra de los viejos modelos políticos y económicos. ITESO. Recuperado de http://rei.iteso.mx/handle/11117/729
  4. Larrosa-Fuentes, Juan S. (2010b). La “Licitación 21”: hacia la (re) consolidación del sistema de comunicación mexicano. Sistema Autorreferencial. Recuperado de https://autorreferencial.wordpress.com/2010/09/06/la-%e2%80%98licitacion-21%e2%80%99-hacia-la-re-consolidacion-del-sistema-de-comunicacion-mexicano/

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