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Imágenes, periodismo y memoria colectiva: Ayotzinapa y el 68

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (13 de octubre de 2014)

Hace un par de años un especialista en análisis visual me explicó que la mejor forma de evaluar un video era observar exclusivamente sus imágenes y cancelar el sonido. Al ver el video sin sonido queda al descubierto la narrativa y las imágenes que lo conforman, por lo que resulta más sencillo descubrir algunos significados que de otra forma pasan desapercibidos. Las imágenes son muy poderosas porque rápidamente se archivan en nuestra mente y van construyendo nuestra memoria. Esto no quiere decir que todas las imágenes a las que estamos expuestos se conviertan automáticamente en memoria o que no tengamos poder de discernimiento sobre qué nos gusta o no nos gusta, o sobre qué queremos guardar y qué no. Sin embargo, pensamos y recordamos a través de imágenes que poco a poco van formando historias. Estas historias dan sentido a nuestra vida individual y colectiva. Al igual que los videos, las fotografías que se publican en la prensa escrita van creando narraciones de lo que, en palabras de Miguel Ángel Bastenier, estalla e irrumpe en el encefalograma de la vida cotidiana. Ante el horror en el que ha vivido México en las últimas semanas, las imágenes que se han publicado en la prensa nacional dicen mucho sobre la memoria social de nuestro país.

Trabajo del caricaturista "Cucho".

Trabajo del caricaturista “Cucho”.

El caso de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa es uno de los capítulos más terribles de la violencia en México, el cual ha sido ampliamente reportado en la prensa nacional. ¿Qué narración generan las fotografías publicadas en las primeras planas de diarios como Reforma, El Universal, Excélsior, Milenio y La Jornada? ¿Qué historia cuentan? Si se excluyen las fotografías de temas internacionales, espectáculos y deportes, durante las últimas dos semanas estos periódicos contaron la historia del movimiento estudiantil del Politécnico que se manifestó en las calles de la capital del país y la del Secretario de Gobernación que salió a la calle para escucharlos. También se publicaron las imágenes de cuerpos abatidos por balas en Tlaya, donde 22 personas perdieron la vida. Días más tarde aparecieron las imágenes del sepelio de Raúl Álvarez Garín, líder del movimiento del 68 y más adelante, fotografías de las marchas que conmemoraron la matanza de Tlatelolco. Luego se publicaron imágenes del caso de Ayotzinapa: fotografías de estudiantes muertos y su sepelio, fotografías de estudiantes aventado piedras al congreso de Guerrero y de marchas en distintas ciudades de México en solidaridad con los estudiantes, fotografías del Ejército y de policías en búsqueda de los estudiantes y, finalmente, al presidente Peña Nieto y su equipo haciendo una declaración institucional sobre el caso. En medio de todas estas historias también aparecieron fotografías de la captura de dos importantes narcotraficantes.

Portada de Reforma

Portada de Reforma

La primera lectura que salta de estas fotografías es que México sigue en severos problemas en materia de seguridad pública. En menos de quince días se publicaron dos historias de asesinatos a estudiantes a manos de policías o militares y un caso de 43 estudiantes desaparecidos. Por ello, no es coincidencia que el gobierno federal haya querido contrarrestar mediáticamente estos casos. Por cada historia de asesinatos o desapariciones de estudiantes, emergió una historia sobre la captura de narcotraficantes. Hasta ahora, el gobierno de Peña Nieto había podido atenuar la publicación de historias relacionadas con la inseguridad pública que se vive en el país. Desde su llegada a la presidencia fue notable que las notas y fotografías relacionadas con estos temas disminuyeron en cantidad, al menos en la prensa de circulación nacional. No obstante, los índices relacionados con la inseguridad pública no han mejorado y en muchos casos han empeorado. Peña Nieto logró lo que Felipe Calderón nunca pudo: descentrar el tema de la violencia a través de una estrategia de relaciones públicas. Sin embargo, el gobierno federal no pudo atenuar la agenda mediática de las últimas semanas. Los casos de asesinatos y desapariciones en Guerrero son muestra del horror en el que vive México. Sin embargo, no son casos aislados y forman parte de los resultados destructivos de una guerra que en los últimos ocho años ha cobrado la vida de más de 130 mil personas.

Portada de La Jornada

Portada de La Jornada

Entonces, ¿qué fue lo que cambió en estas dos semanas? ¿Por qué el caso Ayotzinapa tomó tal relevancia? Octubre fue una bomba molotov directa a la memoria colectiva de México. Las fotografías publicadas en las primeras planas de los diarios narran historias de estudiantes muertos y desaparecidos, de estudiantes que salen a las calles a manifestarse, del fallecimiento de Raúl Álvarez Garín, líder estudiantil en 1968, y de una sociedad que conmemora públicamente una matanza de estudiantes que, medio siglo después, sigue sin tener una explicación oficial por parte del Estado mexicano. Es evidente que las historias de los estudiantes Guerrero se han enlazado con los recuerdos de la represión estudiantil de 1968. El caso de los estudiantes asesinados y desaparecidos indigna a los mexicanos porque recuerda que la matanza de Tlatelolco sigue siendo un proceso abierto y que no ha podido cerrarse a través del esclarecimiento de la verdad histórica y jurídica de los hechos. Las historias de Guerrero indignan a los mexicanos porque es muy probable que este nuevo episodio de agresiones a estudiantes se adhiera a una larga lista de casos no esclarecidos por la justicia mexicana.

Algunos historiadores nos han dicho que luego de la Revolución Mexicana, el Ejército se quedó en sus cuarteles y no buscó el poder. México destacó en Latinoamérica porque no hubo una dictadura. Al recordar el pasado mexicano no tenemos en la memoria social una dictadura, pero tampoco una democracia. Esta ambivalencia del régimen mexicano, que tuvo rasgos dictatoriales y democráticos a la vez, ha congelado nuestras fuerzas para llamar a cuentas a un Estado que sí fue autoritario y que cometió numerosos y violentos agravios en contra de la población mexicana. Son cuentas que nunca fueron saldadas, a diferencia de lo que pasó en países que vivieron bajo dictaduras militares. Ahora, cien años después de la Revolución, México es un país atorado en una transición política que ha demorado más de cuatro décadas y que vive un estado de guerra en algunas partes de su territorio. Las fotografías publicadas en la prensa nacional nos recuerdan que el “2 de octubre no se olvida”. En la memoria colectiva el 2 de octubre de 1968 sigue siendo un proceso abierto, y al que se le han ido sumando muchas otras matanzas y represiones. Las fotografías de los estudiantes volvieron a tocar un dolor en las profundidades de nuestra memoria colectiva.

Este artículo fue publicado el 13 de octubre de 2014 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

Si quieres ver todas las portadas de los diarios que analicé, visita el siguiente enlace: http://pageonex.com/juanelo80/ayotzinapa/

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El Chapo Guzmán, el mito

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (28 de abril de 2014)

Han pasado tres meses desde la captura de El Chapo Guzmán y todavía es poco lo que sabemos de él. A diferencia de otros delincuentes, el Chapo ocultó su vida del público. Por supuesto, hay mucho que se sabe de él, pero es notoria la ausencia de información que existe en torno a su figura. Desde que escapó de la cárcel de Puente Grande, el Chapo, voluntaria o involuntariamente comenzó a construir un mito que lo llevaría a ser calificado como el capo de la droga más poderoso del mundo, o el Bin Laden mexicano. En Amazon hay una veintena de libros que hablan de él, y en internet se pueden encontrar apenas unas cuantas fotografías suyas. Hay una serie de fotos que fueron hechas en 1993 cuando lo capturaron en Guatemala, en las que viste una chamarra y cachucha caquis que le quedan grandes, después hay otra de su licencia de conducir de California. En otra fotografía se le ve con un chaleco y cachucha azules y portando un cuerno de chivo. No hay entrevistas con el Chapo, a diferencia, por ejemplo, de la Tuta, quien ha participado en diversos medios de comunicación y reportajes. El Chapo se asemeja a Keyser Söze, el personaje que interpreta Kevin Spacey en la película Sospechosos comunes y que cuenta la historia de un criminal cuyo logro es convencer al mundo de su inexistencia.

La estrategia de altas dosis de silencio, aunque no haya sido planeada, logró generar una poderosa figura mítica del Chapo Guzmán. ¿Cómo se formó este mito durante los trece años que transcurrieron desde que escapó de Puente Grande hasta su reciente detención? Las canciones dedicadas al Chapo, sin duda, fueron una vía muy importante en este desarrollo. En una búsqueda “Chapo Guzmán + narcocorridos” en Google encontré casi 180 mil resultados, y la misma búsqueda en YouTube arrojó 23 mil videos relacionados. A reserva de que antropólogos y semiólogos lo hagan con mayor detenimiento, un lectura de las letras de los corridos dedicados al Chapo Guzmán pueden dar una idea cuáles son las características del mito que se ha generado en torno a él. En la canción “La cuna del Chapo Guzmán”, el grupo Las Fieraz describe que el narcotraficante nació en un pequeño poblado llamado “La Tuna”, ubicado en Badiraguato, Sinaloa y que durante su primeros años el capo fue un niño pobre, que vendía naranjas en el mercado y que era cuidado por su madre. “La Tuna” es un lugar que recurrentemente aparece en otros narcocorridos y marca el origen del Chapo. De sus raíces también destaca la ausencia de la figura del padre. En ninguna de las canciones que pude revisar se hace mención de la figura paterna e irónicamente, es recurrente que en las canciones se mencione al Chapo como el jefe y el padre de “todos” los traficantes.

En la mitología del Chapo, Sinaloa es el lugar en donde nacen los hombres valiente, bravos y aptos para ser parte del crimen organizado. En la mayoría de las canciones se hace referencia al sobrenombre de Chapo, que refiere a la baja estatura del capo. Las letras de las canciones juegan con esta idea y la transforman en una virtud, como Diego Rivas, quien dice que el Chapo: “Es bajito de estatura / pero su cerebro es grande y funcionando / macizo entre los macizos / y al que no le guste / pues no es de su bando”. En las canciones que se le dedican, el Chapo es visto como un hombre de trabajo, jovial, que le gustan las mujeres y a diferencia de las descripciones que hacen los narcocorridos de otros criminales, el Chapo no se le vincula tan intensamente con las fiestas, el uso de armas, o el consumo de alcohol y de drogas. Los Canelos de Durango escriben: “Joaquín lo era lo es y será / prófugo de la justicia / el señor de la montaña / también jefe en la ciudad / amigo del buen amigo / enemigo de enemigos / alegre y enamorado / así es lo era lo es y será”.

En la épica del Chapo, la fuga de Puente Grande marca una gran hazaña, la cual lo consagró en la cultura popular, como un criminal que pudo burlarse del Estado Mexicano, pero también de las autoridades de Estados Unidos. En las canciones se mencionan a presientes, como Vicente Fox o Felipe Calderón, quienes no pudieron detener a este criminal. Los Tucanes de Tijuana pregonan “La gente de Sinaloa / anota su primer gol / a la nueva presidencia / y al señor Vicente Fox / no se les hizo a los gringos / hacerle la extradición”. Por otro lado, en las letras de los narcocorridos se puede encontrar toda una genealogía de los criminales mexicanos, pues hablan de “El Padrino”, del “Mayo”, del “Azul” o del “Licenciado”, todos ellos sobrenombres de narcotraficantes.

Al respecto de la construcción de la imagen del Chapo a través de los narcocorridos hay mucho más que decir, no avanzo más por cuestiones de espacio. Sobre lo que hay que llamar la atención es que los narcocorridos funcionan como espacios de comunicación dentro de la cultura popular en México y en Estados Unidos. El poder de esta comunicación es que está construyendo una narcocultura que no está siendo combatida desde el terreno de las ideas (ver artículo “Guerra Cultural” de Sergio Aguayo). Y no está siendo combatida porque no hay un proyecto colectivo de país o de región que se anteponga claramente a esta narcocultura. Lo más alarmante, al menos desde mi perspectiva, es que esta cultura está asentada en una gramática neoliberal, en la cual es mejor ser un narcotraficante que una persona que vende naranjas en el mercado, es decir, el éxito a través del empoderamiento económico, pero sin ningún tipo de proyecto político de fondo.

El Estado mexicano nunca podrá contener la avalancha cultural del narco, a través de las balas, pues el narco usa las balas y la cultura para imponer su proyecto. Durante el sexenio de Felipe Calderón, la estrategia estuvo basada en altas dosis de propaganda gubernamental y de una constante recriminación a los medios por reportar información relacionada con el narco. Peña Nieto no cayó en el error de Calderón y disminuyó la estrategia propagandística, sin embargo ha hecho poco para intervenir en la guerra cultural. La dominación y el poder, ya lo dijo Gramsci hace muchos años, también pasan por la negociación cultural. En ese sentido, los narcocorridistas son los nuevos intelectuales orgánicos de lo que Rossana Reguillo ha nombrado la narco-máquina. Censurar los corridos u horrorizarnos ante ellos, no destruirán estos mitos. Esto da un norte importante en relación al narcotráfico en México: estamos no nada más ante el problema económico que se desprende de la venta de drogas, o ante un problema político sobre cómo se concibe el uso, consumo y la regulación de estupefacientes, estamos también ante una complicada realidad cultural.

Este artículo fue publicado el 28 de abril de 2014 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

Si estás interesado o interesada en el tema de narcocorridos y narco cultura, te recomiendo que visites el blog de Juan Carlos Ramírez Pimienta, el investigador que más ha trabajado el tema de narcocorridos: http://narcocorrido.wordpress.com 

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El montaje televisivo de Florence Cassez, o las relaciones entre la televisión y el poder II

Por Juan S. Larrosa-Fuentes

El 25 de marzo de 2012, es decir, hace casi un año, escribí para este espacio, el artículo “El montaje televisivo de Florence Cassez, o las relaciones entre la televisión y el poder”. En aquellos días la Suprema Corte de Justicia de la Nación discutía acerca del caso de la francesa y el tema estaba en los primeros lugares de la agenda mediática, tal como ocurrió en estos días. En el artículo argumenté la importancia de no perder de vista que el caso Cassez se desvirtuó, de origen, por la violación de los derechos humanos de una detenida, pero particularmente por un montaje televisivo que sirvió como base para construir una investigación en torno a un secuestro. Luego de revisar una buena cantidad de textos, lejos estoy de saber si esta mujer es o no culpable de lo que se le acusa y me parece que el caso, es prueba irrefutable del desastre en el que se encuentra el sistema de justicia mexicano; de lo nocivo que resultó parte de la estrategia de comunicación del gobierno encabezado por Felipe Calderón; pero particularmente prueba, una vez más, el poder político y cultural de la televisión.

Respecto de la fatalidad de nuestro sistema de justicia, abundaré poco, pues diversos especialistas como Miguel Carbonell o Guillermo Zepeda Lecuona, han profundizado en este tema con la seriedad que amerita. También es recomendable ver los documentales Presunto Culpable (2012) o El Túnel (2006), en los que se retrata este sistema de justicia infernal. Sobre el caso Cassez baste decir que tenemos policías y ministerios públicos tan corruptos e incompetentes, que muchos de ellos no son capaces de recolectar las pruebas necesarias que un juez requiere para procesar a un presunto criminal. Y cuando son incapaces de hacer este trabajo, utilizan estrategias muy conocidas para simular pruebas: testimonios recolectados a partir de tortura, expedición de documentos apócrifos, selección de culpables al azar o, por qué no, un montaje televisivo en el que se observe a un grupo de policías que rescatan a víctimas de un secuestro. El caso también evidencia un sistema judicial en el que los jueces lejos están de hacer su trabajo, desde una perspectiva garantista de derechos humanos.

 

Por otra parte, vale la pena pensar el caso Cassez en el contexto de la política de comunicación de la administración federal que recién concluyó en diciembre pasado. La importancia que los gobiernos panistas le otorgaron a la comunicación es muy evidente y se puede observar en la cantidad de recursos, humanos y económicos, que dedicaron a la construcción de oficinas de comunicación social, al gasto en campañas de publicidad o en las relaciones que mantuvieron con los empresarios del sector audiovisual y de las telecomunicaciones. En particular, para Felipe Calderón fue muy importante comunicar que encabezó un gobierno que trabajó exitosamente en restaurar la seguridad pública de México. El grave problema fue que diseñó una estrategia de comunicación de algo que no se correspondía con la realidad. Él y su equipo buscaron simular que estaban trabajando exitosamente y para ello decidieron hacer montajes para la televisión, como fue el caso Cassez, aunque no fue el único, vale recordar que ocurrió lo mismo cuando liberaron al entrenador de futbol Rubén Omar Romano. Además inundaron la radio y la televisión de anuncios en los que presumían la captura de tal o cual capo; gastaron más de cien millones de pesos en la producción de “El Equipo”, una serie de televisión en donde los protagonistas era un grupo de Policías Federales profesionales y nada corruptos; y el Presidente apareció, cándidamente, como conductor de un programa de viajes, “The Royal Tour”, en donde presentaba a México como un destino turístico seguro y placentero. Mientras tanto, distintas partes del territorio nacional se volvieron ingobernables, debido al crecimiento del crimen organizado. La simulación, a través de distintas redes de comunicación, fue privilegiada entre todo lo demás. La lógica indicaría que primero se actúa y luego se comunica; en México ocurrió lo contrario: se comunicó para simular la actuación.

Y en el caso Cassez, además de sistemas de justicia inoperantes y de funcionarios públicos que prefieren la simulación frente a la performatividad, también falta mencionar la responsabilidad que tuvo la televisión. Durante el fin de semana que acaba de terminar, volví a ver Wag the dog (1997), una película de Barry Levinson e interpretada, entre otros actores, por Robert De Niro y Dustin Hoffman. El argumento central de la película es que en Estados Unidos están a quince días de las elecciones y el presidente en turno, que busca la reelección, es acusado de acoso sexual por una niña. Los asesores del presidente buscan desesperadamente crear una serie de distractores o cortinas de humo, que logren que los electores olviden el tema del acoso sexual y voten una vez más por el presidente. Para lograr tal hazaña, contratan a un productor de Hollywood e inventan una serie de noticias faslas, las cuales logran desvanecer el tema del acoso sexual. Entre otras cosas inventan una guerra en contra de Albania y logran que las audiencias crean en la mentira, a través de una cuidada simulación televisiva.

 

Al igual que en Wag the dog, el caso Cassez vuelve a ser una prueba empírica del poder que ejerce la televisión en nuestro país. El secuestro es un crimen bastante común en México, sin embargo, son muy pocos los casos que merecen la publicidad que recibió Cassez. El caso de la francesa fue relevante porque fue producido para la televisión, fue dotado de todas las características que hacen interesante un relato audiovisual contemporáneo: fue en vivo y con un alto contenido de drama. En la narración, no queda lugar a dudas de quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Al ver tales imágenes no se necesitan pruebas ni jueces para saber que ella es culpable y que ellos, los policías, en el cumplimiento de su deber, son los buenos. Y este montaje fue transmitido por las pantallas de Televisa, la red de comunicación más poderosa del país, pues tiene un potencial de penetración a más de 90% de las casas mexicanas.

Aunque hace unos días Loret de Mola se haya disculpado ante su audiencia, señalando que la transmisión que realizaron hace siete años es falsa, el efecto es irreversible: el caso Cassez está instalado en la mente de la mayoría de los mexicanos a partir del tristemente célebre montaje. Esto se puede corroborar a través de la reciente encuesta que publicó Grupo Reforma (24 de enero de 2013), en donde se dice que 73% de los mexicanos cree que Florence es culpable, o de otro ejercicio demoscópico patrocinado hace un año, en el que 65% de los mexicanos daba por culpable a la francesa (Milenio, 20 de marzo de 2012). Esta inclinación por creer sobre la culpabilidad de la francesa está basada en una narración televisiva y no en un proceso judicial público, abierto, transparente.

Este artículo fue publicado el 28 de enero de 2013 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

La primera parte de este artículo, la puedes encontrar en “El montaje televisivo de Florence Cassez, o las relaciones entre la televisión y el poder“.

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