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El desastroso y pernicioso modelo de negocios de La Jornada Jalisco

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (18 de enero de 2016)

El 13 de diciembre de 2015, luego de casi diez años de trabajo, La Jornada Jalisco dejó de circular en Guadalajara. Unos días antes, el 11 de diciembre, La Jornada nacional publicó un escueto comunicado en el que señalaba que se rescindía el contrato a través del cual se permitía que la Editora de Medios de Michoacán imprimiera y comercializara los diarios La Jornada Michoacán y La Jornada Jalisco. Cuatro días más tarde, el 15 de diciembre, La Jornada publicó un editorial titulado “Sobre La Jornada Michoacán y La Jornada Jalisco”, dirigido a sus lectores. En este artículo La Jornada abundó un poco sobre las razones por las cuáles había terminado su relación con el empresario que editaba los periódicos que dejaron de circular y aclaró que el tema económico no fue el único motivo por el cual decidió rescindir el contrato a La Jornada Jalisco. Sin embargo, el artículo no aclara qué otros motivos existieron para tomar tal decisión. En el resto del texto hay un lamento por los puestos laborales que se perdieron, pero no ofrece ningún plan de acción para ayudar a los ahora desempleados. Aunque todo problema es multifactorial, el caso del cierre de La Jornada Jalisco sí tiene un fuerte componente económico y es un ejemplo que ilustra un sistema de relaciones entre los medios de comunicación y el poder político altamente disfuncional y corrompido.

Cuando el 22 de mayo de 2005 La Jornada Jalisco comenzó a operar, muchos creímos, ingenuamente, que estábamos ante una extensión orgánica del periódico La Jornada. Desde que en 1998 habían comenzado a circular Mural y Público, el sistema de periódicos de Guadalajara había permanecido más o menos intocado y la incorporación de La Jornada Jalisco resultaba atractiva como una forma de reactivar la competencia periodística. No obstante, lo que ocurrió fue que La Jornada creó un sistema de expansión nacional a través de un modelo de franquicias. En este modelo, que debiera ser más transparente para los lectores, La Jornada accede a que empresas utilicen su marca e imagen para hacer pequeñas ediciones locales del periódico. En Guadalajara se producía la edición de La Jornada Jalisco y después se imprimía en las instalaciones de La Jornada Michoacán ubicadas en Morelia. Adentro de La Jornada Jalisco se encartaba una edición de La Jornada nacional. Así, cada mañana los lectores de Guadalajara tenían dos productos periodísticos creados por dos empresas distintas. Muy pronto los lectores tapatíos comenzamos a notar que aunque a veces coincidían, las líneas editoriales de La Jornada nacional y La Jornada Jalisco eran diferentes. Como se puede apreciar, este modelo es muy distinto, por ejemplo, al del Grupo Reforma, en donde cada periódico tiene su autonomía pero al mismo tiempo está integrado a un sistema nacional de producción informativa y publicitaria de un grupo empresarial, lo cual genera una línea editorial más o menos consistente en todas sus publicaciones.

*En la portada del lado izquierdo se anuncia un artículo crítico en contra de una administración local, en la del lado derecho una nota complaciente con el gobierno de Peña Nieto, muestra del “bamoleo editorial” de La Jornada Jalisco.

 

Al paso del tiempo La Jornada Jalisco se fue haciendo un espacio entre los periódicos que circulaban en Guadalajara. Un grupo de reporteros, editores y articulistas, en su mayoría jóvenes, lograron hacer un periódico que intermitentemente publicaba temas que escaseaban en la prensa local, como coberturas al trabajo de organizaciones civiles, movimientos sociales, o comunidades rurales. También lograron darle un giro al tratamiento del tema de los derechos humanos, pues los reporteros y editores no se constreñían a entender este tema como sinónimo de lo que ocurre en la Comisión Estatal de Derechos Humanos. De esta forma se publicaron textos sobre despojos en comunidades lejanas a la capital del estado, sobre las prácticas de tortura en las corporaciones policiales, o notas sobre los problemas ambientales que se han desarrollado en los últimos años. Sin embargo, estas notas de La Jornada Jalisco, que pocas veces tenían impacto en el resto de la agenda mediática, se veían contrastadas por la publicación de boletines de prensa, gacetillas y entrevistas hechas a modo para organizaciones políticas como la Universidad de Guadalajara en los primeros años de circulación del diario y el PRI, en los últimos. (Esto se puede comprobar a través de sus portadas, muchas de las cuales fueron publicadas en la plataforma issuu.) Muchos lectores de La Jornada Jalisco con los que conversé advirtieron estos vaivenes y dejaron de leer con entusiasmo el periódico; otros sufrieron de disonancia cognitiva y simplemente decidieron ignorar el zigzagueo editorial.

La Jornada Jalisco tuvo problemas desde el principio y su talón de Aquiles fueron sus objetivos periodísticos y económicos. El fundador de este diario fue Juan Manuel Venegas, quien perteneció, a su vez, al grupo que puso a circular La Jornada nacional el 19 de septiembre de 1984 en la ciudad de México. Luego de echar a andar La Jornada Michoacán con éxito, Venegas decidió invertir en otro periódico en la capital jalisciense. A grandes rasgos, Juan Manuel Vengas apostó por un modelo de negocios que tenía su mayor fuente de ingresos en los recursos públicos que ofrecen las oficinas de gobierno a través de la publicidad oficial y de la publicación de gacetillas. Esto es sencillo de comprobar, pues en sus casi diez años de circulación, La Jornada Jalisco no tuvo anuncios provenientes del sector privado y la mayoría eran de oficinas públicas. Según los testimonios que he recabado de periodistas, editores, vendedores de periódicos y voceros, La Jornada Jalisco tuvo una raquítica circulación que rondaba entre las mil y las dos mil copias por día. Además, su sistema de suscripciones era muy deficiente y caro para los lectores. Estos datos indican que La Jornada Jalisco se llevaba muy pocos recursos económicos por la venta de sus ejemplares de papel. Este modelo de alta dependencia al presupuesto público fue lo que llevó a La Jornada Jalisco a una situación muy endeble, pues su trabajo periodístico respondía, en muchas ocasiones, a los intereses del gobierno que pagaba sus cuentas y no a los intereses de sus lectores. A los colaboradores no se les pagaba a tiempo y reporteros y editores tuvieron que aguantar, en más de una ocasión, el retraso de sus quincenas. Muchos de estos reporteros, que fueron maltratados laboralmente, demandaron al director del diario. Durante casi diez años La Jornada nacional no se inmutó ante estos irresponsables manejos económicos y laborales, tampoco lo hizo ante la bamboleante línea editorial de La Jornada Jalisco.

Como escribí al inicio de este artículo, la historia de La Jornada Jalisco es solo un ejemplo de las extrañas y truculentas relaciones entre los medios de comunicación y el poder público en México. En días recientes, por ejemplo, ha vuelto a surgir en el debate público el caso del Palacio de la Comunicación, un desarrollo cultural privado que se ha beneficiado de cientos de millones de pesos del erario público. O también podemos traer a la mesa el caso de C7 y su gran idea de transmitir los noticiarios comerciales de la cadena radiofónica Radiofórmula, en donde un grupo de radiodifusión privado se aprovechó de la ingenuidad, candidez e ignorancia de los actuales directivos de Sistema Jalisciense, para transmitir sus programas comerciales a través de una frecuencia destinada para la radiodifusión pública. Es decir, al igual que en el caso de La Jornada Jalisco, observamos un inmenso y discrecional traslado de recursos públicos a los bolsillos de empresarios que se dedican al periodismo y la comunicación social. Que el Estado y sus instituciones financien el periodismo en México no es algo que por sí mismo sea negativo. El problema es la opacidad y discrecionalidad con la que se lleva a cabo. Con este esquema de financiamiento una franja importante del periodismo en México está condenada al oficialismo y al bamboleo editorial.

Este artículo fue publicado el 18 de enero de 2016 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

Al respecto de este tema escribí el siguiente artículo, que irónicamente fue publicado en un suplemento producido por el ITESO, y distribuido en La Jornada Jalisco:

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Netflix en América Latina: Club de Cuervos y Narcos (I de II)

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (28 de septiembre de 2015)

Hacia el final del verano de 2015 Netflix anunció nuevas producciones para el mercado latinoamericano. En el caso de México hay dos series que fueron liberadas por la empresa estadounidense: el 7 de agosto apareció Club de Cuervos y el 28 del mismo mes debutó Narcos. Las siguientes dos entregas de este espacio, Sistema Autorreferencial, están dedicadas a analizar las series de marras.

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Elenco de Club de Cuervos. Foto: Nicolás Corte / Publimetro.com.mx

Elenco de Club de Cuervos. Foto: Nicolás Corte / Publimetro.com.mx

Club de Cuervos (2015) es una serie producida por Netflix y dirigida por Gaz Alazraki. La serie, compuesta por trece capítulos, es una comedia que narra la historia que se desencadena tras la muerte de Salvador Iglesias, el dueño del club de futbol “Cuervos de Nuevo Toledo”. Ante su inesperado fallecimiento, dos de sus hijos deben hacerse cargo del equipo de futbol. El conflicto comienza cuando debe decidirse quién presidirá a los “Cuervos de Nuevo Toledo”, pues los dos hijos, tanto Isabel como Chava, quieren hacerse del control del club de futbol de la primera división mexicana. A lo largo de la serie, los creadores de Club de Cuervos presentan las peleas entre un par de hermanos que poco saben de dirigir a un equipo de futbol y que, por el contrario, han pasado sus vidas mimados por sus padres y con las comodidades de una familia acaudalada de la sociedad mexicana.

A dos meses de su estreno, Club de Cuervos no ha dado mucho de qué hablar. En Google, una búsqueda simple con las palabras “club de cuervos” arrojó casi medio millón de resultados, pero la mayoría estaban relacionados con textos periodísticos o publicitarios para la promoción de la serie. En México, el bamboleante crítico de televisión Álvaro Cueva, quien un día hace crítica de televisión y al día siguiente hace un comercial disfrazado de artículo periodístico, escribió sobre la serie cuatro días antes de su lanzamiento y aclamó que Club de Cuervos fuera una serie “ciento original, ciento por ciento mexicana y ciento por ciento comedia”. Por otro lado, el portal de Letras Libres publicó el texto “Club de Cuervos: una agradable sorpresa”, en donde Luis Reséndiz alaba la producción y sugiere que la serie tiene “una complejidad y ambición inusuales en la sociedad mexicana” y que “su sola existencia [de la serie] permite pensar en otra televisión mexicana, una que puede hacer pequeños comentarios sociales a la vez que generar risas y triunfar de forma comercial”. Además de estos dos textos, hay poco que rescatar, pues el resto son meros comentarios o sinopsis de la serie. En el caso de la prensa anglosajona, Club de Cuervos ha pasado prácticamente inadvertida.

Los dos textos de factura mexicana que hacen referencia a Club de Cuervos celebran la aparición de la serie y coinciden con que esta producción puede revolucionar la televisión mexicana y tiene la capacidad de “poner a temblar” a los ejecutivos de las televisoras que tienen sus oficinas en Chapultepec y el Ajusco en la Ciudad de México. Ambos comentaristas sobrevaloran Club de Cuervos y su potencial revolucionario. Si se compara con las series más exitosas que Netflix ha producido en los últimos años, Club de Cuervos no tiene nada qué hacer. El guión es predecible, los personajes se desarrollan de forma acartonada, y los diálogos de humor tienden a ser muy bobos. Si se compara, como lo hicieron los dos críticos, con producciones mexicanas, ciertamente Club de Cuervos sale mejor librada, pero sigue estando lejos de los mejores momentos de la televisión mexicana.

La serie de Netflix desarrolla una narrativa visual que hace eco, una y otra vez, de las telenovelas, como esa manía de sacar a cuadro la misma imagen de un edificio o una casa para indicarle al espectador en dónde se va a desarrollar la siguiente escena, o la aparición a cuadro de espacios interiores inverosímiles, especialmente cuando se retrata la vida de las clases altas. Son las cocinas, las salas y las alcobas de casas que nunca serán habitadas por nadie, en donde todas las plantas son de plástico y los muebles recién salidos de la tienda departamental. A todo esto se suma un pendiente que tienen la mayoría de las producciones audiovisuales mexicanas: la poca habilidad que existe para crear escenas de acciones verosímiles. En Club de Cuervos las escenas peor logradas llegan cuando los actores aparecen jugando un partido de futbol decisivo. Estas escenas recuerdan más a las persecuciones entre Viruta y Capulina, que al suspenso que podría causar un juego de futbol en el que se decide la permanencia de un equipo en la liga profesional.

Club de Cuervos es una suerte de secuela de la película Nosotros los nobles, que también fue dirigida por Gaz Alazraki y la cual fue un éxito comercial en los cines mexicanos. En ambas producciones, Alazraki presenta comedias en donde los protagonistas son jóvenes de las clases más ricas de México. Estos jóvenes, a quienes se les ha denominado como mirreyes, tienen poca educación, son frívolos y viven en una burbuja en donde la pobreza y la marginación del país son inexistentes. Sus vidas transcurren en fiestas donde consumen altas dosis de alcohol y drogas, en sesiones de sexo desenfrenado y casual, y comprando compulsivamente objetos materiales suntuosos como automóviles último modelo, relojes o ropa. En ambas producciones, la vida de estos personajes se ve afectada por un factor externo que los hace “ver la vida real” y “entender” el significado de trabajar para obtener los recursos que les permitan lleva su vida de ricos. Esta temática le ha valido a Alazraki comentarios favorables por presentar críticamente, y con “un lenguaje para las masas”, las intolerables brechas sociales que existen en México. Además, en el mismo tenor, se ha celebrado a Club de Cuervos por abordar el tema de la corrupción en el futbol mexicano, la deplorable calidad de la prensa deportiva, las corruptas relaciones entre el futbol y la política, o las inequitativas relaciones entre hombres y mujeres.

Nosotros los nobles y Club de Cuervos no son series novedosas, tampoco son críticas. Aunque evidentemente no son una copia exacta, ambas abrevan de las tradicionales películas y telenovelas mexicanas, no nada más en cuestiones de producción, sino también en su temática: desde Los ricos también lloran hasta Rosa Salvaje, uno de los temas más recurrentes del audiovisual mexicano ha sido la representación de una sociedad altamente dividida en clases sociales y con una escasa movilidad, tan escasa, que solamente ocurre cuando mágicamente un pobre se enamora de un rico o viceversa. Pero la mayor trampa está en la aparente virtud crítica de las producciones del hijo de uno de los publicistas más prominentes y polémicos de México. Aparentemente Alazraki devela un mundo nuevo, pero en realidad es un mundo altamente conocido. En todo caso, en México, el emperador ha caminado desnudo desde hace décadas. Como fórmula retórica, el humor es crítico cuando ilumina algo de la realidad que el espectador no conocía; también es crítico cuando establece una comparación inaudita, ingeniosa o grotesca entre dos elementos. En el mundo de Alazraki no hay novedad, no hay ingenio, no hay crítica. Alazraki juega a la crítica, pero en realidad consolida y naturaliza el papel de los mirreyes como algo censurable y ridículo, pero inevitable.

Si Netflix no quiere hacer telenovelas para el público mexicano, entonces tendrá que innovar como lo ha hecho en Estados Unidos. De lo contrario, estaremos condenados a seguir viendo las peripecias de las clases medias y altas de México, en comedias simplonas y de producciones chafas.

Este artículo fue publicado el 28 de septiembre de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

Para escuchar el podcast:

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VI. El tiempo y los sonidos. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (31 agosto de 2015)

Cuando se discute el tema de la memoria, los sonidos siempre son relegados a un segundo plano. Las imágenes llevan la mayor parte de las consideraciones mnemónicas. Es común que los recuerdos y nuestra memoria vivan en forma de imágenes dentro de nuestra cabeza y cuando intentamos recordar algo vemos la imagen de eso que nos ocupa. Recordamos un espacio que nos impresionó de algún viaje, un momento agradable con amigos, o los detalles gráficos de alguna tragedia familiar. Sin embargo, pocas veces ocurre que alguien evoque sus recuerdos a partir de los sonidos. El editor de un periódico le pide a su reportero que narre lo que vio en la escena de los hechos, pero no que escriba sobre los sonidos que escuchó. El psicólogo le pide a su paciente que recuerde y que describa lo que está viendo en sus recuerdos, pero no que reflexione sobre los sonidos de una escena crucial de su vida. Prestamos mucha atención a las imágenes y poca a los sonidos, aún a pesar, cómo ya lo habíamos señalado en otras entregas, que el oído es uno de los sentidos humanos que nunca pude apagarse o desconectarse, y por el contrario, siempre está encendido y en operación.

Los sonidos estabilizan el entorno y ofrecen información sobre lo que está ocurriendo en nuestro espacio próximo. A través de los sonidos construimos parte de nuestra memoria y esa memoria, que se construye en el tiempo, orienta nuestras acciones. Para mí, por ejemplo, el sonido de la radio marca el inicio del día. Cuando era niño y vivía con mis papás en un departamento de la Ciudad de México, todas las mañanas comenzaban con el programa “De Puntitas” de Emilio Ebergenyi. A las seis y media de la mañana arrancaba ese programa en Radio Educación y para mí indicaba la complicada tarea de dejar la cama. Y desde entonces, en buena parte de mi vida, siempre arranco con la radio: mientras la cocina comienza a llenarse con el aroma del café matutino, diversos locutores de radio me han leído noticias para emprender el día. Desde hace dos años que mis días comienzan con las emisiones de WHYY y las voces de Steve Inskeep, Renee Montagne y David Greene nos acompañan en el desayuno y durante las primeras horas del día. Hace unos días, un lunes por la mañana y luego de que las vacaciones de verano habían concluido, Lupita me volteó a ver aliviada y me dijo que ya le hacía falta escuchar la radio (NPR) y sentir que era un día normal.

 

La edición matutina de NPR

La edición matutina de NPR

Los sonidos también son un indicador del paso del tiempo. Si la radio funciona para decirnos que es de mañana y hay que ir a trabajar, diversos sonidos también ofrecen orientación para distinguir las estaciones del año. En las mañanas veraniegas de Filadelfia es común escuchar por la ciudad la diversidad de máquinas que existen para cortar el pasto. Los parques los riegan temprano y a partir de las diez de la mañana hay flotillas de jardineros que utilizan pequeños vehículos para cortar el paso o la famosa “orilladora”, es instrumento largo y delgado que en una de sus puntas tiene un par de hilos que van cortando el pasto en aquellas zonas en donde una podadora de grandes dimensiones no puede llegar. A medio día y por las tardes esos parques se llenan de niños que gritan mientras se mojan en el agua de las fuentes, o de equipos de hombres y mujeres que juegan béisbol, ese deporte parsimonioso en donde el árbitro grita a cada tanto ¡strike! o ¡out! Por las noches, en las calles hay un eterno murmullo de la gente que sale a correr y de los que utilizan sus terrazas para hacer una parrillada y tomar unas cervezas.

 

Una función de ópera al aire libre. Independence Hall, Philadelphia.

Una función de ópera al aire libre. Independence Hall, Philadelphia.

En el otoño todos esos sonidos comienzan a cambiar y otros terminan por desaparecer en el invierno. En las mañanas de enero y febrero, los meses más fríos en Filadelfia, el sonido que remplaza a las podadoras es el de las palas que chocan contra el suelo y que levantan la nieve. Los habitantes de esta ciudad tenemos la encomienda de mantener limpia la banqueta que está frente a la fachada de nuestras casas. Así que todo el tiempo hay que estar esparciendo sal en el suelo y paleando para hacer caminitos por donde los peatones puedan circular sin temor a resbalarse. Quienes tienen automóviles deben que eliminar la nieve del parabrisas y en los peores días, abrir el espacio necesario para no quedar atascados. En las partes altas de las tardes y durante las noches, son más los periodos de silencio. La gente no sale a la calle y desde la banqueta se puede ver cómo los televisores están encendidos en las salas de los departamentos. Son pequeñas luces que van cambiando de tonalidad y que anuncian la transmisión de una película o del noticiario nocturno. Las calles quedan en completo silencio. Solamente se escucha el sonido de los coches que circulan lentamente, o el de las máquinas de calefacción. Cuando cae la nieve, esos sonidos se ven reducidos al mínimo gracias a ese extraño efecto acústico que ocurre durante las nevadas, un efecto que borra los sonidos. Los copos de nieve encapsulan y sepultan los sonidos por siempre.

 

Nieve en las calles de Filadelfia. Foto: Lupita Orozco.

Nieve en las calles de Filadelfia. Foto: Lupita Orozco.

Este artículo fue publicado el 31 de agosto de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. Esta fue la segunda parte de una serie de crónicas que llevan por título “Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial”.

A continuación los enlaces al resto de las crónicas:
I. El examen y la alarma. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
II. Las estrellas, el fuego y los sonidos de la construcción. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
III. Union Transfer, Mogwai y los sonidos de la calle. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
IV. ¿Una lengua post-racial o una multiculturalidad de hablantes? Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
V. Los sonidos de la construcción y de(con)strucción de Filadelfia. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

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