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Gracias Señales de Humo, hasta pronto Sistema Autorreferencial

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (9 de diciembre de 2016)

Entre el 8 de febrero de 2010 y el 7 de marzo de 2016 tuve la oportunidad de ser parte del equipo de colaboradores de Señales de Humo, la revista cultural de Radio Universidad de Guadalajara. En ese periodo, salvo algunas excepciones, publiqué la columna sonora “Sistema Autorreferencial”. En mi primera intervención expliqué que el nombre del espacio era una forma de referirse a los sistemas de medios de comunicación, sistemas comunicativos creados por seres humanos que publican y discuten información sobre ellos mismos. Este mini homenaje a Niklas Luhmann, sociólogo alemán enloquecido por la teoría de la comunicación, fue el punto de partida para crear un espacio en el que se pudieran abordar críticamente temas como el sistema de medios de comunicación de Guadalajara, el periodismo y la libertad de expresión en México, y el desarrollo de las industrias culturales y la cultura popular.

El archivo de Sistema Autorreferencial consta de 126 textos electrónicos y sonoros, los cuales contienen ideas y reflexiones sobre diversos temas. Por ejemplo, al revisar los artículos encuentro que un tema prevalente fue la crítica a las administraciones de los presidentes de México. En el caso de Felipe Calderón sobresale el impacto que tuvo su estrategia de enfrentar al narco a través de la comunicación. Durante su administración los mexicanos estuvimos expuestos a propaganda de guerra, a la manipulación de la actividad policial como en el caso Cassez, al control y la censura mediática y a una creciente vulnerabilidad para la seguridad física de los periodistas. Por su lado, Peña Nieto decidió eliminar parte de este sistema propagandístico y de control comunicativo y prefirió “mover a México” a través de una nueva “narrativa” de cambio y emprendimiento. Su narrativa lo llevó a firmar el Pacto por México y a salir en la portada de la revista Time. Sin embargo, la realidad demostró una vez más que es más fuerte que cualquier estrategia comunicativa, y en cuestión de meses Peña Nieto perdió todo su capital político luego de sus desastrosas decisiones en los casos de Ayotzinapa, de la Casa Blanca, entre otros más.

En un nivel local, el espacio de Sistema Autorreferencial también se avocó a revisar críticamente a los agentes de poder político. En el caso del sexenio de Emilio González Márquez sobresale su empeño de trasladar recursos públicos a las arcas del sector privado: desde el dinero que entregó para llevar a cabo los premios MTV, hasta su contribución para el tristemente célebre Palacio de la Comunicación y la Cultura. En el caso de Aristóteles Sandoval destaca el retorno de una política basada en una cultura autoritaria de control de los recursos comunicativos, como ha sido el caso de la conducción del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión, el control editorial de los medios locales a través de la asignación de publicidad, y la vigilancia del actuar de algunos reporteros críticos. A esta radiografía de la comunicación pública, se suma el permanente estado de crisis económica en el que viven la mayoría de los medios y que, entre otras cosas, ha tenido como consecuencia la pauperización de las condiciones laborales de los periodistas en Guadalajara.

En el archivo de Sistema Autorreferencial también pueden encontrarse textos sobre otros temas y perspectivas. Durante estos años escribí pequeñas monografías de medios de comunicación como Siglo 21, Ocho Columnas, Mural y La Jornada Jalisco; análisis sobre eventos importantes de las industrias culturales como la Feria del Libro y el Festival Internacional de Cine; así como los perfiles de personajes relevantes para la comunicación en México y Guadalajara como el Tigre Azcárraga, Mario Vázquez Raña, y David “el negro” Guerrero. Además, hay otros temas que poco a poco fueron alimentando la columna, como la rápida incorporación de plataformas digitales en la producción y distribución de información periodística, así como las nuevas formas de ver la televisión a través de servicios de paga como Netflix o Amazon.

Con este breve resumen cierro seis años de trabajo en Señales Humo. Agradezco a Alfredo Sánchez y a Cecilia Fernández la invitación para participar en esta revista radiofónica. A lo largo de estos años Señales de Humo fue un espacio en donde pude escribir libremente y transmitir mis ideas a una audiencia de radioescuchas altamente críticos y receptivos. Considero que Señales de Humo es un programa que ha dado una gran aportación para el periodismo cultural en México. A lo largo de quince años Señales de Humo ha sido una revista cultural que ha ofrecido un gran menú informativo, como trabajos periodísticos sobre al ámbito cultural; un espacio de expresión, opinión y difusión para artistas y periodistas locales, nacionales, e internacionales; una incansable labor de promoción y difusión cultural; así como el minucioso trabajo de creación de una audiencia radiofónica robusta y estable.

El trabajo de Señales de Humo debe ser un punto de partida para nuevos proyectos que dinamicen y revitalicen el periodismo cultural en México. En lo particular, me parece que el periodismo cultural tiene un gran camino por delante como una actividad que promueva el análisis crítico de los medios de comunicación y de las nuevas redes digitales. En México se requiere de una observación constante a temas relacionados con la economía política, el periodismo, la cultura popular y las nuevas tecnologías. Este periodismo sobre comunicación, periodismo y medios, debe dejar atrás el dicho de “perro no come perro”, esa vieja máxima del autoritarismo mexicano del siglo XX para referirse a que los medios y periodistas no podían ni debían criticarse entre sí y por tanto, era mejor, simplemente ignorarse por completo.

¡Hasta la vista!

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Netflix en América Latina: Club de Cuervos y Narcos (I de II)

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (28 de septiembre de 2015)

Hacia el final del verano de 2015 Netflix anunció nuevas producciones para el mercado latinoamericano. En el caso de México hay dos series que fueron liberadas por la empresa estadounidense: el 7 de agosto apareció Club de Cuervos y el 28 del mismo mes debutó Narcos. Las siguientes dos entregas de este espacio, Sistema Autorreferencial, están dedicadas a analizar las series de marras.

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Elenco de Club de Cuervos. Foto: Nicolás Corte / Publimetro.com.mx

Elenco de Club de Cuervos. Foto: Nicolás Corte / Publimetro.com.mx

Club de Cuervos (2015) es una serie producida por Netflix y dirigida por Gaz Alazraki. La serie, compuesta por trece capítulos, es una comedia que narra la historia que se desencadena tras la muerte de Salvador Iglesias, el dueño del club de futbol “Cuervos de Nuevo Toledo”. Ante su inesperado fallecimiento, dos de sus hijos deben hacerse cargo del equipo de futbol. El conflicto comienza cuando debe decidirse quién presidirá a los “Cuervos de Nuevo Toledo”, pues los dos hijos, tanto Isabel como Chava, quieren hacerse del control del club de futbol de la primera división mexicana. A lo largo de la serie, los creadores de Club de Cuervos presentan las peleas entre un par de hermanos que poco saben de dirigir a un equipo de futbol y que, por el contrario, han pasado sus vidas mimados por sus padres y con las comodidades de una familia acaudalada de la sociedad mexicana.

A dos meses de su estreno, Club de Cuervos no ha dado mucho de qué hablar. En Google, una búsqueda simple con las palabras “club de cuervos” arrojó casi medio millón de resultados, pero la mayoría estaban relacionados con textos periodísticos o publicitarios para la promoción de la serie. En México, el bamboleante crítico de televisión Álvaro Cueva, quien un día hace crítica de televisión y al día siguiente hace un comercial disfrazado de artículo periodístico, escribió sobre la serie cuatro días antes de su lanzamiento y aclamó que Club de Cuervos fuera una serie “ciento original, ciento por ciento mexicana y ciento por ciento comedia”. Por otro lado, el portal de Letras Libres publicó el texto “Club de Cuervos: una agradable sorpresa”, en donde Luis Reséndiz alaba la producción y sugiere que la serie tiene “una complejidad y ambición inusuales en la sociedad mexicana” y que “su sola existencia [de la serie] permite pensar en otra televisión mexicana, una que puede hacer pequeños comentarios sociales a la vez que generar risas y triunfar de forma comercial”. Además de estos dos textos, hay poco que rescatar, pues el resto son meros comentarios o sinopsis de la serie. En el caso de la prensa anglosajona, Club de Cuervos ha pasado prácticamente inadvertida.

Los dos textos de factura mexicana que hacen referencia a Club de Cuervos celebran la aparición de la serie y coinciden con que esta producción puede revolucionar la televisión mexicana y tiene la capacidad de “poner a temblar” a los ejecutivos de las televisoras que tienen sus oficinas en Chapultepec y el Ajusco en la Ciudad de México. Ambos comentaristas sobrevaloran Club de Cuervos y su potencial revolucionario. Si se compara con las series más exitosas que Netflix ha producido en los últimos años, Club de Cuervos no tiene nada qué hacer. El guión es predecible, los personajes se desarrollan de forma acartonada, y los diálogos de humor tienden a ser muy bobos. Si se compara, como lo hicieron los dos críticos, con producciones mexicanas, ciertamente Club de Cuervos sale mejor librada, pero sigue estando lejos de los mejores momentos de la televisión mexicana.

La serie de Netflix desarrolla una narrativa visual que hace eco, una y otra vez, de las telenovelas, como esa manía de sacar a cuadro la misma imagen de un edificio o una casa para indicarle al espectador en dónde se va a desarrollar la siguiente escena, o la aparición a cuadro de espacios interiores inverosímiles, especialmente cuando se retrata la vida de las clases altas. Son las cocinas, las salas y las alcobas de casas que nunca serán habitadas por nadie, en donde todas las plantas son de plástico y los muebles recién salidos de la tienda departamental. A todo esto se suma un pendiente que tienen la mayoría de las producciones audiovisuales mexicanas: la poca habilidad que existe para crear escenas de acciones verosímiles. En Club de Cuervos las escenas peor logradas llegan cuando los actores aparecen jugando un partido de futbol decisivo. Estas escenas recuerdan más a las persecuciones entre Viruta y Capulina, que al suspenso que podría causar un juego de futbol en el que se decide la permanencia de un equipo en la liga profesional.

Club de Cuervos es una suerte de secuela de la película Nosotros los nobles, que también fue dirigida por Gaz Alazraki y la cual fue un éxito comercial en los cines mexicanos. En ambas producciones, Alazraki presenta comedias en donde los protagonistas son jóvenes de las clases más ricas de México. Estos jóvenes, a quienes se les ha denominado como mirreyes, tienen poca educación, son frívolos y viven en una burbuja en donde la pobreza y la marginación del país son inexistentes. Sus vidas transcurren en fiestas donde consumen altas dosis de alcohol y drogas, en sesiones de sexo desenfrenado y casual, y comprando compulsivamente objetos materiales suntuosos como automóviles último modelo, relojes o ropa. En ambas producciones, la vida de estos personajes se ve afectada por un factor externo que los hace “ver la vida real” y “entender” el significado de trabajar para obtener los recursos que les permitan lleva su vida de ricos. Esta temática le ha valido a Alazraki comentarios favorables por presentar críticamente, y con “un lenguaje para las masas”, las intolerables brechas sociales que existen en México. Además, en el mismo tenor, se ha celebrado a Club de Cuervos por abordar el tema de la corrupción en el futbol mexicano, la deplorable calidad de la prensa deportiva, las corruptas relaciones entre el futbol y la política, o las inequitativas relaciones entre hombres y mujeres.

Nosotros los nobles y Club de Cuervos no son series novedosas, tampoco son críticas. Aunque evidentemente no son una copia exacta, ambas abrevan de las tradicionales películas y telenovelas mexicanas, no nada más en cuestiones de producción, sino también en su temática: desde Los ricos también lloran hasta Rosa Salvaje, uno de los temas más recurrentes del audiovisual mexicano ha sido la representación de una sociedad altamente dividida en clases sociales y con una escasa movilidad, tan escasa, que solamente ocurre cuando mágicamente un pobre se enamora de un rico o viceversa. Pero la mayor trampa está en la aparente virtud crítica de las producciones del hijo de uno de los publicistas más prominentes y polémicos de México. Aparentemente Alazraki devela un mundo nuevo, pero en realidad es un mundo altamente conocido. En todo caso, en México, el emperador ha caminado desnudo desde hace décadas. Como fórmula retórica, el humor es crítico cuando ilumina algo de la realidad que el espectador no conocía; también es crítico cuando establece una comparación inaudita, ingeniosa o grotesca entre dos elementos. En el mundo de Alazraki no hay novedad, no hay ingenio, no hay crítica. Alazraki juega a la crítica, pero en realidad consolida y naturaliza el papel de los mirreyes como algo censurable y ridículo, pero inevitable.

Si Netflix no quiere hacer telenovelas para el público mexicano, entonces tendrá que innovar como lo ha hecho en Estados Unidos. De lo contrario, estaremos condenados a seguir viendo las peripecias de las clases medias y altas de México, en comedias simplonas y de producciones chafas.

Este artículo fue publicado el 28 de septiembre de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

Para escuchar el podcast:

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V. Los sonidos de la construcción y de(con)strucción de Filadelfia. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

Por Juan Larrosa (16 de agosto de 2015)

A finales de los años ochenta mis papás comenzaron a construir la casa en la cual han vivido hasta ahora. Manuel Larrosa, mi abuelo, fue el arquitecto que diseñó los planos y para llevar a cabo esta tarea sostuvo diversas charlas con mis papás. En una de estas conversaciones mi abuelo les aconsejó que el diseño arquitectónico debía responder a una casa que sería habitada durante los siguientes veinte años. Más de dos décadas después la construcción sigue en pie, con modificaciones menores y con sus habitantes originales. Esta historia es común en Guadalajara, pues en raras ocasiones ocurre que se construyan casas temporales o que exista una tendencia a demoler casas de forma masiva y cotidiana. (Esto, claro, sin contar las atroces destrucciones que se han hecho en las últimas décadas de las casas en colonias como la Moderna o la Americana.)

Elfreth’s Alley, en Filadelfia

Elfreth’s Alley, en Filadelfia

En Filadelfia la construcción y la propiedad de las casas varían considerablemente con respecto a Guadalajara. En esta ciudad de la Costa Este hay casas viejas, tanto así, que un lugar turístico bastante visitado es el famoso callejón Elfreth (Elfreth’s Alley), un corredor en el que hay treinta y dos casas que fueron construidas entre 1728 y 1836, las cuales han sido preservadas y restauradas minuciosamente y que en conjunto constituyen “la calle residencial más antigua de los Estados Unidos”. (Otro de los interminables escalafones que les encanta crear a los habitantes de este país.) Además, sin contar los suburbios y el centro de la ciudad, una buena parte de Filadelfia está poblada por rowhouses y twonhouses, casas que regularmente son de madera y compuestas por tres pisos, con una fachada recubierta de ladrillos rojos y con ventanas alargadas. Sin embargo, hay un engaño en esta aparente longevidad de las casas, pues muchas de ellas están siendo transformadas en su interior y muchas otras demolidas y remplazadas por nuevas versiones de las viejas casas.

En Filadelfia, al igual que en muchas otras partes de los Estados Unidos, la construcción y la especulación inmobiliaria son dos de los grandes negocios que mantienen aceitada la economía. Para que esta maquinaria siga funcionando, los habitantes tienen que comprar y vender sus propiedades constantemente. Según el último censo de los Estados Unidos, 40 millones de personas cambian de residencia cada año. Además, quienes tienen una propiedad tienden a vender su casa cada cinco, seis o siete años. Estas condiciones generan que un habitante típico se mude de casa un promedio de 11.7 veces a lo largo de su vida. La movilidad residencial es dinámica y, en algunos casos, llega a ser demencial.

Una de las transformaciones más comunes es la remodelación de casas y edificios. Muchas de las casas más viejas de Filadelfia han sido renovadas decenas de veces y durante ciento cincuenta años han albergado a distintos grupos sociales. Algunas de ellas fueron mansiones de familias adineradas del siglo XIX. En el siglo XX, durante las Guerras Mundiales, Filadelfia se convirtió en un ciudad productora de trenes y barcos, por lo que estas casas fueron ocupadas por clases trabajadoras. Después, en los setenta y los ochenta, cuando el trabajo industrial se terminó, estas viviendas se llenaron de migrantes puertorriqueños y cuando los millenials se cansaron de vivir en los suburbios durante la segunda década del siglo XXI, esas mismas moradas se llenaron de hombres y mujeres jóvenes que trabajan y estudian en el centro de la ciudad. Las fachadas de estas viviendas siguen siendo las mismas de hace más de un siglo, pero su interior ha cambiado notablemente con cada una de las oleadas de nuevos habitantes: de ser mansiones para familias adineradas, ahora se han convertido en edificios que resguardan minúsculos departamentos para parejas jóvenes o estudiantes universitarios.

Las transformaciones más evidentes de la ciudad son las demoliciones de casas y edificios. En nuestras constantes caminatas a lo largo de distintas zonas de Filadelfia, Lupita y yo hemos visto cómo, de un día para otro dejan de existir centros comerciales y conjuntos de oficinas, plazas urbanas y estacionamientos, restaurantes y bares, escuelas y tiendas departamentales. Estas desapariciones son muy extrañas porque dejan un boquete en la memoria urbana. De pronto, el caminante entiende que, aunque transita la misma ciudad, camina por un nuevo espacio.

En este sentido, el truco de la remodelación de los espacios interiores, pero no de las fachadas, es efectivo, pues transmite la sensación de que nada ha cambiado y que la vieja ciudad de Filadelfia sigue siendo la misma en donde se redactó y firmó la Constitución de un país que siglos después sería una potencia mundial. La construcción y deconstrucción de la ciudad se convierte en un movimiento ideológico que se despliega en y desde la memoria social de los estadounidenses. Para avanzar y crecer económicamente, dicen, se necesita construir. Y cuando ya está todo construido, llega el tiempo de demoler y volver a construir. No importa que lo que está por demolerse sea bello o que todavía funcione en perfectas condiciones. Sin embargo, al dejar las fachadas intactas se conserva una marca del pasado, una marca que permite a los ciudadanos orientarse, pues de lo contario estarían en una ciudad que se transforma todos los días y a todas horas.

Este paisaje arquitectónico de constante cambio y que raya en lo efímero, se puede escuchar todo el tiempo en Filadelfia. En los barrios residenciales aparecen los sonidos de las sierras y taladros de los carpinteros quienes cortan y ensamblan la madera para la remodelación de las nuevas habitaciones. En las plazas comerciales hay cuadrillas de trabajadores que se afanan en colocar los muros de tablarroca de una nueva tienda comercial o la instalación de una barra para servir bebidas en donde días atrás yacía un restaurante de comida china. En el centro de la ciudad se escuchan las máquinas que abren paso a un nuevo puente o a un gigantesco rascacielos y los peatones viven con los sonidos de las grúas que transportan materiales hasta el piso cincuenta de un nuevo edificio, del buldócer que tiene la encomienda de demoler un antiguo centro comercial, de las mezcladoras de cemento que durante días enteros se dedican a proveer del material necesario para colar las columnas de una columna gigante, de las excavadoras que extraen toneladas de tierra de suelo, o de las motoniveladoras que aplanan el asfalto por donde circularán los automóviles.

Al caminar y escuchar estos sonidos de Filadelfia, hemos recordado el final de la novela de Paul Auster, Sunset Park (2010), cuando Miles Heller, un joven de 29 años que ha perdido todo, atraviesa el puente de Brooklyn en un automóvil. En su camino, Miles observa los rascacielos de Manhattan y recuerda todos los edificios que ha visto consumirse por el fuego o que han sido demolidos y que han dejado espacio a esos gigantescos edificios clavados en una isla. Entonces Miles se pregunta si vale la pena desear un futuro, cuando no hay un futuro (al menos para los edificios viejos). Después, acelera el paso y sigue su camino para entregarse a la policía por los crímenes que ha cometido.

Sunset Park (2010), Paul Auster

Sunset Park (2010), Paul Auster

Estados Unidos es un país en el que no se pueden construir casas que durarán veinte años sin ser modificadas o derrumbadas. En este país no hay futuro, porque todo ese futuro está sucediendo en el presente.

Este artículo fue publicado el 17 de agosto de 2015 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara. Esta fue la segunda parte de una serie de crónicas que llevan por título “Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial”.

A continuación los enlaces al resto de las crónicas:
I. El examen y la alarma. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
II. Las estrellas, el fuego y los sonidos de la construcción. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
III. Union Transfer, Mogwai y los sonidos de la calle. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
IV. ¿Una lengua post-racial o una multiculturalidad de hablantes? Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial
V. Los sonidos de la construcción y de(con)strucción de Filadelfia. Sonidos de Filadelfia, crónicas del ruido en una sociedad postindustrial

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