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El Chapo Guzmán, el mito

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (28 de abril de 2014)

Han pasado tres meses desde la captura de El Chapo Guzmán y todavía es poco lo que sabemos de él. A diferencia de otros delincuentes, el Chapo ocultó su vida del público. Por supuesto, hay mucho que se sabe de él, pero es notoria la ausencia de información que existe en torno a su figura. Desde que escapó de la cárcel de Puente Grande, el Chapo, voluntaria o involuntariamente comenzó a construir un mito que lo llevaría a ser calificado como el capo de la droga más poderoso del mundo, o el Bin Laden mexicano. En Amazon hay una veintena de libros que hablan de él, y en internet se pueden encontrar apenas unas cuantas fotografías suyas. Hay una serie de fotos que fueron hechas en 1993 cuando lo capturaron en Guatemala, en las que viste una chamarra y cachucha caquis que le quedan grandes, después hay otra de su licencia de conducir de California. En otra fotografía se le ve con un chaleco y cachucha azules y portando un cuerno de chivo. No hay entrevistas con el Chapo, a diferencia, por ejemplo, de la Tuta, quien ha participado en diversos medios de comunicación y reportajes. El Chapo se asemeja a Keyser Söze, el personaje que interpreta Kevin Spacey en la película Sospechosos comunes y que cuenta la historia de un criminal cuyo logro es convencer al mundo de su inexistencia.

La estrategia de altas dosis de silencio, aunque no haya sido planeada, logró generar una poderosa figura mítica del Chapo Guzmán. ¿Cómo se formó este mito durante los trece años que transcurrieron desde que escapó de Puente Grande hasta su reciente detención? Las canciones dedicadas al Chapo, sin duda, fueron una vía muy importante en este desarrollo. En una búsqueda “Chapo Guzmán + narcocorridos” en Google encontré casi 180 mil resultados, y la misma búsqueda en YouTube arrojó 23 mil videos relacionados. A reserva de que antropólogos y semiólogos lo hagan con mayor detenimiento, un lectura de las letras de los corridos dedicados al Chapo Guzmán pueden dar una idea cuáles son las características del mito que se ha generado en torno a él. En la canción “La cuna del Chapo Guzmán”, el grupo Las Fieraz describe que el narcotraficante nació en un pequeño poblado llamado “La Tuna”, ubicado en Badiraguato, Sinaloa y que durante su primeros años el capo fue un niño pobre, que vendía naranjas en el mercado y que era cuidado por su madre. “La Tuna” es un lugar que recurrentemente aparece en otros narcocorridos y marca el origen del Chapo. De sus raíces también destaca la ausencia de la figura del padre. En ninguna de las canciones que pude revisar se hace mención de la figura paterna e irónicamente, es recurrente que en las canciones se mencione al Chapo como el jefe y el padre de “todos” los traficantes.

En la mitología del Chapo, Sinaloa es el lugar en donde nacen los hombres valiente, bravos y aptos para ser parte del crimen organizado. En la mayoría de las canciones se hace referencia al sobrenombre de Chapo, que refiere a la baja estatura del capo. Las letras de las canciones juegan con esta idea y la transforman en una virtud, como Diego Rivas, quien dice que el Chapo: “Es bajito de estatura / pero su cerebro es grande y funcionando / macizo entre los macizos / y al que no le guste / pues no es de su bando”. En las canciones que se le dedican, el Chapo es visto como un hombre de trabajo, jovial, que le gustan las mujeres y a diferencia de las descripciones que hacen los narcocorridos de otros criminales, el Chapo no se le vincula tan intensamente con las fiestas, el uso de armas, o el consumo de alcohol y de drogas. Los Canelos de Durango escriben: “Joaquín lo era lo es y será / prófugo de la justicia / el señor de la montaña / también jefe en la ciudad / amigo del buen amigo / enemigo de enemigos / alegre y enamorado / así es lo era lo es y será”.

En la épica del Chapo, la fuga de Puente Grande marca una gran hazaña, la cual lo consagró en la cultura popular, como un criminal que pudo burlarse del Estado Mexicano, pero también de las autoridades de Estados Unidos. En las canciones se mencionan a presientes, como Vicente Fox o Felipe Calderón, quienes no pudieron detener a este criminal. Los Tucanes de Tijuana pregonan “La gente de Sinaloa / anota su primer gol / a la nueva presidencia / y al señor Vicente Fox / no se les hizo a los gringos / hacerle la extradición”. Por otro lado, en las letras de los narcocorridos se puede encontrar toda una genealogía de los criminales mexicanos, pues hablan de “El Padrino”, del “Mayo”, del “Azul” o del “Licenciado”, todos ellos sobrenombres de narcotraficantes.

Al respecto de la construcción de la imagen del Chapo a través de los narcocorridos hay mucho más que decir, no avanzo más por cuestiones de espacio. Sobre lo que hay que llamar la atención es que los narcocorridos funcionan como espacios de comunicación dentro de la cultura popular en México y en Estados Unidos. El poder de esta comunicación es que está construyendo una narcocultura que no está siendo combatida desde el terreno de las ideas (ver artículo “Guerra Cultural” de Sergio Aguayo). Y no está siendo combatida porque no hay un proyecto colectivo de país o de región que se anteponga claramente a esta narcocultura. Lo más alarmante, al menos desde mi perspectiva, es que esta cultura está asentada en una gramática neoliberal, en la cual es mejor ser un narcotraficante que una persona que vende naranjas en el mercado, es decir, el éxito a través del empoderamiento económico, pero sin ningún tipo de proyecto político de fondo.

El Estado mexicano nunca podrá contener la avalancha cultural del narco, a través de las balas, pues el narco usa las balas y la cultura para imponer su proyecto. Durante el sexenio de Felipe Calderón, la estrategia estuvo basada en altas dosis de propaganda gubernamental y de una constante recriminación a los medios por reportar información relacionada con el narco. Peña Nieto no cayó en el error de Calderón y disminuyó la estrategia propagandística, sin embargo ha hecho poco para intervenir en la guerra cultural. La dominación y el poder, ya lo dijo Gramsci hace muchos años, también pasan por la negociación cultural. En ese sentido, los narcocorridistas son los nuevos intelectuales orgánicos de lo que Rossana Reguillo ha nombrado la narco-máquina. Censurar los corridos u horrorizarnos ante ellos, no destruirán estos mitos. Esto da un norte importante en relación al narcotráfico en México: estamos no nada más ante el problema económico que se desprende de la venta de drogas, o ante un problema político sobre cómo se concibe el uso, consumo y la regulación de estupefacientes, estamos también ante una complicada realidad cultural.

Este artículo fue publicado el 28 de abril de 2014 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

Si estás interesado o interesada en el tema de narcocorridos y narco cultura, te recomiendo que visites el blog de Juan Carlos Ramírez Pimienta, el investigador que más ha trabajado el tema de narcocorridos: http://narcocorrido.wordpress.com 

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Emilio González Márquez y la comunicación: Jalisco no está mejor

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (11 de febrero de 2013)

Estamos a unos días de que concluya el periodo de gobierno de Emilio González Márquez y ya comenzaron los análisis de su gestión. En el amplio tema de la comunicación, los resultados son bastante cuestionables. En Jalisco no nos bastó con tener en la presidencia de la República a Vicente Fox, un político frívolo, poco educado y que es recordado por sus dislates o sus dichos al estilo “y yo por qué”. Emilio González fue un gobernador mucho más cercano a Fox, que a otros políticos de su partido, incluso, que sus predecesores en el gobierno de Jalisco. La actuación de este político en trono a la libertad de expresión, la transparencia y las políticas públicas de la comunicación, ponen a su gobierno en la picota.

Caricatura/diseño de Jabaz (Publicada en Grupo Milenio)

Caricatura/diseño de Jabaz (Publicada en Grupo Milenio)

“Yo tengo poco de gobernador, pero a lo mejor ya se dieron cuenta, que a mí, lo que unos poquitos dicen, ¡me vale madre! ¡Así de fácil! ¡Yo sé lo que se tiene que hacer en Jalisco! … A mí me vale madre lo que algunos periódicos digan, la gente votó por mí… Digan lo que quieran, perdón señor Cardenal, pero chinguen a su madre”. Este discurso quedó grabado en la opinión pública como muestra de un político que nunca entendió que su encargo era gobernar para todos los jaliscienses, incluso los que no votaron por él, y que dado su puesto, tenía la obligación de comportarse con seriedad y respeto. No contento con la mentada de madre que le propinó a los jaliscienses el 23 de abril de 2008, dos años después, el 9 de octubre de 2010, González Márquez declaró que las bodas gay le daban “asquito”.

La noche en el que gobernador le mentó la madre a los jaliscienses fue en el contexto de la llamada “Cena del hambre”, un evento organizado para recaudar fondos para un banco de alimentos, algo que puede resultar loable, pero que en la práctica fue parte de la abdicación del gobernador por resolver problemas públicos y, en sentido contrario, trasladar su solución a entidades no gubernamentales o privadas.  A lo largo de todo el sexenio, González Márquez utilizó discrecionalmente recursos públicos para entregárselos a diversas empresas. En 2007 donó 55 millones de pesos a Televisa, como un apoyo para la realización de “Espacio”, un evento dirigido para estudiantes, en donde asisten a foros de televisión, conversan con las estrellas de la televisora y acuden a conferencias. En ese mismo año donó doce millones de pesos para la producción de la telenovela “Las tontas no van al cielo”, la cual fue grabada en locaciones de Guadalajara y trasmitida por Televisa. También destinó 102 mil pesos para la telenovela “Tengo todo excepto a ti” y 4.1 millones de pesos para el programa de concurso “Las trece maravillas de México”. En 2008 el gobierno de Emilio dispuso de 21 millones de pesos para que la cadena de televisión MTV realizara en el auditorio Telmex su entrega anual de premios. En 2009 el gobernador volvió a abrir la cartera y entregó 40 millones de pesos a la Asociación de Radiodifusoras y Televisoras de Occidente (RATO), para la construcción de “El Palacio de la Comunicación y la Cultura”, que según se comunicó en su momento, tuvo que estar listo para los Juegos Panamericanos, pues serviría como un espacio para la difusión cultural en el marco de la justa deportiva. Esta obra todavía está inconclusa.

Según esta información, la administración saliente entregó más de 130 millones de pesos a industrias culturales relacionadas con la comunicación. A esto habría que agregar el dinero que dio para el Teletón, el Juguetón, el banquete del hambre, el premio de golf Lorena Ochoa o la macrolimosna que intentó entregar a la Arquidiócesis de Guadalajara, pero que los ciudadanos, luego de marchas e inconformidades, lograron echar abajo. Estos 130 millones representan, groso modo, cuatro presupuestos anuales del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión, que opera un canal de televisión y dos estaciones de radio, los 365 días al año y las 24 horas del día. Una política pública deseable para el desarrollo de la comunicación en Jalisco habría sido incrementar el presupuesto del Sistema Jalisciense de Radio y Televisión, dotarlo de autonomía frente al poder ejecutivo e incentivar la producción audiovisual local. Desafortunadamente, Emilio hizo lo contrario. El sistema público de radio y televisión tuvo un presupuesto bajo y su línea editorial fue completamente oficialista. Por otro lado, el gobernador consintió a radiodifusores nacionales y locales, quienes en no pocas ocasiones le dieron una cobertura amplia y acrítica.

En materia de libertad de expresión, Jalisco, sin duda, no vive momentos tan difíciles como otros estados en los que los gobiernos locales, municipales o el crimen organizado, cortan de tajo este derecho. Sin embargo tampoco fue un gobierno que retomara el tema con fuerza y defendiera este derecho a capa y espada. Como apunte, vale la pena recordar las amenazas de muerte que recibió Jade Ramírez, periodista de Radio Universidad, por su cobertura del conflicto político y social de Temacapulín o los golpes y amenazas que sufrió Darío Pereira, reportero de La Jornada Jalisco, por parte de agentes de la Procuraduría General de Justicia del Estado. En ninguno de los dos casos hubo pronunciamientos por parte del gobierno, ni tampoco una investigación de los hechos. Por otra parte, vale la pena recordar que durante este tiempo, explotó ante la opinión pública el caso de Alberto Jiménez Martínez, mejor conocido como “La Antena”, que desde diversos puestos públicos del gobierno del estado se dedicó a amenazar y a hostigar a varios reporteros y reporteras de la ciudad, como una estrategia de control de la agenda pública y del trabajo periodístico.

Caricatura de Manuel Falcón (publicada en Grupo Milenio)

Caricatura de Manuel Falcón (publicada en Grupo Milenio)

En cuanto a la transparencia, el gobierno del estado siempre se jactó de ser abierto y de tener las mejores calificaciones al respecto. Sin embargo, tiene, al menos, dos grandes deudas: Emilio González Márquez dejará el gobierno del estado sin que los jaliscienses podamos conocer, exactamente y sin ningún tipo de dudas, cuánto se gastaron en los Juegos Panamericanos, en qué se gastaron el dinero y cómo se manejó el tema de la deuda. Ellos dicen que todo eso “está en internet”, lo cual es falso, pues lo que ahí hay es un mundo de información, desorganizado e incompleto. A esto habría que agregar que en diciembre de 2011, el gobernador envió al Congreso una iniciativa para que se aprobara una nueva ley de transparencia a cambio de la liberación de un presupuesto extra de 200 millones de pesos para sanear las maltrechas finanzas del Poder Legislativo. La nueva ley, que entró en vigor meses después, es calificada por una buena parte de especialistas en la materia como un retroceso, pues de tener una ley que tutelaba el derecho a la información de los ciudadanos, pasamos a contar con una disposición jurídica que administra la información pública.

A este análisis le harían falta otros elementos, como el excesivo gasto en publicidad que tuvo el gobierno en prensa, radio, televisión o Internet, la descarada compra de espacios informativos, como aquella entrevista que el gobernador sostuvo en cadena nacional en el Canal 2, cuando todavía tenía el sueño de ser candidato a la presidencia de la República; también haría falta un análisis de su publicidad, que en reiteradas ocasiones violó el artículo 134 constitucional, el cual prohíbe incluir “nombre, imágenes, voces o símbolos que impliquen la promoción personalizada de cualquier servidor público”.

Todos estos elementos colocan al gobierno de Emilio González Márquez en la picota. Al menos si hablamos sobre libertad de expresión, transparencia y políticas públicas de comunicación, Jalisco, definitivamente no está mejor.

Este artículo fue publicado el 11 de febrero de 2013 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

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