La mano invisible del mercado y su ataque a la comunicación cultural y científica

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (15 de septiembre de 2014)

La reciente polémica que se desató en torno del Fondo de Cultura Económica, a propósito de su ochenta aniversario y de los usos políticos que la administración de Peña Nieto le ha dado, colocó distintos temas que poco a poco se han ido desarrollando públicamente. Uno de ellos es la discusión sobre los modelos de financiamiento ideales para el sector cultural, que bien pueden ser públicos o privados. Para una buena parte de los políticos y comentaristas mexicanos, la mano invisible del mercado debe regular la vida económica de la humanidad, incluida la actividad del mundo cultural. Aunque hay muchos ejemplos que contradicen la teoría de la mano invisible, quienes defienden la ideología neoliberal, como es el caso de Leo Zuckerman, insisten que el mercado es capaz de desarrollar una suerte de inteligencia, la cual le permite regular armónicamente los sistemas económicos. Algo así tuvo en mente Leo Zuckerman cuando aseguró que México no requiere del Fondo de Cultura Económica. Según Zuckerman vivimos en una época en donde técnicamente todos podemos publicar libros en Internet; también, según él, es una época en donde la inteligencia colectiva del mercado puede decidir qué libros deben circular y cuáles no, ya que sobrevivirán aquellos que sean masivamente consumidos y perecerán en el olvido aquellos que nadie compre. Los argumentos de Zuckerman han sido combatidos inteligentemente en distintas columnas periodísticas. Sin embargo, hay otros ejemplos que contradicen la perspectiva neoliberal y que están relacionados con la comunicación, uno de ellos está en el caso del sistema de comunicación y difusión científica.

La comunicación es esencial para el desarrollo de la ciencia. Si el trabajo científico tuviera que partir de un conocimiento cero en cada investigación, simplemente sería imposible avanzar y los científicos estarían condenados, como Sísifo, a emprender, cada día, la difícil tarea de comprender al mundo sin ningún tipo de conocimiento precedente. Sin embargo, este mecanismo no opera así. Los científicos parten del conocimiento que otros científicos han construido en el pasado. Este conocimiento, en teoría, ha sido construido bajo un método similar—el científico—y, en teoría, está sustentado empíricamente, es decir, en pruebas que constatan la veracidad de estos conocimiento. De alguna manera, el trabajo científico se desarrolla a través de una gran máquina en donde distintos cerebros están interconectados. Esto no quiere decir que todos los científicos trabajen al mismo tiempo, que piensen igual o que trabajen en las mismas cosas. En todo caso esta máquina vale para entender que el conocimiento científico es una práctica histórica y social y no el emprendimiento de individuos aislados. Ahora bien, la comunicación entre todos estos cerebros ocurre, en la mayoría de las ocasiones a través de libros y revistas que contienen las teorías, metodologías y conclusiones a las que distintos científicos y científicas han llegado en el pasado. Este sistema de comunicación es un elemento básico para el desarrollo de nuevo conocimiento.

Este sistema comunicativo ha variado y se ha adaptado, de distintas maneras, a las reglas políticas que han dominado diversos momentos de la historia. Durante la Edad Media, por ejemplo, este sistema comunicativo estaba ubicado exclusivamente al interior de la Iglesia Católica. Era un sistema cerrado y restringido a pocas personas, como bien lo ilustra la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa. En tiempos neoliberales, este sistema comunicativo está transformándose, no sin resistencia. Como lo dicta la premisa básica de esta ideología, el sistema de comunicación científico debe ser financiado por capital privado, autosustentable y se le debe restringir al máximo la operación a través de recursos públicos. Las consecuencias están a la vista. El año pasado, el científico galardonado con un premio Nobel, Randy Schekman, escribió un artículo en el que criticó duramente las políticas editoriales y económicas de revistas como Nature, Science o Cell, algunas de las más importantes en el mundo científico. Según Schekman estas revistas afectan la calidad de sus contenidos en el momento que la venta de suscripciones se convierte en una de sus prioridades. Esto las ha llevado a que,

“al igual que los diseñadores de moda que crean bolsos o trajes de edición limitada, saben que la escasez hace que aumente la demanda, de modo que restringen artificialmente el número de artículos que aceptan”.

Por otro lado, el éxito científico de estas revistas se mide a través del número de veces que un artículo es citado en otros artículos. Esta medida, absurda y contradictoria dentro de una lógica de pensamiento científico, es la misma medida que dice que el mejor programa de televisión es el que más rating tiene, o que el libro que más vende, es el más aquilatado. A esto habría que agregar que en muchas de estas revistas hay que pagar una cuota para poder publicar y que, paradójicamente, el científico pierde los derechos sobre la obra una vez que su texto sale a la luz. Las reglas del sistema de comunicación científico en tiempos neoliberales están modificando los resultados y alcances del trabajo científico, pues en muchos casos la posibilidad de publicar un texto está determinada por factores económicos y políticos y no por la calidad o el mérito científico.

En su crítica al sistema de comunicación científico, Randy Schekman propone un camino a seguir: el de crear revistas científicas de libre acceso, en donde cualquier lector pueda estar en contacto con este conocimiento y en donde cualquier científico, por méritos propios de su trabajo, pueda publicar su trabajo. En sus argumentos en contra del Fondo de Cultura Económica (FCE), Leo Zuckerman escribió que vivimos en una época dorada en donde todos los que así lo deseen pueden publicar sus libros gracias a plataformas como Amazon y que los lectores pueden decidir, con su tarjeta de crédito, a qué textos favorecer y a cuáles no. Seguramente Zuckerman observaría con buenos ojos la propuesta de Schekman de crear revistas científicas de acceso libre, pues en la lógica del comentarista mexicano, el conocimiento científico puede crearse y publicarse espontáneamente en la red. Sin embargo, una revista científica de calidad y de acceso libre, al igual que un proyecto cultural como el FCE, requieren recursos económicos para su operación. Es decir, recursos que paguen el dominio de la página web y su diseño, recursos que paguen los honorarios de directivos y editores, científicos y escritores, entre otras cosas. ¿El mercado va a pagar por una editorial, científica o cultural, que no genera ganancias económicas? ¿El capital privado va a pagar por proyectos que “leen unos cuantos”? El dedo índice de la mano invisible del mercado responde a estas preguntas moviéndose, oscilante, de un lado a otro. Por ello es importante el financiamiento, con recursos públicos, de estos proyectos editoriales, de otra forma, no tendrán cabida en el mundo neoliberal.

Este artículo fue publicado el 15 de septiembre de 2014 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

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La lucha por las telecomunicaciones en México II: la integración al mundo postindustrial

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (septiembre de 2014)[1]

El siglo XXI ha traído un incesante desarrollo de la comunicación humana mediada por la tecnología. En tan solo catorce años la red de Internet se ha ampliado significativamente por todo el planeta, los mensajes de la comunicación masiva se han digitalizado y las formas de recepción y consumo de la información han tendido a la atomización y ubicuidad a través de dispositivos móviles como los teléfonos inteligentes o las tabletas. Estas transformaciones han tenido como efecto en algunas ocasiones, o como correlato en otras, una serie de cambios en los sistemas políticos, económicos y culturales del mundo entero.[2] Tal como ocurrió con la construcción de redes de comunicación a través del telégrafo, el teléfono, el ferrocarril o la radiodifusión, el desarrollo de una red global de comunicación digital está modificando las características y reglas del sistema capitalista. La disputa por la comunicación, como se puede advertir, no nada más representa un jugoso botín económico, sino el control político del presente, pero especialmente del futuro. Esta disputa puede observarse en México a través de una coyuntura que se ha denominado en el mundo periodístico como la “guerra de las telecomunicaciones”.[3]

Esta guerra dio sus primeras señales públicas en 2011, cuando Grupo Televisa y Grupo Carso, dos gigantes de la comunicación en México, comenzaron a pelear por el control de las telecomunicaciones en el país. La guerra ha tenido distintas batallas, en las cuales han sobresalido diversos actores. En las siguientes páginas el lector encontrará un breve recorrido por estos escenarios como una vía para actualizar el análisis coyuntural al respecto. Hacia el final del texto, y como conclusión, propongo una ruta de lectura de la guerra de las telecomunicaciones, no nada más como una serie de coyunturas que articulan la disputa por el control de las telecomunicaciones en México, sino como una coyuntura que refleja parte de las transformaciones históricas que se están desarrollando en una era postindustrial del sistema capitalista.

Los actores: dos grandes monopolios creados por el Estado mexicano del siglo XX

Uno de los elementos centrales en el análisis coyuntural es la identificación de quiénes son los actores que participan activa o inactivamente en el desarrollo de un acontecimiento. En este caso hay dos preguntas importantes. ¿Quiénes son los actores que participan en la guerra de las telecomunicaciones? Y ¿qué es lo que estos actores están peleando? En el tablero de esta guerra hay un par de jugadores fundamentales: Emilio Azcárraga Jean (Grupo Televisa) y Carlos Slim Helú (Grupo Carso). Ambos empresarios son viejos conocidos en la vida pública mexicana, especialmente el primero, quien es parte de la tercera generación de la dinastía Azcárraga, la cual monopolizó la radiodifusión en el país durante prácticamente todo el siglo XX (y amenaza con hacerlo, al menos parcialmente, durante el siglo XXI). Televisa se vio beneficiada por un régimen post revolucionario el cual delegó a la familia Azcárraga el desarrollo de la televisión en México a través una serie de privilegios políticos y económicos, a cambio de una lealtad absoluta en términos de producción informativa y cultural. El segundo jugador es Carlos Slim, un empresario de origen libanés, que hizo un excelente negocio con el Estado mexicano: a principios de los noventa compró Telmex, una empresa paraestatal que ofrecía servicios de telefonía fija. Esta versión neoliberal del Estado mexicano permitió que un empresario comprara una empresa pública y monopólica a un precio muy bajo, y que la convirtiera en un monopolio privado. Telmex fue la base sobre la cual Slim erigió América Móvil, un emporio global de telecomunicaciones, el cual lo ha llevado a ser uno de los hombres más ricos del mundo.

Estas historias explican por qué Carlos Slim y Emilio Azcárraga cuentan con los mayores recursos de poder, especialmente económicos y políticos, para influir en la transformación de la propiedad y el control del sistema de comunicación en México.[4] El desarrollo del sector de las telecomunicaciones exige grandes inversiones económicas, pues supone la construcción de una infraestructura a través de la cual pueda ocurrir una comunicación. Esta infraestructura puede estar compuesta por sistemas de radiodifusión, cables subterráneos o aéreos para el transporte de voz, datos o imágenes, o de antenas y satélites. Aunque teóricamente cualquier ciudadano mexicano tiene el derecho de hacer negocios en este sector, en la realidad son muy pocos los empresarios que realmente tienen el capital económico para invertir en telecomunicaciones. Además de Slim y Azcárraga hay otros jugadores que han intervenido en esta guerra, pero con un perfil mucho más bajo, acorde a su capacidad económica y política. Entre ellos están Ricardo Salinas Pliego (Grupo Salinas), Joaquín Vargas Guajardo (Grupo MVS comunicaciones) y otras empresarios del sector, especialmente aquellos que proporcionan servicios de televisión de paga (satelital o por cable) o de telefonía y de Internet.

El Estado mexicano también forma parte de esta disputa. A diferencia de lo que ocurrió con la construcción de otras redes de comunicación en el mundo (ya lo decía arriba: ferrocarril, telégrafo, entre otros), la red de telecomunicaciones se ha desarrollado mayoritariamente por capital privado, por lo que el Estado se ha convertido exclusivamente en un regulador de este sector. En el caso mexicano sorprendió que Enrique Peña Nieto haya decidido impulsar una reforma en el campo de la comunicación luego de doce años de gobiernos panistas en los que prácticamente no hubo avances significativos, pero particularmente porque fueron los gobiernos priistas los que permitieron el desarrollo de los dos grandes monopolios comunicativos del país. El equipo de Peña Nieto supo negociar una reforma constitucional en el Congreso de la Unión, la cual ha sido catalogada por muchos especialistas como histórica,[5] ya que sentó las bases para la construcción de una legislación moderna en el marco de una democracia (neo) liberal, a través de un reordenamiento del sector y la desconcentración de la propiedad y los contenidos de la televisión y las telecomunicaciones.

Finalmente, en el tema de la guerra de las telecomunicaciones ha habido una intensa e importante participación de diversas organizaciones de la sociedad civil como la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (AMEDI) y de movimientos sociales como #YoSoy132. En particular ha sido destacado el aporte de #YoSoy132, que en un primer momento fue integrado por universitarios, pero que después se amplió a través de otros sectores sociales. Las diversas demostraciones públicas que este movimiento ha hecho han ayudado a mantener el debate público sobre el tema, pero especialmente en relación a la exigencia de entender esta guerra como una disputa por los derechos ciudadanos, no nada más de los consumidores.

Los escenarios: del debate legislativo a la competencia económica

Quienes participan en la guerra de las telecomunicaciones se han enfrentado desde 2010 en diversas batallas o escenarios. La batalla más evidente (y probablemente la más importante), es la que está ocurriendo en términos legislativos. El presidente Peña Nieto envió al Congreso una reforma constitucional que transformó el espíritu legal del juego. Sin embargo, mientras escribo estas líneas, el Congreso discute la legislación secundaria, que es donde estarán los detalles más importantes de las nuevas reglas del juego. Como bien lo dijo en su momento Aleida Calleja, la reforma constitucional fue un avance importante, pero a su juicio, la “madre de todas las batallas” vendría con la legislación secundaria, pues los empresarios de la comunicación buscarían hacer hasta lo imposible con tal de recuperar su poder. No se equivocó. Sin embargo, lo que pocos esperaron es que fuera el propio gobierno quien, luego de impulsar la reforma, diera un golpe de timón para fortalecerse a través de la legislación secundaria. La primera iniciativa de ley que elaboró el equipo de Peña Nieto fue reaccionaria, pues buscaba que el Gobierno Federal concentrara el poder en el campo de la comunicación. Luego de una discusión legislativa y a través de la prensa especializada, pero sobre todo de fuertes protestas de organizaciones civiles y movimientos sociales, hubo un recule por parte del Gobierno Federal. Estamos en espera de saber cómo quedará la nueva legislación secundaria.

En el debate legislativo fue evidente la alianza que se construyó entre el PAN y el Gobierno Federal y una actuación muy contradictoria del PRD, que primero abandonó las negociaciones como consecuencia de su salida del Pacto por México, pero que después dio señales discordantes en las que parecía apoyar la iniciativa oficial. Por otro lado, Grupo Televisa y Televisión Azteca han influido en el proceso parlamentario a través de legisladores afines a su causa. En la opinión pública se han ventilado abiertamente a los diputados y senadores que integran la “telebancada”, legisladores que en el pasado fueron parte de la nómina de estas empresas televisivas o que tienen evidentes intereses para favorecerlas.[6] En el terreno legislativo es claro que las televisoras han logrado tener más victorias que las empresas del Grupo Carso.

Sin embargo, la guerra no solo se ha disputado en el terreno de lo político. Los dos grandes monopolios del país también combaten en el terreno jurídico y mutuamente se han acusado de monopolizar el sector.[7] Por un lado Televisa señala que Telmex y Telcel son un monopolio en la telefonía celular. Aunque hay otras compañías que operan en México, las empresas de Carlos Slim son un monopolio en tanto que poseen la estructura para que la comunicación ocurra. Dicho de otro modo: quienes ofrecen telefonía celular en el país tienen que usar la red de Grupo Carso para dar el servicio y por tanto, pagar el uso que hacen de la red. Lo lógico sería que cada empresa desarrollara su propia estructura comunicativa. Sin embargo estos desarrollos son tan costosos que pocos empresarios tienen la capacidad de hacerlos. Televisa podría llevarlo a cabo, pero para ello requiere destruir o al menos diluir el monopolio del señor Slim. Por su parte, Slim acusa a Televisa de monopolizar el sector televisivo, lo cual también es cierto y hay evidencias abundantes que lo comprueban: controla 57% de las frecuencias comerciales de televisión del país, posee tres de las cinco cadenas nacionales de televisión y ostenta el 70% de la audiencia televisiva.[8] Desde hace años Grupo Carso ha solicitado la ampliación de su concesión para poder dar servicios de televisión, la cual le ha sido negado por el gobierno mexicano.

En el rubro económico ocurren otras batallas interesantes. En este terreno, sin duda, Carlos Slim lleva ventaja frente a Televisa. Al respecto vale la pena recordar que aunque Televisa es una de las empresas televisivas más importantes del mundo, la fortuna de Carlos Slim es treinta veces superior que la de Emilio Azcárraga. Por ello, durante los últimos meses las empresas de Grupo Carso han manejado discrecionalmente su presupuesto publicitario, afectando en muchas ocasiones los ingresos de las televisoras. Además, Slim se decidió a invertir en el León y el Pachuca, dos escuadras de la primera división del futbol mexicano y terminó los contratos que estos equipos tenían con las televisoras para transmitir los partidos en vivo.[9] Por si esto fuera poco, este empresario compró los derechos televisivos de las Olimpiadas de Invierno en Sochi (Rusia) y cedió los derechos de transmisión al Canal 22; también se hizo de los derechos de transmisión de las Olimpiadas de Verano en Río de Janeiro 2016 y está por verse si Televisa y Televisión Azteca le comprarán los derechos de transmisión.[10]

Conclusiones: reajustes del sistema global de comunicación

Luego de un análisis de los actores y los escenarios de la guerra de las telecomunicaciones, el análisis de coyuntura se cierra a través de preguntas que orienten una interpretación del caso. ¿Qué significa la guerra de las telecomunicaciones? ¿Estamos ante la recomposición del modelo del sistema de comunicación mexicano o ante su transformación radical? Aunque la guerra todavía no concluye, es claro que estamos ante un reajuste del modelo, no ante una transformación que sugiera un replanteamiento creativo sobre los sistemas que usamos para comunicarnos, o una transformación de los equilibrios de poder que encarnan la construcción y reproducción de los sistemas comunicativos. Los ajustes en las reglas del juego de las telecomunicaciones están encaminados a que sus actores dominantes puedan seguir trabajando en un contexto de convergencia tecnológica y de globalización de las industrias culturales.

Lejos estamos de tener un nuevo sistema de comunicación en el que los ciudadanos, no los consumidores, estén en el centro de la discusión. El acierto de Peña Nieto y su equipo ha sido la construcción de una narrativa política y periodística, en la que el Estado se coloca por encima de los intereses empresariales, al menos por ahora. El Presidente logró sentar a la mesa a dos bravos mastines y convencerlos de que su predominancia solamente podía estar asegurada si cedían en la actualización de las reglas de un juego que se volvió global. Estas nuevas reglas marcan la actualización de aquellas que fueron establecidas al concluir la Revolución Mexicana y a finales de los años ochenta, cuando tomaron el poder los gobiernos neoliberales. Televisa no podía seguir compitiendo con el modelo de negocios de “Siempre en Domingo” o transmitiendo los juegos de futbol del equipo América. Carlos Slim sabe que a Telmex le queda poco tiempo de vida en su versión original, pues es evidente que cada vez menos personas deciden contratar servicios de telefonía fija. El monopolio y duopolio pasarán a ser parte de una industria oligopólica que probablemente generará mejores servicios comunicativos para los mexicanos y con precios más competitivos.

Las ganancias de estos movimientos son importantes. Luego de un siglo XX en el que México vivió bajo un régimen semi-autoritario donde proliferaron monopolios públicos y privados y que en muchos casos dieron malos servicios a los ciudadanos, los cambios que ha traído la guerra de las telecomunicaciones no son del todo negativos. La transformación más importante será una significativa erosión del poder cultural de Televisa. Durante cincuenta años esta empresa fue la industria cultural más importante de México, ahí se crearon muchos de los mitos culturales del país y buena parte de la población se informó a través de sus noticiarios. Aunque la diversificación en la estructura de propiedad no implica, per se, que habrá mejores contenidos, sí habrá una disminución en el poder cultural de Televisa porque los mexicanos tendrán otras opciones para informarse y entretenerse. Por otro lado, los saldos de la guerra también auguran que habrá mayor competencia en el sector de las telecomunicaciones (telefonía, datos, Internet), lo que en teoría deberá generar mejores servicios. El crecimiento de la red de internet, así como de la alfabetización digital entre la población, pueden ser elementos que aporten significativamente a la vida política y cultural del país. Estas dos transformaciones serán importantes para el desarrollo de la democracia mexicana, aunque sus efectos no se observarán de forma inmediata.

Sin embargo, insisto, estos avances son producto de un ajuste, de un proceso de adaptación del sistema de comunicación mexicano a un sistema global de comunicación, especialmente ante las transformaciones de una economía que exige nuevas formas de producción, circulación y consumo de bienes y servicios. Esta nueva economía, a diferencia de otras etapas del capitalismo, tiene como base la comunicación y exige recambios en sus formas de operación. La verdadera transformación histórica no es la del sistema de comunicación, sino la integración de México a una siguiente etapa en el proceso histórico del capitalismo. En un análisis similar, pero de una etapa anterior, Manuel Martín Serrano explicó que las revoluciones sociales de finales de los sesenta no solo fueron progresistas: “Al tiempo eran necesarias y funcionales para que el modo de producción capitalista siguiese su proceso histórico. Han servido para que las sociedades más desarrolladas se desprendiesen de sus tradiciones y valores propios de la era industrial, que se habían convertido en trabas para la expansión del monopolio a escala global”.[11] De la misma forma, el capitalismo post industrial es incompatible con el modelo autoritario bajo el cual nació Televisa, incompatible también con los prolegómenos neoliberales que dieron vida a Telmex durante el régimen salinista. Prueba de estas transformaciones, por ejemplo, es la reciente revelación de las negociaciones que diversos países del mundo están teniendo, México incluido, para la firma de un tratado global en el que se aliente y dé preferencia a la privatización transnacional de servicios como la salud, la educación o telecomunicaciones.[12]

Ante este escenario, las teorías y análisis críticos, como el que propone la economía política de la comunicación son más pertinentes que nunca, pues existe el riesgo de concentrar la mirada tan solo en los avances y logros de la comunicación humana mediada por la tecnología. Podemos maravillarnos ante las posibilidades que tenemos para estar permanentemente conectados a una red informativa, prácticamente en cualquier lugar y a cualquier hora. Actualmente una parte de la humanidad tiene libertad para hacer política, consumir y socializar a través de la redes de comunicación. Sin embargo no deja de ser paradójico que los avances en la comunicación entre las personas impliquen la elevación de sus costos de producción y de consumo. Tenemos mejores formas de comunicarnos, pero más caras. Hace cien años las personas no tenían que gastar en de teléfonos inteligentes, conexión a internet o servicios de televisión. Muchas de las redes de comunicación, como los ferrocarriles, estaban controladas por las Estados. En tiempos actuales, los productos y servicios comunicativos son fabulosos, pero cuestan y son administrados por entidades privadas. La libertad y la facilidad que tenemos para comunicarnos está construida sobre una estructura que tiene un dueño.

El estudio y análisis de quiénes son los propietarios de estas redes de comunicación, no nada más es importante para señalar la concentración de poder en unos cuantos individuos, también vale para preguntarnos ¿qué ideas y formas de organización política, social y económica promueven estas elites sociales? La la guerra de las telecomunicaciones es una coyuntura relevante porque no solo demuestra las transformaciones o estabilidades del sistema de comunicación en México, sino porque a través de ella se pueden observar cómo se condensan otros procesos más generales, como la transformación económica, política e ideológica de los Estados contemporáneos. En sus ensayos sobre el Estado, Octavio Paz decía que “los liberales creían que, gracias al desarrollo de la libre empresa, florecería la sociedad civil y, simultáneamente, la función del Estado se reduciría a la de simple supervisor de la evolución espontánea de la humanidad”.[13] En una versión mucho más radical, el motor de las transformaciones de nuestro entorno parte de una ideología neoliberal en donde el Estado sigue siendo muy importante porque es el encargado de vigilar las reglas de operación de los sistemas políticos y sociales. Esta vigilancia se inserta en una lógica en donde el mercado es el que, teóricamente, asegura el desarrollo de las libertades y derechos, ya no de los ciudadanos, sino de los consumidores.

La guerra por las telecomunicaciones nos enseña que la integración de México al mundo post industrial ha sido la historia de un testigo (ahora más democrático en sus formas), que observa la mercantilización comunicativa de su entorno. Lejos estamos de una historia en la que México proponga nuevas estructuras y formas de la comunicación a través de la generación de una legislación vanguardista, de la desconcentración del control y la propiedad de los medios, de la innovación tecnológica propia o del uso y consumo crítico de los recursos comunicacionales.

Este artículo fue publicado en la revista Análisis Plural. Para descargar el original, pulsa aquí.

Larrosa-Fuentes, J. S. (2014). La lucha por las telecomunicaciones en México II: la integración al mundo postindustrial. Análisis Plural, 141–152.

 

Bibliografía

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Trejo Delarbre, Raúl. “Televisa: Viejas Prácticas, Nuevo Entorno.” Nueva Sociedad, no. 249 (2014): 149–62. http://www.nuso.org/upload/articulos/4010_1.pdf.

Notas

[1] El presente artículo es una extensión de otro, también publicado en esta revista. Ver: Juan S. Larrosa-Fuentes, “La lucha por las telecomunicaciones en México: una disputa en contra de los viejos modelos políticos y económicos,” Análisis Plural, 2011, 56–72.

[2] Manuel Castells, Communication Power (New York: Oxford University Press, 2009); Klaus Bruhn Jensen, Media Convergence: The Three Degrees of Network, Mass, and Interpersonal Communication (London; New York: Routledge, 2010).

[3] Regina Moctezuma, “Por qué pelean, por qué ahora y por qué es la lucha decisiva” Expansión 42, no. 1062 (2011): 38–46; Miguel Ángel Granados Chapa, “Guerra en telecomunicaciones,” Reforma, Febrero 17, 2011, sec. Primera.

[4] El concepto de “sistema de comunicación” en este caso lo entiendo como un conjunto de estructuras comunicativas, estructuradas por tecnologías de comunicación (prensa, radio, televisión, Internet, satélites), que operan en un mismo tiempo (siglo XXI) y espacio (México). Ver: Sofía Paláu Cardona and Juan S. Larrosa-Fuentes, Manual Para La Observación de Medios (Guadalajara: ITESO, Departamento de Estudios Socioculturales, En prensa).

[5] Raúl Trejo Delarbre, “Menos poder a los viejos consorcios, más pluralidad de medios en México,” El País, Marzo 12, 2013, http://elpais.com/elpais/2013/03/12/opinion/1363057518_532970.html.

[6] Claudia Salazar, “Mantiene telebancada disciplina,” Reforma, Marzo 23, 2013, sec. Nacional.

[7] Para leer un estudio que explica, a través de datos cuantitativos, y no de opiniones, la concentración y monopolización del sistema de comunicación en México, ver: Juan Enrique Huerta-Wong y Rodrigo Gómez García, “Concentración y diversidad de los medios de comunicación y las telecomunicaciones en México,” Comunicación y Sociedad 19 (2013): 113–52.

[8] Raúl Trejo Delarbre, “Televisa: viejas prácticas, nuevo entorno,” Nueva Sociedad, no. 249 (2014): 151, http://www.nuso.org/upload/articulos/4010_1.pdf.

[9] Carla Martínez, “Saca Slim vuelta a televisoras,” El Norte, Enero 22, 2013, sec. Negocios.

[10] Cristina Sánchez, “Sochi 2014, el primer éxito de América Móvil,” El Economista, Marzo 4, 2014.

[11] Manuel Martín Serrano, La mediación social (Madrid: Ediciones AKAL, 2008), 16.

[12] Roberto González Amador y Miriam Posada García, “Tratos sigilosos,” La Jornada, Junio 21, 2014, http://www.jornada.unam.mx/2014/06/20/politica/002n1pol.

[13] Octavio Paz, “El ogro filantrópico,” Vuelta, (Confrontaciones, no. 21, Agosto 1978): 38.

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Los nuevos defensores de las audiencias en México: entre la imposición normativa y la ética periodística

Por Juan S. Larrosa-Fuentes (31 de agosto de 2014)

Un escándalo se propaló recientemente en los medios de comunicación y redes sociales como Facebook y Twitter. En uno de los espacios radiofónicos de la cadena MVS se dio a conocer una grabación telefónica entre Pedro Ferriz de Con y una mujer. La grabación da a entender una conversación entre una pareja que discute su propia relación sentimental. Esta conversación es similar a miles de llamadas telefónicas que ocurren diariamente. La diferencia con esta grabación es que el protagonista es un comunicador que posee una carrera profesional de varias décadas y anclada a medios de comunicación que simpatizan con valores conservadores. La grabación telefónica fue un suculento manjar para exhibir las contradicciones de un hombre que públicamente ha defendido valores conservadores, pero que en su vida privada, aparentemente, sostiene relaciones extramaritales. ¿La vida privada de Pedro Ferriz es un asunto público para ser reportado noticiosamente? Desde mi punto de vista no debe de ser público porque todos tenemos derecho a llevar nuestra vida privada con las contradicciones que mejor nos convengan. Sin embargo, los reporteros y editores que publicaron esta información evidentemente pensaron de forma contraria.

Así como el caso de Ferriz de Con, podemos encontrar otros ejemplos recientes en los que medios de comunicación divulgan fotografías, audios, videos o conversaciones a través de Internet. Pienso, por ejemplo, en el caso de la grabación que Reporte Índigo divulgó sobre los diputados panistas que participaron en una fiesta en Puerto Vallarta, o el caso de las interacciones entre distintos funcionarios del Gobierno de Jalisco a través de la red social Whatsapp que propaló la revista Proceso. En estos dos últimos casos, también me parece cuestionable la difusión de las imágenes y textos porque no es clara cuál es su relevancia pública. La diferencia de estos ejemplos con el caso Ferriz de Con, es que MVS Noticias cuenta con un ombudsman de la audiencia. Gabriel Sosa Plata, defensor de la audiencia de MVS, luego de revisar cuidadosamente el caso Ferriz de Con, concluyó que no había encontrado una justificación periodística para la difusión de la conversación de marras y recomendó a los periodistas respetar los límites de la libertad de expresión y de ser cuidadosos en sus futuras decisiones editoriales (ver informe).

Más allá de adentrarme a discutir cada uno de los casos expuestos, los ejemplos resultan útiles para entender el trabajo de un defensor de la audiencia. En el caso Ferriz, el defensor lo retomó por la polémica que causó y por los reclamos de algunos integrantes de la audiencia de MVS. Gabriel Sosa Plata hizo una investigación a fondo. Para ello describió el caso y lo problematizó. Después se puso en contacto con los reporteros y editores que publicaron la información para conocer las razones por las cuales habían decido difundir la conversación. Luego analizó las razones editoriales de los periodistas a la luz de referentes legales y teóricos. Consultó qué dicen las leyes mexicanas. También acudió a ideas de expertos en ética y periodismo y llevó a su mesa de trabajo el código de ética de la empresa MVS. Finalmente, con todos estos elementos escribió sus conclusiones y recomendaciones finales, en las que critica abiertamente la publicación de esta conversación privada.

Una de las novedades que trajo la cuestionada reforma en telecomunicaciones, es la obligación que tendrán las estaciones de radio y televisión de contar con un defensor de las audiencias, por lo que en los siguientes años estaremos presenciando la instalación de estas herramientas éticas y de autorregulación en las estaciones de radio y televisión de Jalisco. En el ámbito local, las experiencias en el tema de los defensores de las audiencias. Está, por ejemplo, el triste caso del defensor en los medios de comunicación de la Universidad de Guadalajara. El investigador y especialista en temas de comunicación, Enrique Sánchez Ruiz, fue nombrado ombudsman de los medios universitarios en 2008 y duró tan solo ocho días en el puesto. Los complicados tiempos políticos de la universidad, sumados a una cultura política autoritaria, fueron incompatibles con la presencia la figura de un ombudsman, crítica por naturaleza. Por otro lado, durante más de una década Público fue un periódico que echó mano de la figura del ombudsman. Público fue un periódico de comunicación que nació con una estructura de propiedad democrática, en la cual varias personas tenían acciones, así como voz y voto en las decisiones empresariales. Sin duda, esta característica fue clave para que el periódico decidiera adoptar la figura del defensor del lector, algo que difícilmente ocurre en empresas familiares, en donde una o dos personas tienen el control de todo el medio de comunicación y donde los mecanismos de autorregulación y autocrítica tienden a ser escasos. Un poco después de su primer año de vida, Público fue adquirido por Grupo Milenio y perdió la característica de ser una empresa periodística operada por una estructura de propiedad democrática. La figura del defensor del lector en Público desapareció en junio de 2013, como una decisión corporativa de Grupo Milenio, un grupo empresarial de estructura familiar.

Algunos expertos en materia de derecho a la información y ética periodística, como Rubén Alonso y Juan Carlos Núñez, han explicado el carácter contradictorio del mandato de la reforma de telecomunicaciones que obliga a los concesionarios a implementar un mecanismo ético, que teóricamente tendría que emanar de la voluntad y el deseo de los concesionarios de poner en práctica una defensoría de la audiencia, y no debido a una imposición legal. A pesar de esta gran contradicción, me parece que la nueva disposición de instalar defensores de las audiencias traerá beneficios para la operación de los medios de comunicación. Por ejemplo, imaginemos, en una situación ideal, que todas la estaciones de radio y televisión de Guadalajara tuvieran un defensor de las audiencias que investigara casos como el de Ferriz de Con. Los televidentes tapatíos podríamos acudir al defensor de las audiencias de Televisa para cuestionar la cobertura de noticias de accidentes viales y de seguridad pública, que tienden al amarillismo y al poco respeto por la imagen de las victimas. Por otro lado, podríamos pedirle al defensor de C7 que realice un análisis sobre los señalamientos que algunos hemos hecho sobre la criminalización de movimientos sociales que en el pasado hizo Sergio Ramírez Robles, director del canal.

En el desarrollo de los nuevos defensores de las audiencias, el ojo estará puesto, especialmente, en la radiodifusión pública. En meses recientes, Gabriel Orozco fue nombrado defensor de C7 (Aquí un video en donde el nuevo defensor expone su plan de trabajo). Hasta ahora, poca información se ha dado a conocer sobre los planes de este nuevo ombudsman, quien tendrá que defender el código de ética de C7 (que por cierto es copia de un documento de la UNESCO). Para ello, Orozco tendrá a su disposición un programa de televisión semanal, pero no recibirá remuneración alguna, lo cual es una severa limitante para sus labores. Por otro lado, seguimos esperando la instalación de un Consejo Ciudadano y de un defensor de la audiencia en los medios de la Universidad de Guadalajara, que pueda resarcir el penoso y poco democrático episodio de 2008.

Sin duda, el proceso electoral que está en puerta, será una interesante prueba para el trabajo de los nuevos defensores de las audiencias en Jalisco.

Este artículo fue publicado el 31 de agosto de 2014 como parte de la columna de opinión “Sistema Autorreferencial” del programa “Señales de Humo”, que se transmite por Radio Universidad de Guadalajara.

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